El señor amargado ¿puede ser mi papá?

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 13

Charlotte.

Cuando llego a la planta, me ajusto bien el uniforme, respiro hondo y camino hacia el control de enfermería. No quiero empezar el día dando una imagen floja, especialmente después de la bronca de ayer.

Al doblar el pasillo, lo veo de pie junto a la pizarra de turnos, revisando unos papeles. Trago saliva.

—Buenos días, señor —digo con un tono educado, sin mucha esperanza de obtener respuesta.

Para mi sorpresa, él levanta la mirada y asiente.

—Buenos días.

Me freno por una milésima de segundo. ¿Ha dormido bien o se ha golpeado la cabeza? Es la primera vez que me responde sin un bufido.

Cuando vuelvo a mirarlo, parece más relajado. Cansado, sí, pero no tan… ogro. Incluso sus hombros están un poco menos tensos.

Pero el milagro dura poco.

Una doctora —alta, delgada, con el pelo rubio recogido en una coleta perfecta— se le acerca y le sonríe.

—Arthur, te estaba buscando ¿sabes lo de la niña de la 206? La del postoperatorio de apendicitis. Lamento darte yo la noticia, pero le dieron el alta anoche.

Él cierra el archivador de golpe.

—Sí, ya lo he visto. Otra alta nocturna sin pasar la consulta de por la mañana. Fantástico. —Su tono es seco, irónico y está lleno de una rabia contenida que ya me resulta familiar.

La doctora Olivia, o como se llame, sonríe tensa y murmura un luego lo hablamos, antes de marcharse.

Y ahí está otra vez de vuelta, el Arthur Parker de siempre.

Yo bajo un poco la mirada y me aclaro la voz.

—Con su permiso doctor, voy a hacer la ronda por las habitaciones.

Él asiente sin mirarme esta vez.

—Adelante.

Cojo mi tablet y empiezo por la 201. Un niño con neumonía que parece estar respondiendo bien al tratamiento. Anoto lo necesario, reviso su temperatura, converso un poco con la madre, sonrío y sigo a la siguiente habitación.

Estoy anotando la medicación de la habitación 202 cuando suena mi teléfono.

Me extraña. Nadie me llama a estas horas.

Miro la pantalla y se me congela el cuerpo al ver el nombre de Desi.

—¿Desi?

—Charlotte, tranquila, ¿vale? Está todo bien, pero…

Ya con ese tono y ese "vale" sé que no está “todo bien”.

—¿Qué pasa, Desi?

—Me han llamado del colegio. Nora se ha caído por las escaleras.

—¿Qué?

—¡Tranquila! No ha sido una caída grave, pero se ha hecho daño en el brazo y le duele bastante. Nos hemos venido al hospital por si hay fractura. Estamos en urgencias, en Traumatología.

Mi corazón se acelera.

—¿Está llorando? O ¿Está muy asustada?

—Está un poco asustada, sí, pero está conmigo, le están haciendo placas ahora. —Respiro profundo.

—Voy para allá.

Cuelgo y salgo de la habitación con paso rápido.

Camino hacia la central de enfermería y me encuentro con Linda, que está revisando unas fichas.

—Linda, lo siento mucho, pero tengo que irme un momento.

—Sí, claro. Pero... ¿Todo bien?

—Es mi hija. Está en urgencias de Traumatología, ha tenido una caída en el colegio. Voy a ver cómo está y regreso

—¿Quieres que avise a alguien?

—Solo necesito diez minutos. No me iré del hospital, está en el otro ala. Aviso por si preguntan por mí.

—De acuerdo, claro ve.

Asiento y camino rápido hacia el ala de Traumatología Pediátrica. Mis pasos resuenan en los pasillos como si llevaran todo el miedo del mundo. Solo necesito verla, necesito ver a mi niña y saber que está bien.

Arthur.

—Es la tercera vez esta semana, mamá. La tercera.

Estoy de pie frente a su escritorio, con teniéndome para no ir a buscar a ese inútil y despedirlo por irresponsable.

—¿Quieres que te lo repita más lento? No se dan altas por la noche. Y menos a una niña de seis años recién operada.

—Arthur…

—¡No, mamá! Esto no es un pequeño detalle. A esto se le llama irresponsabilidad. ¿Y si la niña hubiese tenido una hemorragia en casa? ¿Quién carga con eso? ¿Quién firmó el alta sin revisar en planta por la mañana? Owen de nuevo.

Mi madre suspira, se quita las gafas y las deja con cuidado sobre la mesa.

—Tienes razón —admite, sin rodeos—. Y si te soy sincera, no entiendo en qué momento empezamos a permitir este tipo de errores. Hablaré con el doctor Owen para que no vuelva a pasar. Pero cálmate. Yo me ocuparé ...

Justo entonces, suena el teléfono fijo. Ella lo descuelga, y antes de que pueda decir nada, pulsa el botón de manos libres.

—¿Sí? Al habla la doctora Bloom, dime.

—Hola, doctora —responde una voz desde el otro lado—. Llamaba para hablar con el doctor Arthur Parker, me dicen en planta que está con usted. Soy Emily, de admisión pediátrica.

Nos miramos.

—Te escucha —dice mi madre, cruzándose de brazos.

—Doctor, quería avisarle que ha vuelto Emma Gutiérrez, la niña que fue dada de alta anoche tras la apendicectomía. Viene con fiebre alta y la madre muy preocupada.

Me quedo en silencio medio segundo y mi madre también.

—¿Ves? —digo finalmente, mirando a mi madre con una mezcla de rabia y decepción—. Justo lo que te decía. —Tramita directamente el ingreso en la misma habitación si sigue libre. Gracias.

Miro a mi madre, ella no dice nada, pero sé que piensa exactamente lo mismo que yo.

Salgo del despacho nervioso, con el pulso acelerado y con el ceño aún más fruncido que antes. Camino hacia Pediatría, revisando mentalmente el cuadrante de esta mañana. A medio camino, saco la tablet.

Charlotte West: habitaciones visitadas, 201 y 202.

¿Dos habitaciones? , ¿Solo dos pacientes?

Ha pasado casi una hora desde que entró en su turno.

¿Dónde está esta mujer? ¿En la sala de descanso? ¿En la cafetería?

Llegaré a eso luego. Lo primero, es Emma.

En la sala de observación, la niña está tumbada, pálida y adormilada, con la frente ardiendo. La madre se ve al borde del colapso, sosteniéndole la mano.




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