El Sello Oculto

Capítulo 8

John nunca había comprendido a Virginia como en ese momento. Recordó las altas dosis de medicamentos que llenaban las venas de su madre, y que la hacían dormir tres días seguidos. Entendió que solo era una mujer incomprendida por el peso de unas visiones que, para su desdicha, estaban a punto de hacerse realidad.

—¡Tú no puedes ser el portal! —su madre seguía en la negación—, Albert encontró el sello del Cretácico en el Valle de la Luna, ¡colapsó frente a mí!

—Mi papá despertó el sello —John le acarició la mejilla— y cuando me diste el libro, despertaste el portal.

—¡Debe ser un error! —insistió ella.

John se levantó de la cama templando las piernas para evitar el desmayo. Una Virginia temblorosa intentó detenerlo, pero la voluntad de su hijo pudo más que ella. Él se acercó a los pterodáctilos y, ante el asombro de su madre, les acarició las alas.

—El que yo veo está detrás de ti —dijo John.

Virginia se volteó para encontrarse con el deinonychus. Gritó tanto que su garganta estuvo a punto de explotar. Para calmarla, su hijo la tomó por la mano como a una niña y, a pesar de que ella zarandeó el cuerpo para evitar acercarse a la bestia, terminó cediendo ante un John que la abrazó para hacerla sentir segura. Unos cuantos pasos y Virginia estuvo frente al pasado ancestral: John la ayudó a extender la mano para que rozara al dinosaurio, y ella, asustada como las gallinas, tocó lo que se había extinguido millones de años atrás. Acarició la piel cubierta por plumas de color azul cobalto, y se fijó en los ojos ámbar que refulgían como lámparas de fuego. Retiró la mano y se alejó, con ganas de correr hasta que algo la borrara del mundo.

No obstante, John volvió a tomarle la mano y, para terminar de encresparle los huesos, la guió al lugar donde reposaban los pterodáctilos. Como oro fundido, estos seres se acercaron para que Virginia los palpara uno por uno; se sentía extraño sentir a los animales que alguna vez pensó que la matarían.

—Papá nunca se equivocó al describirlas como criaturas extraordinarias —recordó John.

—¿Son reales? —Virginia había llorado tanto que un desierto le invadió los ojos.

—Siempre lo fueron —aclaró él— y pronto, lo serán para el resto del mundo.

John recordó el Ginkgo y los dinosaurios marchando a un atardecer sangriento.

—Tu padre perdió años enteros de su vida descifrando ese libro —se extrañó Virginia, mientras los Pterodáctilos aterrizaban sobre el lomo del Deinonychus— Tú solo una...

—Me dijiste que confiabas en que yo lo descifraría —interrumpió John—, pero admito que no pensé que fuera tan pronto —regresó su mirada al deinonychus y los pterodáctilos—. Siempre quise ver uno vivo, pero...

—Pero su llegada terminará con el mundo que conocemos, y si eso pasa —Virginia no logró contener el temblor en sus manos— te perderé a ti también.

John dejó que el hielo en su pecho lo ayudara a pensar con la cabeza fría. Anhelaba verlos, en manadas, sobre las calles. Siempre deseó con el alma que los dinosaurios vivieran, y ahora, que podía traerlos de vuelta, el dolor de su madre le carcomía las entrañas.

—El libro es un catalizador poderoso —era mejor que John se lo dijera sin tantos rodeos—, vi la visión por la que te medicaron todos estos años —confesó—. Vi como mi cuerpo fusionaba nuestro tiempo con el de ellos. Vi el caos, vi la sangre… —las lágrimas escaparon de sus ojos— nunca te conté que desde los seis años he soñado con el deinonychus que tocaste. Sus ojos aparecían en mi habitación todas las madrugadas, pero hoy por primera vez lo toqué. Rompí la única barrera que separaba nuestras dimensiones.

—Debe haber una forma de evitarlo —Virginia intentó hallar una solución para lo que seguía sin entender con claridad.

—Viajé al pasado y los vi —continuó su hijo— estaban marchando, saben que ya rompí esa barrera y que falta poco tiempo para que emerjan.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Virginia, con la voz entrecortada.

—Cuando me colé a su mundo, les enseñé la puerta al nuestro —miró las grietas en las paredes— tienen la llave para abrirla —de pronto, John hurgó en su escritorio para sacar un cuaderno—. ¡Mira! —deslizó las páginas para mostrarle el dibujo de un Ginkgo; detrás del árbol, los edificios sucumbían arropados por sus raíces— También dibujé los ojos del deinonychus… ¿lo ves? Ellos me estaban llamando y al fin lograron encontrarme.

La memoria de Virginia volvió a la cueva que se llevó a su esposo. Recordó los ojos ámbar en las paredes, el centellazo que los encendió y el posterior colapso. Supuso que el libro que le entregó a su hijo terminó de sellar lo que alguna vez su esposo anheló con todas sus fuerzas. Se sintió culpable por la promesa que no debió cumplir, y miró con decepción al fantasma de Albert que, sin expresión alguna, se posaba cerca del cuchillo.

—No podemos permitirlo —dijo ella con firmeza.

—Lo sé —añadió él.

Virginia vio las grietas en la pared. Supuso que las criaturas solo aparecerían cuando su hijo entrara en ese trance en el que lo consiguió más temprano.

—Si el libro es el catalizador, entonces hay que destruirlo —fue la solución de Virginia.

—El libro ya cumplió su función, al igual que mi papá, y al igual que tú —John miró a Virginia. Sus pupilas brillaron—. Para destruir el portal, debes matarme a mí.



#1371 en Fantasía

En el texto hay: fantasia, misterio, dinosaurios

Editado: 27.02.2026

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