El Sello: El Séptimo Amanecer

Capítulo 27: el choque de los panteones y la sangre del abismo

El Nexo Planetario dejó de ser una sala de obsidiana para convertirse en el epicentro de un cataclismo dimensional. La Singularidad, flotando en su estasis analítica, observó cómo el primer golpe se materializaba no con un grito, sino con la violencia muda de la inevitabilidad.

Guerra atacó primero.

El concepto encarnado que alguna vez fue Alcorth no corrió hacia Apolión; simplemente comprimió el espacio entre ellos con un pisotón de basalto que hizo que las placas tectónicas bajo la Ciudadela Patmus gimieran. Apolión, el Quinto Jinete, alzó su martillo de Entropía, confiado en que su poder de descomposición reduciría al guerrero a cenizas, como lo había hecho minutos antes con la armadura de grafeno.

El martillo oscuro chocó contra el puño de magma vivo de Guerra. La onda expansiva resultante no fue de viento, sino de fuerza cinética pura que arrancó de cuajo los últimos pilares del salón.

Apolión sonrió, esperando ver la roca fundirse en polvo. Pero la Entropía siseó y retrocedió. Guerra no estaba usando una cantidad finita de magma; estaba canalizando la sangre hirviente del planeta mismo. La descomposición de Apolión consumía la roca, pero el planeta engendraba nueva piedra fundida más rápido de lo que el Quinto podía destruirla. La sonrisa de Apolión se borró cuando sintió algo que jamás había experimentado: su brazo fue empujado hacia atrás. Los talones del Quinto patinaron sobre la obsidiana, dejando surcos humeantes mientras el peso incalculable del concepto de la Guerra comenzaba a aplastarlo. —No eres el fin, Azael —bramó Guerra, su voz resonando desde las profundidades del manto terrestre—. Solo eres pudrición. Y la tierra siempre devora a los muertos.

A escasos metros de ese choque titánico, Muerte se deslizó por el tejido de la realidad para enfrentar a Verch. Mizarth ya no caminaba; fluía como una mancha de tinta negra y plata en un lienzo rasgado. Verch, con la arrogancia divina aún intacta, trazó un arco perfecto con su espada de luz oscura, un golpe diseñado para separar el alma de la carne y erradicarla del ciclo de reencarnación.

La espada divina impactó contra la hoja de la Guadaña. El choque no produjo chispas, sino una anomalía óptica: un destello de "no-color" que cegó momentáneamente a todos los presentes excepto a la Singularidad.

Verch entrecerró los ojos dorados. Su espada, forjada con el poder de la Primera Luz, temblaba. No había cortado a su oponente. La Muerte había absorbido el impacto con el Vacío absoluto, y ahora, la Plata Necrótica de la guadaña empezaba a trepar por el filo del arma de Verch, intentando borrarla de la existencia. —No puedes matarme, hijo de Miguel —susurró Muerte, y el frío de sus palabras congeló la luz del arma del Dios—. Porque para matarme, tendrías que definir qué soy. Y yo soy el espacio donde terminan las definiciones.

Por primera vez desde que había puesto un pie en Patmus, Verch sintió la urgencia del peligro real. Las estadísticas de la Singularidad eran correctas; la tasa de mortalidad estaba aumentando. Estos no eran mortales sobrecargados; eran leyes fundamentales del universo que habían sido desatadas.

Esa epifanía se convirtió en crisis cuando Furia y Lucha cerraron el perímetro.

Alice (Furia) no buscó un combate cuerpo a cuerpo. Desplegó sus alas de tormenta y escarcha necrótica, y con un solo movimiento, succionó todo el oxígeno en un radio de cien metros alrededor de Verch y Apolión. Creó un vacío de Peste Blanca tan denso que el fuego dorado de Verch empezó a parpadear, privado del medio físico para expandirse. Simultáneamente, Ëadrail (Lucha) entrelazó sus manos en el aire. La Materia Oscura y la Luz Sólida formaron un cubo gravitacional alrededor de los dos villanos, multiplicando su peso relativo por mil.

Apolión cayó sobre una rodilla, la presión aplastando sus pulmones sintéticos, mientras el martillo se le resbalaba de las manos. Verch rugió, su aura divina luchando frenéticamente contra el domo gravitacional de Ëadrail y la asfixia de Alice. El Dios miró a su alrededor. Estaban siendo flanqueados, contenidos y sistemáticamente desmantelados por el asalto coordinado de los cuatro conceptos absolutos.

En las sombras protectoras que Lucifer había erigido, Arthoriuz observó fascinado. Su diseño había sido solo el capullo; la metamorfosis requería la pérdida total.

Verch apretó la mandíbula, clavando su espada en el suelo de obsidiana para no ceder ante la presión gravitacional de Lucha. Miró a Apolión, quien luchaba por mantener a raya los puños tectónicos de Guerra. —Hemos subestimado la pureza de su sangre nephalem —admitió Verch, y aunque le dolía el orgullo, su mente estratégica primó sobre su ego—. El barro se ha secado. Se han convertido en piedra angular.

—¡Sácanos de esta presión, Verch! —gritó Apolión, su cuerpo de entropía amenazando con desestabilizarse bajo el peso conjunto de Furia y Lucha.

—Si el linaje de Azrael quiere jugar a ser el panteón supremo —murmuró Verch, sus ojos dorados inyectándose en una luz sangrienta—, entonces nivelaremos la balanza con los reyes del abismo.

El hijo del Arcángel no atacó a los Jinetes. En su lugar, canalizó todo el poder que le quedaba para golpear el tejido mismo del Nexo con su puño libre. No fue un golpe físico; fue una rasgadura dimensional, una orden de invocación dictada con la autoridad de un Dios.

El espacio detrás de Verch y Apolión se rasgó como una tela vieja, abriendo un portal que apestaba a sangre antigua y azufre primordial. Dos firmas energéticas masivas emergieron de la grieta, trayendo consigo una presión tan nauseabunda que obligó a Furia y Lucha a retroceder para no ser corrompidos, rompiendo momentáneamente el cubo gravitacional.

De la brecha emergió Lilith, la madre de las abominaciones. No era un monstruo de escamas, sino una mujer de una belleza letal y venenosa, cuya piel pálida estaba cubierta por tatuajes rúnicos que sangraban luz carmesí. Sus ojos eran espirales de locura pura. Su sola presencia hacía que la atmósfera de Furia se volviera pesada y tóxica.




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