El seguro de la puerta tirita, se abre lentamente y emana un ruido viejo; el eco se hace presente y camino por el desgastado pasillo de esa casa. Siempre ha sido oscura, es lúgubre, pero es extrañamente cálida. Es decir, parece que la luz quema, que deja muy expuesto, que es frío; que en la oscuridad hay protección y cierto calor. No lo comprendo, pero tampoco quiero hacerlo, quizá estoy muy agotado para hacerlo.
Toco la gran puerta de madera al fondo del pasillo, en el tercer piso, y entonces, el sonido de un ave pequeña me desvía hacia la ventana de enfrente, y observo la nieve caer. Lentamente cubre todo el horizonte, pero en la parte de abajo, rodeando toda la mansión, miles de flores carmesí siguen intactas como si el invierno no las azotara, como si no hiciera falta el sol, y de sus pétalos se escurren manchas de... ¿sangre? Eso me desconcertó; no, me intriga, pero el sonido de la puerta abriéndose me hace salir del trance.
—Joven Vogt, ¿qué lo trae por aquí? —el señor me mira con cierta curiosidad, como si hubiera olvidado algo. —Aaa, yo… usted… bueno, mi padre recibió una llamada de su secretaria. Usted quería que le ayudara con los libros de la biblioteca. —Ohhh, claro, claro. Vamos abajo, muchacho. —¿Abajo?... —mi voz sale como un hilo; la biblioteca central estaba en ese piso, pero todos sabían que nada en esa casa era normal. —Sí, abajo. ¿Por qué la cara, joven? Pareciera que estoy a punto de llevarte al inframundo, jajaja.
La risa del señor Graff resuena en toda la casa, y detrás de mí parece que las paredes crujen delicadamente, como susurros sutiles que se encajan en mi espalda y oídos, que me recorren hasta la nuca y electrifican cada nervio.
—Ah, ya veo. Sí, está bien, no se preocupe, no lo decía por eso, pero creí que solo había una biblioteca. —Hay muchas cosas que desconoces, muchacho. Más de las que crees, más de las que yo creo, más de las que son y no.
Había conocido al señor Graff en una feria del libro que llegaba anualmente al pueblo. Mientras hojeaba algunos libros sobre biología marina del siglo pasado, él se acercó y depositó uno muy singular enfrente de mí, de tapa azul ultramar, con pequeños relieves bien detallados: tortugas, delfines y tiburones; esas eran las figuras que adornaban toda la portada. Inmediatamente quedé maravillado, tanto que al levantar la vista me tomó por sorpresa tenerlo de frente; un hombre viejo pero conservado, su cabello era platinado por las canas y daba evidencia de alguna vez haber sido dorado como los rayos del sol. No era tan alto, quizá unos 1.74 m, y se había encorvado por la edad; tendría tal vez ocho décadas y contando. Vestía un elegante traje negro, bien planchado, tan pulcro como el agua cristalina de los océanos a la orilla de Italia, una corbata carmesí que contrastaba fukterte con su piel blanca como la nieve, unos ojos ámbar tan profundos que sabías que gritaban un secreto, y una sonrisa cálida como las aguas del Caribe.
Me quedé en silencio. No sabía muy bien a qué se refería el señor Graff, pero era ese tipo de situaciones en las que tenía plena confianza sobre la información, sobre lo que quería saber y sobre la seguridad de entender que todo el conocimiento podría obtenerlo del viejo que caminaba con lentitud hacia la gran puerta amaderada de la biblioteca subterránea.
—¿Qué carajo, Will? ¿En serio fuiste a la casa de ese viejo? —la voz burlona de Craig me hizo enfadar un poco. —No le digas así. Y sí, fui, al menos ahí hago algo de provecho, no como ustedes, que solo se la pasan…
Me detuve, estaba explotando. Quizá estaba a punto de arruinar todo; no podía dejar de pensar en lo que habían hecho, todos y cada uno de ellos: Ryan, Gilbert, Ilahj, Maeve, Riwan, Eckert… ni siquiera recordaba su nombre. Era extraño, era confuso, no me dolía, no ardía, pero era como si una espada pesada se hundiera profundamente, como el peso de una gran decepción; no de ellos, del mundo, uno que no podía entenderme.
—¿Qué? Dime, Will, que somos unos mediocres, eso ibas a decir. —¿Qué? No, no me refiero… a eso… es que… —Dilo, vamos —la voz exaltada de Craig no me advirtió nada y, a diferencia de otras veces, no tenía ganas de entender. —¡Sí! ¿Sabes qué? Me importa un carajo; me importas un carajo tú, o Ilahj, o Gilbert, o el estúpido de Eckert. ¿Sabes? Sí, sí lo son. Son unos malditos mediocres oportunistas, vividores. ¿Qué más esperan, eh? Dime. —Pues sabes qué, si eso es lo que piensas, ¡jódete, William, jódete! Siempre contestas con lo mismo, siempre pretendes llevar la paz, pero no sé qué te ocurre, no puedo leerte, no podemos descifrarlo, y lo único que haces es decirnos qué buen amigo es Jan, ¿y nosotros qué? —¿Ustedes qué? ¿Acaso son estúpidos? Jamás pudieron entenderse, ni entenderme a mí. Mi primer error fue respetar lo que ustedes nunca respetaron.
Después de esa pelea me alejé de ellos. En el fondo, no necesitaba nada y ellos no me necesitaban a mí, pero yo sí necesitaba del señor Graff, incluso si para él solo era un mocoso que acomodaba sus estantes. Por eso, en la semana siguiente de invierno, acudí a su puerta.
—Mmm, hola, señor. Perdone por no venir la semana pasada, tuve algunos problemas y yo… le debo una disculpa… —No te preocupes, muchacho, las cosas pasan. Adelante —el señor Graff me hizo un ademán para entrar—. Tengo algunos tomos sobre la cartografía marítima; son algo viejos, seguro te encantarán. Solo ten cuidado con el papel, ponte guantes, están algo… grasosos, jajaja. —Oh, vaya, jaja, muchas gracias, no se preocupe. Y le agradezco mucho... Yo también le traje algo.
En mis brazos reposaba una pequeña caja roja. Dentro, el forraje de terciopelo negro resguardaba una corbata carmesí con patrones dorados; eran pequeños sauces que se repetían horizontalmente.
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Editado: 10.07.2026