El Sello: El Séptimo Amanecer

Capítulo 26: la caída y el linaje de las estrellas

La mera presencia de Verch en el Nexo Planetario alteró las leyes de la física local. El aire se volvió pesado, espeso, como si la atmósfera intentara arrodillarse ante él. La armadura que portaba no estaba hecha de metal, sino de luz solidificada y comprimida hasta el punto de volverse negra, devorando cualquier resplandor a su alrededor. A su lado, Apolión sonreía con la satisfacción de quien sabe que el verdugo ha llegado al patíbulo.

Los cuatro Jinetes mantuvieron su formación de rombo frente al altar, sus cuerpos temblando por el colapso del grafeno y el agotamiento de sus elementos, pero Verch ni siquiera los miraba. Para él, aquellos guerreros legendarios eran simple polvo en el parabrisas de su destino. Sus ojos, dos pozos de un fuego dorado, dogmático y carente de toda piedad, estaban fijos en la mujer de alas oscuras que escudaba el cuerpo de Ron.

Verch dio un paso al frente. El sonido de su bota contra la obsidiana sonó como el martillazo de un juez.

—Mírate, Lucifer... —la voz de Verch canceló cualquier otro sonido en la sala. Era una vibración perfecta, dolorosamente armónica—. La Portadora de la Luz, la rebelde original, escondida en una cueva de lodo, jugando a ser la enfermera de un cadáver.

Lucifer no se encogió ante la presión de su aura. Sus alas de oscuridad primordial se extendieron un poco más, cobijando a Arthoriuz y a los hijos de Ron. —No has venido a hablar de mi exilio, Verch. Has venido a saquear lo que no te pertenece. Como siempre has hecho.

Verch soltó una carcajada suave, una exhalación que hizo que la temperatura del Nexo cayera por debajo del punto de congelación. —¿Saquear? Yo no saqueo, Madre. Yo reclamo.

La palabra "Madre" resonó en las paredes de la sala y golpeó a los Jinetes y a la familia Tower con la fuerza de un impacto físico. Markethe abrió los ojos desmesuradamente, mirando de Lucifer a Verch. Valend sintió que el vacío en sus pulmones se congelaba. ¿Madre? El Dios que había orquestado la masacre de su especie, el tirano de las legiones sintéticas, era de la misma sangre que el hombre que yacía en el altar. Eran hermanos.

Verch saboreó la estupefacción en los rostros de los mortales. Extendió los brazos, mostrando su inmensidad. —Fui forjado en la cúspide de la creación —proclamó el Dios, su tono destilando un resentimiento milenario disfrazado de divinidad—. Soy el hijo de la Primera Luz y del Principe de las milicias celestiales. Llevo en mis venas la espada en llamas de mi padre y el abismo insondable de mi madre. Fui diseñado para ser la perfección del orden absoluto, el pináculo de la cadena evolutiva celestial.

Señaló con desdén hacia Arthoriuz, quien mantenía la mirada firme a pesar de la presión que amenazaba con aplastarle los huesos. —Y sin embargo... me diste la espalda, Madre. Cambiaste las esferas celestiales por este montón de rocas. Te rebajaste a mezclar tu divinidad con el barro de un arquitecto mortal y envejecido para parir a un bastardo imperfecto. Renunciaste a tu primogénito perfecto para criar a una anomalía inestable llamada Ron Tower.

—Ron no es una anomalía —respondió Lucifer, su voz destilando un veneno frío y preciso—. Es la prueba de que el universo necesita libre albedrío, no la dictadura perfecta que tú y tu padre Miguel querían imponer. Eres poderoso, Verch, pero estás vacío. Eres una espada que solo sabe cortar. Ron aprendió a sanar, aprendió a amar, y por eso el Séptimo Amanecer respondió a su llamado, no al tuyo.

El fuego dorado en los ojos de Verch brilló con una intensidad cegadora. Su máscara de calma divina se agrietó por una fracción de segundo, revelando la furia cruda del niño que nunca fue elegido. —Su llamado fracasó —escupió Verch, señalando a la Singularidad que permanecía levitando en silencio, observando el intercambio con sus ojos sin pupilas—. Ese "amor" y ese "libre albedrío" lo llevaron a un cortocircuito. Su alma huyó, dejando atrás esta máquina sin dueño. Yo asimilaré esa energía. Y cuando termine, borraré de la historia la palabra "Tower". Ni siquiera dejaré polvo para que entierres a tu arquitecto.

—¡Suficiente! —rugió Alcorth, incapaz de soportar más el desprecio de Verch.

El Jinete de la Guerra, en un último arranque de lealtad desesperada, canalizó todo el magma que le quedaba. Su brazo derecho se convirtió en una estaca de roca fundida y se lanzó hacia Verch con una velocidad que habría partido en dos una montaña.

Pero las leyes de la física no aplicaban para el hijo del Arcángel Miguel.

Verch ni siquiera parpadeó. No esquivó el golpe ni levantó un escudo de energía. Simplemente alzó una mano desarmada y atrapó el puño de magma de Alcorth en el aire. El impacto generó una onda de choque que reventó lo que quedaba de los pedestales, pero Verch no retrocedió ni un milímetro. La roca fundida a seis mil grados siseó al entrar en contacto con el guante de luz negra de Verch, enfriándose al instante.

—Tu esfuerzo es estadísticamente irrelevante —fue lo único que dijo Verch.

Apretó su mano. El sonido del brazo de grafeno de Alcorth astillándose fue repugnante. El Jinete de la Guerra ahogó un grito, cayendo de rodillas ante Verch mientras su elemento se apagaba por completo.

Alice y Ëadrail atacaron simultáneamente. Alice condensó la presión atmosférica del salón en cuchillas de aire puro que apuntaban al cuello del Dios, mientras Ëadrail proyectó una viga de materia oscura diseñada para aplastar el centro de gravedad de Verch.

El Dios suspiró, aburrido. Con un simple giro de su muñeca, redirigió la gravedad de la materia oscura de Ëadrail, usándola como un vórtice que absorbió los cortes atmosféricos de Alice. Luego, con un movimiento tan rápido que la retina humana no pudo registrarlo, Verch apareció frente a Alice. La tomó por el cuello de la armadura y la estrelló contra el suelo de obsidiana con una fuerza que provocó un cráter.




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