Allí estaban esos ojos amarillos.
John siempre se despertaba en el instante preciso en que aparecían en su habitación, emergiendo de la esquina envuelta en sombras. La criatura que los poseía era una masa imponente, casi tan alta y ancha como la puerta, un bloque de oscuridad apenas discernible en la penumbra. John nunca lograba precisar su silueta con la claridad que anhelaba, pero su primera y más recurrente suposición era siempre la misma: un dinosaurio. Cada madrugada, antes de que el cansancio le ganara la batalla a la fascinación, intentaba adivinar qué bestia lo observaba con esa quietud prehistórica. El día anterior, en su juego mental, había sido la sombra alargada y ágil de un velociraptor, acechando desde la oscuridad. Pero esta vez, el contorno difuso y los ojos fijos le sugerían más un dromaeosaurus, con su inteligencia reptiliana y su silenciosa ferocidad, que cualquier otra cosa. Tras años de estas conjeturas silenciosas, John llegaba siempre a la misma y descorazonadora conclusión: era un gran estudiante de paleontología, sin duda, un erudito en huesos y eras pasadas, pero un pésimo examinador de los monstruos imaginarios que poblaban su propia habitación.
La criatura nunca se movía. No hacía el más mínimo ruido, ni siquiera una vibración en el aire viciado de la madrugada. John le correspondía con una quietud que desafiaba la tensión de sus músculos, cada fibra de su ser rígida y bañada en un sudor frío que le empapaba la piel. Se observaban el uno al otro, un ritual silencioso que se repetía noche tras noche, como si el resto del mundo, con sus ruidos lejanos y sus preocupaciones triviales, hubiera dejado de existir.
Eran como amigos que no se atrevían a serlo, o quizás dos depredadores ancestrales que se medían en un duelo de miradas eternas. Ambos permanecían curiosos y expectantes en la habitación, un santuario personal que era un caótico tributo a su obsesión jurásica, lleno de baratijas polvorientas, libros desordenados y afiches vibrantes de Jurassic Park. Entre aquella colección de adornos jurásicos, que llenaban cada rincón del espacio con la promesa de mundos extintos, solo esos ojos brillantes, hipnóticos y fijos en él, lograban despertar en John una felicidad casi de ensueño, una euforia que trascendía el miedo. Y aunque el frío del amanecer comenzaba a calarle los huesos y su propia respiración resonaba con una fuerza inusual en sus costillas, John, en el fondo de su ser, anhelaba que aquellos encuentros, tan extraños como adictivos, solo terminaran cuando un cataclismo cósmico, un meteorito final, los extinguiera a los dos.
Pero hasta las más persistentes alucinaciones nocturnas tenían su fin. Invariablemente, aquellos ojos de ámbar siempre se desvanecían al amanecer, con una sutileza imperceptible, como una niebla densa que se evapora. Era el momento exacto en que los primeros rayos anaranjados de la aurora se colaban por las cortinas, sorprendiendo a John todavía sentado en su cama, inmóvil, observando cómo las sombras que daban vida a su monstruo personal se disolvían lenta y cruelmente con la llegada implacable de la luz del sol. Solo entonces, en la cruda revelación de la soledad y el silencio, se levantaba con un suspiro, con el cuerpo entumecido y la mente en un torbellino.
Recorría la habitación con la mirada, casi con la desesperación de un arqueólogo, rogando hallar la más mínima prueba, una huella o un rastro, que corroborara que no estaba completamente loco. Le gustaba aferrarse a la suposición de que no era un mero delirio de su mente, una falla en su percepción de la realidad, sino su propia herencia familiar, una que, con el paso de los siglos y quizás a través de líneas genéticas ocultas, había marcado a los suyos, a su estirpe, como una sucesión de dementes, soñadores o, quizás, videntes de lo imposible.
Lo extraño, lo verdaderamente maravilloso, era que John no temía a esos ojos ámbares. Por el contrario, le gustaba verlos, e imaginar, con una intensidad que rayaba en la certeza, que se levantaba de la cama y extendía la mano temblorosa para tocar a la criatura. Creía, con la fe ciega de un científico y la esperanza de un soñador, que mientras no hubiera miedo en su corazón, mientras la curiosidad prevaleciera sobre el pánico, las probabilidades de acabar convirtiéndose en un demente sin remedio serían escasas.
Y esa madrugada fría y oscura, la más lúgubre de todas, por primera vez, no solo lo imaginó: se atrevió. Extendió la mano lentamente, con una mezcla de pavor y anhelo, esperando que el dinosaurio, al igual que él, diera un pequeño paso para un contacto seguro, un encuentro trascendental, aunque eso implicara la muerte ineludible de alguno de los dos, o quizás, el nacimiento de una nueva realidad para ambos.