Virginia llegó a la conclusión de que su hijo no podía tener la razón en todo lo que decía. Lejos de aceptar el plan de John para evitar la resurrección de los dinosaurios, emprendió una larga batalla contra el apocalipsis inminente. Creyendo que la fusión de las dimensiones solo ocurría cuando su hijo entraba en aquel trance de temblores de tierra, hizo lo posible para evitar los episodios que empeoraron con epilepsias. La casa había sufrido tanto por los sacudones que sobre el suelo se extendían espesas capas de polvo. Medicó a John con toda clase de somníferos, pensando además que el portal tenía más probabilidades de romperse mientras estuviera despierto. John, amando a su madre más que a él mismo, accedió sin quejarse a las alternativas improvisadas, esperando un milagro que no terminaba de llegar.
Y aunque las desesperadas acciones de Virginia evitaban que los episodios de John fueran tan prolongados, el precio que su hijo debía pagar era igual de alto que los brachiosaurus. Su hijo sucumbía al pasado milenario para ver la marcha de los dinosaurios apocalípticos, cada vez más grande, cada vez más cerca. El siguiente día siempre resultaba peor que el anterior, y para empeorar lo que ya era bastante grave, la casa comenzó a llenarse de raíces bermejas. En su intento por salvar al único hijo que tenía, Virginia lo había condenado a un sufrimiento horripilante. Las estrategias apenas efectivas alejaron a John de su universidad, de sus ganas de probar algún bocado, y de tocar al deinonychus que lo escoltaba en silencio.
En el momento en que su hijo suplicó la muerte, ella contempló destrozada la idea sepulcral del marido. Durante dos noches seguidas se revolcó en su habitación, golpeándose la cabeza, maldiciendo el día en el que Albert encontró el libro del apocalipsis jurásico. La imagen de un John viviendo sin vivir la catapultó a la decisión que ignoró desde el principio, no sin antes concluir que ella, incapaz de sostenerse sin su esposo y sin su hijo, se clavaría el cuchillo también.
—Cuando entre en el trance, mi mente se alejará de mi cuerpo —un John casi desvanecido explicó su última voluntad—, solo en ese momento, la fusión de los mundos será lo suficientemente fuerte como para que puedas destruirla.
Y así fue como el cuchillo volvió a las manos de Virginia, y los somníferos abandonaron los torrentes sanguíneos de John. La madre devastada contempló al hijo que, invadido por temblores, se arrodilló para que su sufrimiento terminara de una vez por todas. El Deinonychus se recostó a su lado, esperando partir con el hombre que observó durante muchos años. Los sacudones volvieron, agrietando el suelo por el que emergían raíces. Virginia recordó el colapso de la cueva, y las manos que terminaron por salvarla aunque ella se negara a vivir. Sus pterodáctilos aletearon para acompañarla también en sus últimos respiros.
Una luz incandescente irradió de los ojos de John para desbaratar el techo y lamer las nubes. El hilo brillante eclosionó para matizar al cielo del color del alquitrán. Virginia escuchó los gritos ajenos, mientras de su hijo se desprendía una brecha que distorsionaba el tiempo y el espacio. El terremoto se extendió por el mundo, y un destello ámbar abrazó los continentes. Frente a los ojos de millones, el pasado milenario y el presente moderno se fusionaban como los extremos de una campana sepulcral. Solo en ese instante inminente, en el que la destrucción parecía no tener retorno, Virginia decidió dar el último paso para la salvación de su hijo.
—Si el caos viene —dijo, convencida del sacrificio necesario—, que venga con estilo.
Aventó el cuchillo lejos, y corrió a abrazar a un John que colisionaba las dimensiones. Había huido de los dinosaurios por mucho tiempo, así que, por primera vez en su vida, se aferró más a lo que siempre la protegió de ellos: su hijo.
—Déjalos entrar —sus lágrimas flotaban en la convergencia del tiempo y el espacio— déjalos entrar.
Cuando John despertó, sobre el mundo marchaban las bestias milenarias, destruyendo una realidad perpleja en la confusión y la sangre. Donde alguna vez estuvo su casa, allí donde solo había escombros, emergían las gruesas raíces del Ginkgo. El árbol gigante, que cubría el cielo con sus espesas hojas de abanico, llenaba la tierra de un verde brillante.
—Estoy muerto —susurró John.
—No todavía —aclaró la voz de su madre.
Virginia llevaba puesto su antiguo ropaje de excursiones. Por primera vez en años, se veía radiante, libre de todo mal, libre de todo miedo.
—Mamá… —John no supo cómo responderle.
—Es mejor que nos apresuremos a buscar tu cuaderno —Virginia lo ayudó a levantarse—. Nunca investigué dinosaurios vivos, pero tal vez encontremos algún método.
Contemplaron la convergencia de las dimensiones, en el caos del mundo que para ellos era un milagro magnífico.