El Sello Oculto

Capítulo 2

El chirrido de la manija la despertó, sacudida por un espasmo de nervios. Virginia no dudó en deslizar la mano bajo la almohada, sintiendo la fría caricia del cuchillo. Si era un dinosaurio el que intentaba abrir la puerta, no se dejaría devorar tan fácilmente. Permaneció inmóvil, armada a escondidas, rogando que la bestia fuera lo suficientemente pequeña como para degollarla. Intentó armarse de valor, pero su cuerpo la traicionó con latidos feroces en el pecho. Sintió un hormigueo en las piernas cuando la puerta se abrió, y el hilo de luz coloreó la inmundicia gris que cubría la habitación. La sombra proyectada en el suelo era la de una criatura gigante; Virginia suplicó tener fuerzas suficientes para matarla.

Y en verdad, estuvo a punto de desenvainar el cuchillo y abalanzarse sobre el peligro. Pero su instinto de madre, o quizás su propia cobardía, la detuvieron en seco al reconocer la figura de su hijo entrando en la habitación.

—Disculpa, ma —dijo él—. Me ganaron las cobijas.

John le dio el acostumbrado beso en la frente y dejó el desayuno sobre la cama. Virginia, aliviada, ignoró el cuchillo bajo la almohada y apenas pudo esbozar una sonrisa. Observó la comida con un tornado en el estómago: huevos revueltos, pan tostado y zumo de zanahorias. No tenía hambre, pero haría el intento de comer, incluso si eso le provocaba náuseas el resto del día.

—Trataré de regresar temprano —John la abrazó—. Hoy la profesora Marta nos dará el último curso en Paleobotánica —sonrió—. Unos cuantos tips más y sabré cómo cultivar mi propio Ginkgo.

Virginia intentó responderle, pero antes de que pudiera, la vislumbró; la visión que la había condenado al encierro y la locura: dinosaurios, muchos dinosaurios, aplastando el mundo en océanos de sangre. Se sacudió de golpe, con la respiración estallando en sus costillas.

—¿Estás bien? —le preguntó su hijo.

—Pásame mi medicamento —fue su única respuesta, una tácita negación—. Lo dejé sobre el televisor.

John se apresuró a buscarlo. Parecía temblar incluso más que su madre, pero apretando los músculos, hizo un esfuerzo por mantenerse firme. Le acarició la melena hirsuta y pálida, deslizando su mano hasta las mejillas secas y hundidas. Virginia bebió el medicamento con el zumo de zanahorias y, suspirando, intentó esbozar otra sonrisa; su empeño por parecer tranquila era tan inútil como intentar matar dinosaurios imaginarios.

—Te decía que regresaré temprano para comer pastel —continuó John—. Hoy estoy cumpliendo veintidós, y prepararé nuestro pastel favorito.

Si Virginia no recordaba el cumpleaños de su hijo, mucho menos su pastel favorito. Por primera vez, le aterró algo que no era la visión de los dinosaurios hambrientos. Al parecer, su propia esencia de madre ya no existía; en su lugar, solo quedaba un manojo de huesos, viviendo sin vivir, entre cuatro paredes, con el único consuelo del cuchillo bajo su almohada.

—No tardaré —John le dio otro beso en la frente antes de irse.

Ella lo miró, sintiendo cómo sus ojos se inundaban. Intentó decirle que lo amaba, que él era lo único que la mantenía viva.

—John —lo llamó, en un hilo de voz—. No los dejes entrar —fue lo único que escapó de su boca.

Cuando su hijo se fue, Virginia rompió a llorar de nuevo, mientras las criaturas de sus visiones aparecían para burlarse de ella



#1371 en Fantasía

En el texto hay: fantasia, misterio, dinosaurios

Editado: 27.02.2026

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