El Sello Oculto

Capítulo 7

Los gritos guturales y desgarradores de John, que rasgaban la quietud de la madrugada, despertaron a Virginia de golpe. El sonido era tan primal, tan ajeno a la voz de su hijo, que la hizo saltar de la cama como si una fuerza invisible la impulsara. La habitación parecía observar su frenesí, sumida en un silencio expectante, mientras la figura translúcida de su esposo y las siluetas aéreas de los Pterodáctilos que flotaban cerca del techo la miraban con una inexpresividad fantasmal. La desesperación la invadió.

—¡¿John?! —lo llamó, su voz ronca por el miedo y la falta de aliento, un lamento que apenas rompía la opresiva atmósfera.

Sus ojos febriles buscaron desesperadamente el cuchillo. Lo encontró oculto entre los restos de los adornos que, en su propio delirio del día anterior, había destrozado. Una ola de adrenalina la impulsó. Se apresuró a salir de su propia habitación, el corazón martillándole contra las costillas, para auxiliar a un John que seguía gritando, ahora con una cadencia que recordaba los rugidos ancestrales de los tiranosaurios. Lo encontró en su cama, retorciéndose con una violencia que no parecía suya, sus miembros intentando zafarse de algo que no existía, una atadura invisible que solo él podía sentir. Virginia no lo pensó dos veces; aventó la navaja al suelo, donde el metal brilló tenuemente, y se lanzó sobre su hijo, abrazándolo con todas sus fuerzas, intentando transmitirle una calma que ella misma no poseía, a pesar de los golpetazos furiosos que sentía en el corazón.

Mientras lo sujetaba con desesperación, la mente de Virginia la arrastró de regreso a sus propios días de delirios nacientes, a esas noches interminables, acechada por visiones incomprensibles. Recordó con escalofriante nitidez cómo, en aquellas alucinaciones, la figura de su pequeño John se entrelazaba una y otra vez con la imagen de un árbol milenario, tan antiguo como el tiempo mismo. Las lágrimas, antes contenidas, se desbordaron por sus mejillas, mezclándose con el sudor frío mientras miraba con una súplica silenciosa al fantasma de su esposo, que permanecía inmóvil, etéreo, observándolos desde la distancia.

—Nuestro hijo no, por favor —imploró Virginia, su voz apenas un susurro que se rompió en un sollozo. La desesperación le apretaba la garganta.

El difunto, en su silencio espectral, respondió de la única manera que podía: mirando fijamente el cuchillo caído en el piso. En el filo plateado del arma, un destello fugaz, el reflejo distorsionado de los Pterodáctilos, brilló con una intensidad extraña. Y en ese instante, una descarga eléctrica, un escalofrío que le erizó la piel, recorrió el cuerpo de Virginia. Supo, con una claridad aterradora, lo que su esposo quiso decirle, un mensaje mudo que resonó con la fuerza de una revelación. Abrazó con más fuerza a un John que, ahora, hablaba en lenguajes inentendibles, un balbuceo de sonidos prehistóricos y guturales. Y en sus ojos, extrañamente blancos y sin pupilas, brillaba un aura ámbar, una luz interna que no pertenecía a este mundo.

Virginia sintió entonces, tan de pronto como el impacto de los meteoritos que extinguen eras enteras, cómo la habitación comenzaba a agrietarse a su alrededor. No era una grieta visual, sino una fractura en la tela misma de la realidad. Los afiches de Jurassic Park, que durante años habían decorado las paredes con la promesa de la aventura, se estrellaron contra el suelo con un ruido sordo, seguidos por las pequeñas baratijas de dinosaurios que su hijo había coleccionado con devoción desde los seis años, rompiéndose en mil pedazos. Asustada por la ruptura inesperada entre el delirio que la había consumido y la realidad que ahora se desmoronaba ante sus ojos, a Virginia solo se le ocurrió una cosa. Comenzó a sarandear a su hijo con todas sus fuerzas, con una violencia desesperada, intentando despertarlo de ese trance que parecía consumir su alma.

—¡No los dejes entrar John! —gritaba con la voz rota, un hilo de sonido apenas audible sobre el estruendo interior—. ¡No los dejes entrar! ¡Por favor!

Cuando los ojos de John, con un parpadeo lento, recuperaron sus pupilas oscuras y redondas, el temblor de tierra cesó. La habitación dejó de sacudirse. Virginia vio cómo su hijo se desprendió suavemente de sus brazos para caer tendido en la cama, inconsciente, pero en paz. A su lado, sobre la mesita de noche, el libro, el que siempre había intentado ignorar, brillaba con una intensidad insólita, como si contuviera una estrella dentro de sus páginas. Ella le dio un golpe instintivo, un manotazo lleno de frustración, y se recostó junto a John, aferrándose a él, ignorando por completo al fantasma de su esposo que, obstinado, seguía señalando el cuchillo en el suelo. Los pterodáctilos, aquellos espectros alados, rodearon la cama, extendiendo sus alas membranosas sobre dos patas estilizadas, y luego inclinaron sus cabezas hacia ellos, como en una reverencia o una advertencia. Virginia dejó a un lado su miedo crónico y su capacidad para ignorarlos, una habilidad desarrollada a lo largo de años de negación.

—¡Lárguense, malditos monstruos! —escupió, su voz llena de una rabia que no sabía que poseía.

—Son inofensivos —dijo de pronto John, su voz tranquila y clara, mirándolos fijamente con una serenidad pasmosa—, al igual que tú, presienten algo.

Virginia sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero esta vez, no de miedo.

—¿Los ves? —preguntó, casi sin aliento.

—A todos ellos —aclaró él, con un asentimiento de cabeza que confirmaba la imposible verdad.

Se sentó sobre la cama, empapado en sudor como un volcán milenario recién erupcionado. Miró a su madre con una compasión que la desarmó, una comprensión que no había visto en sus ojos en años. Luego, después de fijar sus pupilas en el libro profético que irradiaba una luz propia, posó su mano cálida y firme en el hombro de Virginia, dispuesto a revelarle lo que, en imágenes centelleantes y una avalancha de sensaciones, fue capaz de vivir.



#1371 en Fantasía

En el texto hay: fantasia, misterio, dinosaurios

Editado: 27.02.2026

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