El Sello: Ron, Torturas del pasado

Capítulo 8: El Abismo Llama

(Presente – Jardín de la Hermandad Adelfuns – Ron continúa su narración)

—Cada día con Alanna era una contradicción. La entrenaba para ser fuerte, para que pudiera protegerse, y al mismo tiempo, la arrastraba conmigo a un peligro cada vez mayor. Me convertí, sin quererlo, en la mayor amenaza para su seguridad. Y el universo, en su cruel ironía, no tardó en recordármelo.

»Morian seguía alimentando mi obsesión con Njord. Me trajo una nueva pista, la más prometedora hasta la fecha. Una que nos llevaría no a un simple convoy o a un puesto de avanzada, sino al corazón de una de las operaciones de Neipoy en la región. Una que, según él, estaba bajo la supervisión de uno de los lugartenientes de más confianza de Njord. Era la oportunidad que había estado esperando. La oportunidad de dar un golpe que resonara hasta llegar a oídos del propio General. Pero subestimé al enemigo. Y casi le costó todo a Alanna.

(Pasado – Narrado por Ron)

La pista de Morian nos llevó a una antigua estación de retransmisiones enclavada en lo alto de una montaña escarpada. El lugar había sido abandonado tras las Viejas Guerras, pero Neipoy lo había reactivado. Según Morian, desde allí coordinaban los movimientos de varias legiones del Ejército del Dragón y, lo más importante, se decía que su comandante, un pretor llamado Fendrel, tenía acceso directo a los horarios y rutas de Njord.

—Fendrel es la clave, Ron —me dijo Morian mientras observábamos la estación desde una cresta lejana con unos electro-binoculares—. Captúralo, y el camino hacia Njord se abrirá de par en par.

Alanna estaba a mi lado, su rostro tenso. Llevaba una armadura ligera que habíamos conseguido y su expresión era una mezcla de nerviosismo y determinación. Su control sobre el fuego helado había mejorado enormemente, pero nunca se había enfrentado a un combate a esta escala. La estación estaba fuertemente fortificada, con torretas de plasma automáticas y patrullas de soldados con armamento militar avanzado.

—Es demasiado arriesgado para ella —le dije a Morian en voz baja, apartándonos un momento.

Morian sonrió, esa sonrisa suya que siempre parecía saber más de lo que decía. —¿O es que tienes miedo, Ron? Miedo de que tu alumna vea hasta dónde estás dispuesto a llegar. O peor, miedo de no poder protegerla. Ella necesita ver el verdadero rostro de la guerra. Es parte de su entrenamiento.

Sus palabras dieron en el blanco, como siempre. La duda me asaltó, pero la amurallé tras una fachada de fría determinación. Tenía que demostrar que podía manejarlo. Que podía protegerla.

Nuestro plan era audaz. Yo crearía una distracción masiva en el perímetro sur, atrayendo a la mayoría de las fuerzas. Mientras tanto, Alanna, aprovechando su habilidad para moverse sin generar una firma de calor detectable gracias a su fuego helado, se infiltraría por el norte con Morian para desactivar el generador principal de la estación, sumiéndola en el caos y cortando sus comunicaciones.

El inicio fue perfecto. Descendí sobre el perímetro sur como una catástrofe natural. Hice que la tierra se tragara una de las torretas y levanté un muro de fuego para cubrir mi avance. Los soldados de Neipoy, sorprendidos, respondieron con una disciplina brutal, pero mi poder, alimentado por dos años de rabia, era abrumador. Los barrí con ráfagas de viento y descargas eléctricas, disfrutando del caos que estaba sembrando.

Estaba tan inmerso en mi asalto, en la sinfonía de gritos y explosiones, que casi no lo sentí. Fue una punzada en la parte posterior de mi mente, una conexión que había formado con Alanna durante su entrenamiento, un repentino estallido de miedo y dolor. Su miedo.

Dejé de atacar, girando la cabeza instintivamente hacia el norte. Algo había salido terriblemente mal.

Abandoné mi posición y corrí, saltando sobre obstáculos y derribando a cualquiera que se interpusiera en mi camino. El sonido de la batalla en el sector norte llegó a mis oídos: no el sigilo que habíamos planeado, sino el inconfundible rugido de un combate a gran escala.

Cuando llegué, la escena me heló la sangre más que cualquier fuego celeste. Alanna y Morian estaban atrapados. Había sido una emboscada. El pretor Fendrel no era un simple burócrata militar. Era un guerrero formidable, revestido con una servoarmadura pesada de última generación, y estaba acompañado por una guardia de élite.

Morian se defendía con agilidad, sus movimientos eran sombras que danzaban entre los disparos de plasma, pero estaba claramente a la defensiva. Alanna, por su parte, luchaba con una valentía desesperada. Había levantado un muro de hielo dentado que resistía a duras penas los impactos, y lanzaba fragmentos helados que apenas arañaban las armaduras de la guardia de élite.

Entonces vi a Fendrel. Ignorando a Morian, se centró en Alanna, viéndola como el eslabón más débil. Avanzó hacia ella, su servoarmadura emitiendo un zumbido amenazador.

—¡Alanna! —grité.

Ella me oyó y su rostro se llenó de un alivio momentáneo que fue reemplazado por el pánico cuando Fendrel levantó un enorme guantelete de poder. Un rayo de energía pura, mucho más potente que los disparos de plasma estándar, salió disparado hacia ella.

Con un grito, Alanna levantó ambas manos, creando una cúpula de fuego helado a su alrededor. El rayo de Fendrel impactó contra ella con una fuerza atronadora. La cúpula resistió por un instante, el azul celeste luchando contra la energía crepitante, pero luego se hizo añicos con una explosión que la lanzó por los aires. Aterrizó pesadamente a varios metros de distancia, un bulto inmóvil en el suelo.

Una furia como nunca antes había sentido, ni siquiera el día de la muerte de mi padre, se apoderó de mí. El mundo se tiñó de rojo.

Desaté todo lo que tenía. El suelo se abrió bajo los pies de la guardia de élite, tragándose a dos de ellos. Un torbellino de aire y fragmentos de roca barrió al resto. Pero Fendrel resistió, su armadura absorbiendo lo peor de mi asalto.




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