El señor Mercer

CAPITULO 2

Nora no se movió.
Siguió de rodillas en el suelo de madera, con la mopa en una mano y el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo desde el umbral.
—¿Quién está en mi habitación?
La voz llegó otra vez, más cercana ahora. Sin enojo todavía. Pero con esa calidad particular de las personas que no necesitan gritar para que el mundo les preste atención.
Nora se incorporó despacio.
Y lo vio.
Jack Mercer era exactamente lo que nadie te describe cuando habla de un hombre rico. No había en él nada de lo que las revistas prometían: ni la sonrisa fácil, ni el traje impecable de quien viste para ser visto. Llevaba una camisa oscura con los primeros botones abiertos y el cabello ligeramente desordenado, como si hubiera venido caminando rápido desde algún lugar importante. Alto. Mandíbula afilada. Ojos color ámbar que la encontraron en menos de un segundo y no la soltaron.
Nora calculó que tenía unos treinta y ocho años. Y que nunca en su vida había mirado a alguien así sin saber exactamente qué decir.
—Yo... soy del servicio de limpieza —dijo, y odió lo pequeña que sonó su voz.
Jack no respondió de inmediato. Dejó caer su mirada al carrito, al uniforme, a la mopa que Nora todavía sostenía como si fuera un escudo.
—Lo sé —dijo al fin—. Lo que pregunto es por qué está usted en mi habitación.
—La señora Herrera asignó el séptimo piso a mi turno. Yo... cubrí a una compañera.
—¿Nombre?
—Nora. Nora Vega.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí, Nora Vega?
Ella tragó saliva.
—Dieciséis días.
Algo cruzó por el rostro de Jack. No fue compasión exactamente. Fue más parecido a la expresión de alguien que acaba de confirmar una sospecha.
—Dieciséis días —repitió, como si el número tuviera más significado del que ella le veía—. Y en dieciséis días nadie le explicó que esta suite tiene protocolo específico. Que no entra nadie sin autorización directa de mi asistente. Que no se toca ningún objeto personal.
Cada frase caía como una piedra.
—No —admitió Nora—. Nadie me lo explicó con ese detalle.
—Interesante.
Se acercó. No mucho. Lo suficiente para que Nora notara que olía a algo caro y discreto, y que sus ojos ámbar tenían un borde oscuro que los hacía parecer más serios de lo que probablemente eran. Probablemente.
Jack miró hacia el clóset. La caja de madera en el estante superior. Nora siguió su mirada y sintió que el estómago se le caía al suelo.
Por favor. Por favor no la abras ahora.
Él no la abrió.
Pero la miró un segundo de más.
—Termine su trabajo —dijo finalmente, y se alejó hacia el escritorio sin volver a mirarla.
Nora exhaló.
Los siguientes veinte minutos fueron los más incómodos de su vida. Y eso incluía la noche que encontró los mensajes en el teléfono de su ex marido.
Jack trabajó en silencio absoluto frente a su computadora mientras Nora terminaba de limpiar, moviéndose lo menos posible, respirando lo más silenciosamente que podía. Era como compartir espacio con una tormenta eléctrica que todavía no había decidido caer.
Cuando terminó, recogió su carrito y se dirigió a la puerta.
—Vega.
Se detuvo.
—Mañana no suba a este piso —dijo él, sin levantar la vista de la pantalla—. Si necesitan limpiar la suite, que lo haga alguien con más de dieciséis días de experiencia.
Nora apretó el mango del carrito.
—Entendido —dijo.
Y salió.
Esperó a que las puertas del ascensor se cerraran. Esperó a que el número sobre el panel pasara del siete al seis, al cinco, al cuatro.
Entonces cerró los ojos.
El anillo seguía ahí arriba. Perdido. En algún rincón de la habitación de un hombre que ya tenía razones para no confiar en ella.
Y mañana le habían prohibido volver.
Jack esperó a escuchar el ascensor bajar antes de levantarse.
Cruzó la habitación despacio. Se detuvo frente al clóset. Abrió la puerta.
Tomó la caja de madera del estante superior y levantó la tapa.
La miró durante un momento largo.
Luego sacó el teléfono y marcó un número.
—Diana —dijo cuando contestaron—. Tenemos un problema.



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En el texto hay: desamor, amor, jefe sexi

Editado: 30.04.2026

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