El Sello Oculto

Capítulo 6

En sus veintidós años de vida, John nunca había visto algo tan magnífico. Recostado en su cama, con la mirada perdida en el libro profético, intentó descifrar la simbología codificada que su padre, alguna vez, interpretó en las lejanas tierras de la India. Pensó que, con suerte, podría lograrlo sin la necesidad de cruzar continentes. Con cautela, inspeccionó los dibujos tallados en la piedra; los dinosaurios se entrelazaban en espiral, formando lo que parecían ser inscripciones ocultas. Con la ayuda de su teléfono, intentó descubrir los patrones del sánscrito. Miró las páginas, una y otra vez, sacudió el polvo acumulado en algunas secciones y, buscando cualquier tipo de respuesta, encontró lo impensable. Reconoció la letra de su padre, torcida y desgastada, que ponía “si el caos viene, que venga con estilo” justo encima de un par de ojos ámbar. John entendió que el monstruo que lo visitaba en las noches, de alguna forma, estaba retratado en ese documento milenario.

Revisó cada página del libro, rogando que su padre hubiera dejado algún código que lo ayudara a descifrar los símbolos. En lugar de eso, solo encontró la impaciencia. Justo cuando estaba a punto de maldecir su poca habilidad para entender lenguajes codificados, las inscripciones talladas en piedra brillaron con un ámbar tan profundo que John sintió un ardor en los ojos. Luego, para asombro suyo, una lluvia de partículas brillantes revoloteó por su habitación. Las chispas tomaron la forma de dinosaurios diminutos y no dudaron en danzar a su alrededor. Él no hizo nada. Inmóvil como los huesos fosilizados, se atrevió a pensar que todo lo que veía no era más que un delirio irracional. No obstante, las imágenes parecían tan reales que, en el último momento, decidió creer en ellas. Sonrió, y las chispas aprovecharon para meterse por su nariz.

Las chispas entraron en bandadas, y John sintió que mil meteoritos colapsaban en sus arterias. No tuvo la oportunidad de gritar porque, cuando volvió en sí, todo rastro de partículas había desaparecido de su habitación. En su lugar, vio los ojos de ámbar, ocultos en la oscuridad, sin intención alguna de despedazarlo. John miró el libro y notó que seguía brillando. Así que, sin pensar demasiado en el escalofrío que le recorría el cuerpo, extendió la mano y, por primera vez en sus veintidós años (al parecer su suerte venía con ese número), la criatura dio un pequeño paso al frente. Ya no era necesario adivinar de qué tipo de dinosaurio se trataba: la bestia resultó ser un deinonychus.

John no se culpó por haberlo confundido con todo tipo de dinosaurios. Soltó una risa de asombro cuando tocó a la criatura con su mano. Sobre dos patas, con mandíbulas poderosas, el deinonychus se mostraba imponente. Se atrevió a acariciarlo como el perro que nunca tuvo, y el deinonychus correspondió sin moverse. No parecía tan temible como lo imaginaban en los laboratorios científicos.

Continuó palpando a la criatura; sostuvo suavemente las plumas de color azul cobalto incrustadas en sus brazos, y notó que la piel debajo del plumaje era sorprendentemente rugosa. Al descender hasta los dedos curvados, tocó con cuidado las garras que sobresalían. Miró de vez en cuando al deinonychus, con el miedo eclipsado por la belleza milenaria. El dinosaurio lo veía como si John fuera en sí mismo una especie extraordinaria. También lo examinó sin moverse, observándolo como si fuera un regalo divino. En un descuido, John apretó una de las garras y la sangre brotó de su pulgar en una gota brillante. Retrocedió, esperando que el deinonychus encendiera sus instintos carnívoros para destriparlo. Pero el animal se quedó quieto, sin ánimos de usar las mandíbulas. Solo el amanecer que se deslizó por la ventana los interrumpió a los dos.

El hilo de la luz desvaneció al deinonychus y entristeció a John. Suspiró, con ganas de llorar, pero el dolor en el dedo le brindó esperanza. Allí estaba la herida, cubierta de sangre. Dolía, pero era un dolor maravilloso. Se levantó de la cama sin poder controlar las preguntas que revoloteaban en su cabeza. Quería contárselo a su madre, sin embargo, aquello o podía llevarla a un episodio de locura o, tal vez, lo conduciría a entender que en realidad sí estuvo soñando, y que la herida pudo hacérsela con cualquier cosa.

Miró el libro de piedra: seguía brillando. Lo agarró sin ganas de salir de su cuarto, y un centellazo blanco opacó su visión en el momento que su pulgar ensangrentado se deslizó por las páginas. Entonces, tras la distorción blanca de la realidad, se vio a sí mismo entre las ramas de un Ginkgo, contemplando un mundo en el que los dinosaurios marchaban sobre la tierra.

—Imposible —se escuchó decir.

Se aferró a la rama gruesa del Ginkgo. El viento mecía las hojas del árbol para estremecer a un John que no salía de su asombro. Fijó sus ojos en el cielo para contemplar la cruz alada que, imponente, se deslizaba entre las nubes rubíes. Era un planeador primogénito; una bestia de cresta larga y pulida, semejante a un cuchillo gigante. Tenía un pico largo; John recordó la forma ósea a la que siempre relacionaba con las fauces de un pelícano. Nunca imaginó ver a un pteranodon en su esplendor, cazando desde las alturas, sin que el batir de las alas produjera una sola explosión. Se atrevió a reír ante tanta majestuosidad, y luego gritó para sacar el júbilo que no podía seguir conteniendo en su interior.

—¡Están aquí! —vociferó a todo pulmón.

John volvió su vista hacia el horizonte para darse cuenta de que el pteranodon no estaba. De pronto, las ramas del Ginkgo se retorcieron para que la cruz alada rozara la cúspide del árbol, casi acariciando a un John que se agachó como pudo para no ser devorado. Cuando la corriente de aire se apagó y la criatura alada se perdió entre las nubes, John fijó sus ojos temblorosos sobre la faz de la tierra. Allí vio a la grúa ancestral: el cuello largo era muy delgado para su cuerpo que parecía una montaña andante. El Brachiosaurus marchó por debajo, tan cerca que la cabeza del jurásico casi tocó sus pies, y por un instante, las gotas de sudor de John empaparon la musculatura poderosa del coloso. La bestia se perdió en la distancia, reflejando los brillos moribundos del sol como una cúpula viviente.



#1371 en Fantasía

En el texto hay: fantasia, misterio, dinosaurios

Editado: 27.02.2026

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