El Sello Oculto

Capítulo 5

John suspiró antes de entrar a casa; el sol ya pintaba el cielo de un naranja moribundo. Abrió la puerta y encontró a Virginia tendida en el suelo, con las manos vendadas y llenas de restos de crema de pastel. Se apresuró a levantarla, invadido por un miedo que no sintió ni siquiera cuando la criatura imaginaria casi devora a su profesora. Ella lo apartó para ponerse de pie sin ayuda, y al lograrlo entre quejas, lo abrazó con la poca fuerza que tenía.

—Feliz cumpleaños —le deseó, y John se echó a llorar.

La casa olía a desastre, pero a un desastre agradable. John acompañó a su madre hasta la cocina y se dio cuenta de que, además de la estancia patas arriba, su madre le había preparado un pastel: el bizcocho se veía fruncido y hueco, adornado con una crema marrón muy clara. La vela de cumpleaños aún tenía telarañas; John supo que era la misma que usó para su décimo cumpleaños. Sobre la mesa también estaban la foto familiar y la de bodas, pero lo que más llamó su atención fue el libro. Al verlo, sintió que las garras de un tiranosaurio le acariciaron las tripas. En su cubierta, grabados en un relieve espectacular, se mostraban runas y dinosaurios. John dedujo que, al estar grabado en piedra, debía ser una pieza muy antigua.

—Mamá, ¿pero cómo...? —fue lo primero que se le ocurrió decir. Las lágrimas y la sonrisa no lo dejaron articular más.

—Es de chocolate —Virginia señaló el pastel, implorando que ese fuera el sabor favorito de su hijo.

John la volvió a abrazar. Se sentaron para hablar de los viejos tiempos, esos que empezaron a florecer a pesar de los delirios. Virginia los seguía viendo, por supuesto; los pterodáctilos sacudían las alas para que ella les prestara atención, sin embargo, Virginia prefería pellizcarse las piernas por debajo de la mesa en un intento por alejar sus aparentes alucinaciones. Rebanaron la masa deforme que parecía pastel, y comieron para suavizar el rugido de la panza. El pastel tenía un sabor a tierra y estaba tan seco que John tuvo que beber dos vasos seguidos de agua para evitar la asfixia. A ninguno de los dos les importó: estaban tan concentrados en los recuerdos alegres que ignoraron hasta el hecho de su propia existencia.

—Tu papá odiaba el chocolate —apuntó Virginia, esperando no haber confundido al hijo con el padre.

—Pero los compraba para mí —enfatizó John, para alivio de Virginia—. Me gustaban los que tenían forma de pterodáctilos.

Virginia sintió un aleteo en las tripas. Detrás de John, los Pterodáctilos seguían mirándola.

—Los que yo veo no son de chocolate —sonrió para disimular un chiste, aprovechando el espacio ciego debajo de la mesa para pellizcarse más fuerte.

John no supo si aquello lo dijo su madre para provocarle una risa, así que, en lugar de intentar descubrirlo, extendió la mano para tocar el libro de piedra; los dinosaurios y los jeroglíficos tallados en la cubierta brillaron en ámbar cuando lo tuvo entre sus dedos.

—Era de tu papá —le confesó Virginia—. Pero ahora es tuyo.

—Papá nunca me dijo que coleccionaba libros de piedra —él se desilusionó un poco.

—No los coleccionaba —aclaró ella—. Lo encontramos en una expedición al Valle de la Luna, fosilizado en un líquido ámbar. Solo en la India pudieron sacarlo intacto, y solo allí tu padre descifró lo que decía el sánscrito con el que están escritas sus hojas.

—Asombroso —dijo John al abrir el libro y observar el montón de runas acompañadas de dibujos de dinosaurios.

—Tu papá murió buscando la respuesta que ese libro prometió darle —Virginia se pellizcó todavía más fuerte para evitar el llanto—. Nuestra última expedición no fue para encontrar los huesos de un giganotosaurus —confesó. Se acercó más a John, y deslizó las páginas del libro—, lo que buscábamos, en realidad, era esto —se detuvo en una página que mostraba el dibujo de un anillo de madera, erguido sobre una estructura rectangular.

—¿Es una reliquia de alto valor? —Inquirió John. La imagen de un ejército de dinosaurios relampagueó en sus ojos.

—Es el sello del Cretácico —respondió su madre—, el portal que, según las teorías de tu padre, puede traer a los dinosaurios a nuestra dimensión.

Fue algo que ella no quiso decir, pero que la súplica de su difunto esposo logró que saliera de su boca. Tras el derrumbe y los dos años posteriores de un luto desgarrador, Virginia se encerró en su casa para intentar recuperarse de lo que nada ni nadie podía restaurar. En todo ese tiempo John reemplazó su papel de madre y ella se dejó acobijar por el papel de hijo. Poco después de que John cumpliera catorce años, ella se dispuso a retomar su vida como investigadora de fósiles. Y lo habría hecho, si tan solo no hubiesen llegado las visiones. Aparecieron una noche de teatro, mientras los dos disfrutaban de la comedia propia de los buenos actores. Virginia vio pterodáctilos volando entre las butacas, y no dudó en advertir del peligro de muerte. Después de gritar como una loca, se atrevió a decir que las bestias terminarían derrumbando la sala de funciones. La sacaron a emergencias hospitalarias después de que convulsionó.

Los treinta psiquiatras que la vieron le diagnosticaron una condición postraumática que podía ser revertida con los antidepresivos. Convencida de que podía regresar a la normalidad, prosiguió en sus intentos por ser la paleontóloga que desempolvaba fósiles. Entonces, comenzó a verlos en todas partes: en la casa, en el trabajo, en el bus, en la televisión… a donde quiera que fuese, ellos iban con ella. Lo que terminó por llevarla al centro de rehabilitación fueron las visiones que siempre aparecían sin ser llamadas: Dinosaurios emergiendo de una luz que empalmaba el cielo con la tierra, aplastando todo a su paso para convertir el mundo en un océano de sangre. Virginia era capaz de oír los gritos de auxilio, las sirenas de ambulancia, el estruendo de las balas y la explosión de las bombas. Veía, además, cómo emergían las raíces de árboles milenarios para torcer edificios.



#1371 en Fantasía

En el texto hay: fantasia, misterio, dinosaurios

Editado: 27.02.2026

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