Virginia estuvo a punto de clavarse el cuchillo. Lo apretó entre sus manos hasta que la sangre salpicó las cobijas. Le pidió perdón a John por ser una vieja miedosa, y luego a su esposo, por deshonrar la promesa que alguna vez le hizo en el Valle de la Luna, durante la última expedición a los yacimientos de Ischigualasto. Se maldijo y, como la demente que era, comenzó a aventar todo a su paso; desde el televisor cubierto de telarañas hasta la mesita donde solía coleccionar sus fotos familiares. De pronto, los pterodáctilos aparecieron en la habitación, aleteando para abalanzarse sobre ella. Virginia se cubrió el rostro y pidió auxilio a la nada; ni sus piernas pudieron rescatarla de lo que su mirada, roja como lava, observaba con desespero.
Cayó en algún lugar, sobre algo que se quebró y le astilló la espalda. Cuando despertó, percibió el dolor punzante en sus manos heridas. Sin embargo, no fue eso lo que la dejó sin aire. Al arrastrarse para alcanzar la cama, vio la foto de bodas: ella y su esposo besándose delante de un esqueleto de dinosaurio. Apartó los vidrios rotos del marco y sacó el retrato para contemplarlo mejor. Fue la primera vez que abrazó algo en muchos años.
—¿Cuánto más, Albert? —preguntó en un pozo de dolor—. ¿Cuánto más?
Recordó las épocas gloriosas en las que los dinosaurios no daban miedo y eran criaturas extraordinarias. Ella misma las clasificaba y anatomizaba, tras expediciones enteras en las rocas cretácicas de Argentina. Allí conoció a Albert, y allí se casó con él. Sus artículos sobre los hallazgos de bestias fósiles nunca igualaron su primer beso, ni ese sabor a petróleo refinado que Albert usaba para humedecer los labios. Virginia se aferró a la imagen lúcida de su difunto esposo: aquel hombre robusto, de nariz de palo y gorra ancha… lo suficientemente ancha para mostrar el esqueleto de tiranosaurio bordado en blanco.
El destello de lucidez de la memoria de Virginia la hizo comprender el precio de su aparente locura. La mujer que alguna vez descubrió esqueletos fosilizados estaba ahora atrapada en una habitación revuelta y ensangrentada, incapaz de enfrentar el tormento que inició tras el derrumbe que se llevó a su esposo, y la promesa olvidada que Albert le pidió antes de que lo aplastaran las rocas. Se vio desbaratada, humillada por su mente y su incapacidad de recordar que tenía un hijo y, para colmo, que los hijos cumplían años. Volteó la fotografía de bodas para encontrarse con la inscripción que, ese mismo día, se les ocurrió escribir a los dos para la posteridad:
"Si el caos viene, que venga con estilo."
Los Pterodáctilos la acompañaron en sus llantos, observándola con más lástima que con ganas de matarla. Se aferró a la foto y, entre densos temblores, se levantó para vomitar. Cada paso que dio hasta el baño le golpeó las costillas y, cuando se miró en el espejo, notó que el vómito había salido hacía rato. Abrió el grifo para lavarse la sangre, resguardando la fotografía entre sus labios. El cuchillo había abierto dos surcos en sus manos; los rellenó con alcohol para evitar infecciones. Sintió cómo el líquido penetraba en la carne, limpiándola entre ardores insoportables. Con las fuerzas que no tenía, regresó a la habitación para vendarse, ignorando a los dinosaurios que la veían con asombro, susurrando plegarias para que Virginia se dignara a verlos.
Ella, sin embargo, estaba tan concentrada en la fotografía que, por primera vez, sintió que o no estaba loca, o ya estaba muerta. Se acostó sobre su cama, vislumbrando el rostro del marido difunto. En las épocas del tiempo sin caos, Virginia y Albert alcanzaron la cima del éxito investigativo, unidos por su amor a las bestias milenarias. Los hallazgos no solo se reducían a la difícil tarea de desempolvar huesos jurásicos entre las rocas, pues la verdadera sonrisa llegaba cuando imaginaban que podían resucitarlos. Y lo hacían, por supuesto, gracias a la tecnología computarizada y a los altos presupuestos. Albert no se conformaba: su idea iba más allá de los simples dinosaurios en los ordenadores de escritorio.
—Debe haber una forma —se cuestionaba en el lecho nupcial, junto a una Virginia acostumbrada a acostarse en su pecho—, tal vez la clonación genética.
—Es mejor que ya no sigas viendo Jurassic Park —le aconsejaba ella.
Después de que nació John, Albert se interesó más en comprarle trajes de dinosaurio a su hijo que en buscar el milagro para revivirlos. Su hijo fue creciendo tan rápido como la fascinación de su padre por adiestrarlo en la paleontología. Mientras el resto de niños jugaba con peluches de tiranosaurios, John coleccionaba sus huesos por iniciativa de Albert. Los dos pasaban horas enteras en el jardín, uno de diez y el otro de cuarenta y tantos, trazando rutas que, según el padre, los llevarían a los mejores hallazgos en Ischigualasto. Después de las expediciones, John esperaba con ilusión algún recuerdo de las aventuras de sus padres. Siempre le llevaban algo para su colección de fósiles. Virginia se sentía la mujer más afortunada del mundo, hasta que su esposo encontró lo que ella todavía ocultaba en el sótano.
Ese hallazgo en el Valle de la Luna, en una cueva de grandes dimensiones, los cambió para siempre. Primero fue su esposo; dejó a un lado las rutinas que solía hacer junto a su hijo. Los mapas que alguna vez trazaron quedaron relegados por el encierro de Albert y su obsesión por descifrar el libro milenario que, según él, le fue concedido para revelar el regreso de los dinosaurios. Virginia lo acompañó en su deseo durante noches largas en las que no lograban interpretar el sánscrito. Tras dos años de difíciles traducciones y viajes a la India, Albert obtuvo la respuesta que ansiaba hallar desde que tenía memoria paleontológica:
—¡Eureka! —vociferó frente a Virginia y los académicos que decidieron acompañarlo en su investigación—. Siglos enteros tratando de hallar dinosaurios muertos, cuando podemos traer a los que siguen vivos.