Nora habló durante diez minutos sin parar.
Le contó todo. El carrito con la rueda torcida. El polvo en la esquina del clóset. El golpe que no fue golpe sino roce. La caja cayendo, la tapa saliendo volando, el anillo rodando por el suelo de madera con ese sonido pequeño y terrible. Cómo lo sostuvo entre los dedos. Cómo lo puso dentro de la caja. Cómo al abrirla de nuevo ya no estaba.
Jack no la interrumpió ni una sola vez.
Se quedó sentado frente a ella con los codos apoyados sobre la mesa y las manos entrelazadas, observándola con una concentración que a Nora le resultaba más difícil de soportar que el interrogatorio de los guardias. Al menos ellos habían mostrado algo — desconfianza, impaciencia, la certeza cómoda de quien ya ha decidido quién es culpable. Jack no mostraba nada. Era como hablarle a alguien que está calculando cada palabra antes de decidir qué valor darle.
Cuando terminó, el silencio duró demasiado.
—Lo juro —dijo Nora, y su voz sonó más pequeña de lo que hubiera querido—. Lo juro por mis padres. No tengo ese anillo. Puede revisar mi casillero, mi bolsa, puede llamar a quien quiera. Yo no—
—Ya escuché —dijo Jack.
—Entonces reviséme. —Las palabras le salieron antes de que pudiera pensarlas—. Si no me cree, reviséme. Aquí, ahora. No tengo nada que esconder.
Y antes de que él pudiera responder, antes de que su propio sentido común pudiera detenerla, Nora llevó las manos a los botones de su camisa y empezó a desabrocharlos. Uno. Dos. Tres. Con dedos que temblaban no de vergüenza sino de esa desesperación particular de quien lleva horas siendo acusado de algo que no hizo.
La camisa se abrió.
Jack no se movió.
No apartó la vista, pero tampoco avanzó. Se quedó exactamente donde estaba, con esa quietud suya que era casi irritante, mientras sus ojos recorrían a Nora con una expresión que ella no supo leer — porque no era lo que esperaba. No era incomodidad. No era el aprovechar fácil de un hombre sin escrúpulos. Era algo más parecido a la concentración de quien está buscando una respuesta en el lugar equivocado y acaba de darse cuenta.
—Abróchese —dijo, con voz baja y uniforme.
Nora parpadeó.
—No necesito revisarla —continuó Jack—. Si hubiera querido hacer eso, lo habrían hecho mis guardias antes de traerla aquí.
Ella bajó la vista. Empezó a abotonarse con manos que ya no le obedecían del todo.
—Entonces... ¿me cree?
Jack tardó un momento en responder. Un momento demasiado largo.
—No lo sé.
La honestidad de esas tres palabras fue, de alguna manera, peor que una acusación directa.
—Llevo veinte años leyendo personas —dijo él, con la misma calma con que hablaría del clima—. Clientes, socios, empleados. Sé cuándo alguien miente. Sé cuándo alguien actúa. —Hizo una pausa—. Usted es la primera persona en mucho tiempo que no logro descifrar.
Nora lo miró.
—Eso no es un cumplido, ¿verdad?
Algo cruzó por el rostro de Jack. Tan rápido que Nora no habría podido jurarlo, pero estuvo ahí. Algo que en otro hombre, en otro momento, quizás habría sido el inicio de una sonrisa.
—No —dijo—. No lo es.
Se levantó. Caminó hacia la ventana pequeña que daba al pasillo interior del hotel, con las manos en los bolsillos, la espalda a ella. Nora tuvo la sensación de estar viendo a alguien pelear una batalla interna que no tenía intención de compartir.
—Ese anillo no es una joya cualquiera —dijo finalmente, sin voltearse—. Era de mi madre. El único objeto que pedí quedarme cuando ella murió. No tiene precio de mercado porque para mí no tiene precio.
El silencio que siguió fue de un tipo diferente. Más pesado. Más honesto.
Nora sintió que algo se le apretaba en el pecho.
—Lo voy a encontrar —dijo.
Jack volteó a verla.
—¿Perdón?
—El anillo. —Nora se puso de pie, aunque las rodillas todavía no eran completamente firmes—. Yo lo tiré. Yo lo busco. No me voy a ir a mi casa a esperar que usted decida si me cree o no mientras el anillo de su madre está perdido en algún rincón de su habitación.
Jack la estudió durante un momento largo.
—Mañana por la mañana —dijo al fin—. Usted sube al séptimo piso. Buscamos juntos. Y si no aparece...
No terminó la frase. No necesitaba hacerlo.
Nora asintió.
—Entendido.
Salió de la sala sin mirar atrás. Caminó por el pasillo, dobló la esquina, encontró el baño de empleadas y entró. Cerró la puerta con llave. Se apoyó contra el lavabo y se miró en el espejo durante un buen rato.