El señor amargado ¿puede ser mi papá?

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 14.

Charlotte.

Sé perfectamente que está enfadado. Lo veo en su cara, en su forma de caminar, en cómo aprieta la mandíbula mientras se acerca.

Y no me extraña. Yo también estaría enfadada si pensara que una de mis enfermeras se ha saltado media ronda para charlar en un pasillo.

Solo que no es el caso.

Respiro hondo cuando se detiene frente a mí.

—Señorita West —dice con ese tono que ya me conozco—. Cuando termine lo que sea que está… haciendo, le agradecería que me acompañara a mi despacho.

Apenas me da tiempo a contestar cuando Nora, que está sentada en una camilla baja, con el brazo vendado y sujeto con un cabestrillo azul, levanta la vista hacia él con toda la curiosidad del mundo.

—¿Mami, quién es este señor? —pregunta con ese tono inocente que no sabe de jerarquías ni de tensión.

Me giro hacia ella. Y respiro otra vez.

—Él es el doctor Parker, cariño. Es mi jefe.

—¿Es el señor al-sol Parker? —pregunta, confundiendo como siempre los apellidos.

—Sí, cielo —respondo con una sonrisa nerviosa—. El señor Parker.

Ella lo observa con detenimiento, entornando los ojos como si estuviera analizándolo a fondo.

Y entonces, con la lógica aplastante de una niña de cuatro años, lo suelta.

—¿Él es el señor al que le falta azúcar y está amargado?

Desi, que está a mi lado, gira la cabeza y se tapa la boca con la mano. Está a punto de explotar de la risa.

Yo, directamente, me quiero morir.

Arthur alza una ceja, y me mira. No dice nada, pero estoy segura de que me va a despedir en este mismo instante.

—Nora… —susurro, intentando salvar algo de dignidad.

Pero él hace algo que no esperaba. No se da la vuelta, no frunce el ceño. Ni me pide explicaciones.

Solo se agacha un poco, bajando la altura de su cuerpo al nivel de Nora, y le extiende la mano con gesto tranquilo.

—Hola, me llamo Arthur Parker. ¿Y tú cómo te llamas?

Ella lo mira como si fuera un personaje de película. Y entonces asiente muy seria.

—Me llamo Nora, pero también me dicen terremoto… o castaña traviesa.

Desi suelta un sonido raro, mezcla de carcajada contenida y tos.

Arthur sonríe. Sí, sí, sonríe de verdad.

—Encantado, Nora. ¿Y qué le ha pasado a esta castaña traviesa?

Nora se acomoda el cabestrillo con cuidado.

—En el cole, antes del recreo, corría detrás de mi amiga Lucía porque quería enseñarle mi dibujo… y topecé con su mochila. Y como no fené bien, me caí por las escaleras.

Él asiente y la escucha con el mismo interés que pone cuando alguien le está contando un caso médico muy serio.

—¿Y te duele mucho el brazo? —pregunta.

—Ahora no duele tanto, pero antes sí. Por eso las profes llamaron a mi tía Desi —Desi lo saluda con un gesto educado, aunque aún se le escapa la risa— y ella me trajo aquí poque trabaja mamá. Me han hecho una foto. La señora de las fotos era muy simpática y me ha dicho que soy valiente por no llorar. ¿A que sí tía?

—Sí. Doctor Parker. Un placer conocerlo y perdone lo de… lo del azúcar.

Arthur niega con un gesto leve, aún mirando a Nora.

—No pasa nada. Al parecer, hoy he descubierto un problema de salud que no conocía, gracias a Nora.

Yo me muerdo la lengua para no decir nada. Me arde la cara del sonrojo que me ha subido.

Nora, sin pensárselo, señala su mochilita gris con orejas, que descansa sobre una silla.

—¿Al-sol, me pasas mi mochila, porfa? La de orejitas.

Arthur la toma con cuidado y se la acerca.

—¿Esta?

—Sí, esa es la mía.

Ella la abre despacio, sin mover el brazo, pero con las dos manos, mete la nariz dentro y saca un táper de plástico transparente. Lo pone sobre su regazo y lo abre como puede con su bracito vendado.

Dentro hay galletas caseras con chispitas de chocolate. Las que hizo con Desi ayer en casa.

—Toma —le dice a Arthur, extendiéndole una—. Si te la comes, se te quita lo amargado.

El silencio que sigue es glorioso.

Arthur la mira y mira la galleta. Luego me mira a mí a los ojos. Y después… ríe.

De verdad.

No es una risa grande ni escandalosa, pero es real y es cálida.

Y yo no sé qué me impresiona más: si ver a Nora ofreciéndole galletas como remedio o escuchar por primera vez esa carcajada sincera saliendo de él.

—Gracias, Nora —dice mientras coge las otras galletas que le ofrece mi hija con delicadeza—. Me las tomaré con mi café. Seguro que ayudan a estar menos Amargado.

—Sí ayudan —dice ella, orgullosa—. Yo me como una cuando estoy gruñona.

—Entonces tengo que empezar a probar tu método.

—Luego haré más y te taigo.

—Las estaré esperando.

Me doy cuenta de que estoy sonriendo. Que me ha bajado toda la tensión de golpe.

—En unos minutos prometo que vuelvo —le digo bajito.

Arthur asiente.

—No te preocupes.

Ya estamos por salir cuando él se gira hacia mí con una media sonrisa y, mientras le da un pequeño mordisco a otra galleta, dice;

—Hoy tienes suerte, estoy endulzado —ríe—. Puedes tomarte el tiempo que necesites con tu hija.

Me detengo un segundo.

No es la frase, es el tono.

Es la primera vez que lo veo hacer una broma.

Y lo peor de todo es que me ha gustado conocer esa parte suya relajada. ¿Será verdad que lo que le hace falta a este hombre es azúcar?




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