—¿Imaginan un mundo en el que conviviéramos con los dinosaurios?
El lápiz de John se quebró en la punta justo en el instante en que escuchó la pregunta de la profesora Marta. Sobre la hoja del cuaderno, su dibujo ahora lucía un indeseado punto de crayón. El Ginkgo no estaba arruinado, por suerte; si John tenía talento para recrear formas óseas de dinosaurios, era aún mejor para dibujar árboles primitivos. En aquel lienzo improvisado, las ramas del árbol se extendían como abanicos, robustas, sobre una corteza primitiva y áspera. De fondo, un paisaje de edificios lejanos, invadidos por raíces.
—Si no nos movemos, estaremos bien —alguien respondió a la pregunta de la profesora Marta. John, sin embargo, no apartó la vista de su dibujo.
—Muertos, querrás decir —complementó la voz de un hombre que, por su tono burlón, solo podía ser el imbécil de Mark.
Las carcajadas explotaron en el salón de Paleobotánica. Pero John, en lugar de reír con el chiste, suspiró mientras acariciaba con los dedos el Ginkgo de crayón. No quería pasar la página, sin embargo, sus manos inquietas deslizaron las hojas y, tras anotaciones de dinosaurios vegetarianos y árboles carnívoros, se encontró con los ojos retratados: esos vigilantes ámbares de su habitación que eran sus amigos, sus soportes.
La profesora Marta fue la única que notó la existencia de un John distante, perdido entre las hojas de su cuaderno. Una vez que terminó de explicar las razones de una posible convivencia entre dinosaurios y hombres, y de aclarar que estaría más a salvo con un tiranosaurio que con su marido, cerró la clase hablando de los archaeopteris, aquellas masas vegetales del devónico que, según ella, le habían activado el gusto por cultivar helechos. Despidió a los estudiantes de su curso con la difícil tarea de indagar sobre la última especie viva de dinosaurio, agregando su peculiar frase:
—Dinosaurio… pero en términos de paleobotánica.
John no se retiró como el resto. Solía quedarse a debatir con la profesora Marta, aunque esa vez su permanencia era más un efecto del ruido mental. Marta se acercó y le apretó el hombro como un gesto de comprensión, sin entender lo que realmente pasaba en aquel cerebro. Intentó descifrarlo al observar aquellos misteriosos ojos sombríos dibujados en el cuaderno de su estudiante.
—En mis años como paleobotánica, nunca conocí una planta con ojos de dinosaurio —la voz de Marta sacó a John de su letargo—, pero eso no quiere decir que nunca existieron —sonrió.
John cerró el cuaderno de inmediato. No se le ocurrió decir nada, ni siquiera notó el instante en que su profesora lo liberó de la neblina mental.
—La única vez que no pinté algo que fuera una planta —continuó ella—, fue aquella ocasión en la que mi esposo me pidió que lo dibujara desnudo —soltó una carcajada—. Me odió cuando dibujé un anélido entre sus piernas.
John sonrió entre dientes, difícilmente lúcido para imaginar un dibujo que no fuera el de esos ojos que lo veían desde el cuaderno. Recordó vagamente la pregunta de su profesora, aquella que todavía no había respondido, pero que le conmovió hasta lo más hondo.
—El mundo sería mejor con ellos —dijo él, dirigiéndole la mirada.
—¿Con los anélidos? —se extrañó su profesora.
—Con los Dinosaurios —corrigió él.
—Estamos de acuerdo en que, definitivamente, no sería como en las películas —aseguró ella—. ¿Temiste responder frente a todos por miedo a burlas?
—Con que usted sepa mi opinión, es más que suficiente.
—¿Quieres saber mi opinión? —ella usó los dedos para subirle la mirada a un John que no la enfrentaba con la vista—. Últimamente, has estado muy distraído.
John estuvo a punto de decirle, no obstante, lo que miró detrás de su profesora lo obligó a cerrar la boca. Dos garras afiladas se extendieron por encima de ella, curvadas, listas para destripar. A su alrededor, una neblina negra cegó la luz para ocultar a la criatura. Y aun así, algo brillaba en su piel de plumas reflectantes; algo que, incluso en la reciente bruma vomitada por el olor a alquitrán, podía distinguirse como chispas atrapadas en una densa oscuridad. Entonces, los ojos de ámbar abandonaron el cuaderno para centellear frente a un John retorcido en sus espasmos. Cuando la criatura asomó el astillero de dientes, rogó que el primer mordisco lo recibiera él; no estaba preparado para ver cómo su profesora favorita era devorada por un dinosaurio.
—Sea lo que sea, no dejes que te atrape —la repentina sugerencia de Marta lo sacó de su visión—. Necesito que mi mejor estudiante termine de aprobar el curso.
John afirmó apenas. Se levantó y dejó a su profesora más confundida que antes. Volteó para buscar algún rastro de aquella oscuridad de alquitrán, pero solo encontró un vacío inevitable, tan real que le despedazaba los intestinos. Mientras caminaba por los pasillos, pensó en su madre y el encierro que se había impuesto. Razonó sobre las visiones que ella decía ver y las comparó con las garras que acababa de vislumbrar, justo en el día de su cumpleaños. Pareció tan real que consideró a la profesora Marta como el verdadero espejismo.
Sonrió, ahora sí con ganas, y recordó los ojos de ámbar… aquellos que, al parecer, ya no aparecían solo en su habitación.