Nora Vega llevaba exactamente dieciséis días siendo divorciada, y ya sabía dos cosas con certeza: que el café negro sin azúcar sabía amargo sin importar cuántas veces lo intentara, y que los hoteles de lujo olían a una vida que nunca había sido la suya.
El Grand Mercer era una bestia de mármol y cristal en el corazón de la ciudad. Cuarenta y dos pisos. Doscientas habitaciones. Un solo dueño.
Y ella, con su carrito de limpieza chirriante y su uniforme negro que le quedaba un poco ancho en los hombros, era la empleada más nueva del piso tres.
—Oye, Nora.—
Voltió. Era Carmen, su compañera de turno, quien se asomaba por la puerta del cuarto 304 con una expresión mezcla de lástima y alivio.
—Me acaba de llamar mi mamá. Mi hijo está enfermo en la escuela y yo tengo que ir a... —hizo una pausa, mordiéndose el labio—. Sólo falta el séptimo piso. La suite principal. Pero es que ya es casi mediodía y si no entrego las habitaciones antes de la una, la señora Herrera me...
—Ve —dijo Nora antes de que terminara la frase—. Yo termino.
Carmen la miró como si le hubiera regalado un riñón.
—¿Estás segura? Es que... es la suite del señor Mercer.
Nora frunció el ceño.
—¿El señor Mercer?
—El dueño. Vive en el séptimo. —Carmen bajó la voz como si hubiera cámaras en las paredes—. No le gusta que toquen sus cosas. Hay un protocolo específico, hay una lista, hay...
—Carmen. Tu hijo te necesita. Yo tengo manos, tengo carrito y tengo cerebro. Ve.
El ascensor del séptimo piso olía diferente. No a desinfectante de hotel, sino a algo más oscuro y cálido. ¿Cedro? ¿Cuero? Nora arrugó la nariz mientras empujaba el carrito por el pasillo de paredes color marfil.
La suite 701 era la única puerta del piso.
Usó la tarjeta maestra que Carmen le había dejado, y la puerta cedió con un clic suave, casi ceremonioso.
Lo primero que pensó fue: esto no es una habitación de hotel.
Era un apartamento. Paredes de ladrillo visto, ventanas del piso al techo con vista a la ciudad entera, una cocina de acero mate que nunca había visto una sartén sucia. Sobre la mesa de trabajo, papeles en perfecta geometría. Un reloj analógico en la pared. Libros —libros de verdad, no de decoración— apilados junto al sillón.
Nora tragó saliva y entró.
Fue metódica. Siempre lo era. Baño primero: superficies, espejo, suelo. Recámara: ropa de cama, almohadas, ajustar cada esquina con la precisión que le había enseñado la señora Herrera en el entrenamiento.
Fue el polvo lo que la delató.
Había una línea fina de polvo en la esquina superior del clóset, imposible de alcanzar con la mopa estándar. Nora abrió la puerta del clóset, buscando el espacio para maniobrar, y su carrito —ese carrito traicionero con una rueda torcida— chocó suavemente contra el marco.
El golpe fue mínimo.
Lo suficiente para que la pequeña caja de madera oscura que descansaba en el estante superior temblara.
Y cayera.
Nora la atrapó casi por instinto, pero la tapa ya había salido volando. El contenido rodó por el suelo de madera con un sonido pequeño, cristalino, definitivo.
Se agachó.
Era un anillo.
No cualquier anillo. Uno de esos que hacen que el aire se vuelva más pesado. Una banda de oro blanco con un diamante central que capturaba la luz de la ventana y la convertía en algo que dolía mirar. Antiguo. Perfecto. Evidentemente guardado con la intención de darlo algún día.
—Oh, no —murmuró Nora.
Lo recogió con cuidado, lo sostuvo entre dos dedos, lo observó. Luego miró la caja. Luego el suelo. Luego la caja otra vez.
Lo puso dentro.
Cerró la tapa.
Lo colocó de vuelta en el estante.
Y entonces se dio cuenta.
La caja estaba vacía.
El anillo no estaba dentro. Lo había sostenido, lo había visto, pero al poner la caja de vuelta y abrirla para confirmar... nada. Se agachó frenéticamente. Revisó bajo el clóset. Debajo del borde de la cama. Entre las patas del buró.
Nada.
—¿Dónde estás? —susurró, de rodillas en el suelo, moviendo la mopa por debajo del mueble—. ¿Dónde, dónde, dónde...?
Fue entonces cuando escuchó el sonido.
El ascensor.
Un clic metálico. Pasos sobre el mármol del pasillo. Seguros. Lentos. De alguien que camina en su propio territorio.
Nora se incorporó de golpe, con el corazón en la garganta, y miró hacia la puerta de la suite —que ella, en su meticulosa rutina de limpieza, había dejado entreabierta.
Los pasos se detuvieron.
Y entonces la voz llegó desde el umbral: baja, controlada, con el tipo de calma que sólo tienen las personas que nunca necesitan levantar la voz para ser obedecidas.
—¿Quién está en mi habitación?