Nora no durmió.
Pasó la noche en su pequeño departamento a cuarenta minutos del hotel, mirando el techo con los ojos abiertos, repasando cada segundo de la mañana como si pudiera encontrar el momento exacto en que todo salió mal. La caja cayendo. El anillo rodando. El sonido. Ese sonido pequeño y cristalino que no dejaba de repetirse en su cabeza como una canción que no puedes sacarte.
¿Dónde podía estar? Lo había visto. Lo había tenido entre los dedos. Los anillos no desaparecen solos, eso se lo habían dicho los guardias con esa voz de quien ya ha decidido el veredicto. Pero ella lo sabía mejor que nadie: ese anillo había estado en su mano y luego había dejado de estarlo, y entre esos dos momentos no había nada que tuviera sentido.
A las cinco de la mañana dejó de intentar dormir.
A las siete estaba frente al Grand Mercer con el cabello recogido, la camisa bien abrochada y una determinación que se parecía mucho al miedo pero que había decidido llamar de otra manera.
El ascensor del séptimo piso olía igual que el día anterior. Cedro y algo más oscuro que Nora ya empezaba a asociar con una persona específica y eso no le gustaba nada.
Tocó la puerta de la suite 701.
Jack abrió antes de que terminara el segundo golpe. Llevaba ropa más informal que el día anterior — pantalón oscuro, suéter gris con las mangas subidas hasta los codos. Tenía una taza de café en la mano y el cabello ligeramente húmedo, como si acabara de salir de la ducha. Sus ojos ámbar la recorrieron de arriba abajo en menos de un segundo, con esa costumbre suya de inventariar a las personas antes de hablarles.
—Llegó temprano —dijo.
—No pude dormir —respondió Nora, y luego se arrepintió de haberlo dicho porque sonaba demasiado honesto para las siete de la mañana.
Jack se hizo a un lado sin decir nada más.
Ella entró.
La suite a las siete de la mañana era diferente. La luz entraba horizontal por las ventanas del piso al techo, dibujando franjas doradas sobre el suelo de madera. Había una cafetera encendida en la cocina. Papeles sobre la mesa de trabajo. La huella pequeña e inevitable de alguien que vive de verdad en un lugar, no solo lo ocupa.
Nora fue directo al clóset.
—Empiezo por aquí —dijo—. Fue donde cayó.
Jack se apoyó en el marco de la puerta de la recámara, taza en mano, observándola. No ofreció ayuda todavía. Solo miraba, con esa paciencia suya que era difícil de distinguir de la desconfianza.
Nora se arrodilló en el suelo. Pasó la mano por debajo del clóset despacio, centímetro a centímetro, peinando cada rincón. Nada. Se movió hacia la cama. Levantó el borde de la falda del colchón y miró debajo con la linterna de su teléfono. Polvo. Una moneda vieja. Nada más.
—Aquí lo sostuve —dijo, incorporándose y señalando el punto frente al clóset—. Estaba de pie justo aquí. Y cuando lo solté para ponerlo en la caja...
—¿Lo soltó? —La voz de Jack cambió apenas. Un matiz. Suficiente para que Nora lo notara.
—Lo coloqué —corrigió—. Lo puse dentro de la caja. Pero al abrir la tapa para confirmarlo ya no estaba. —Hizo una pausa—. O eso creí. Quizás pensé que lo había puesto y en realidad se me cayó de nuevo sin que me diera cuenta.
Jack se separó del marco y entró a la recámara. Se agachó junto a ella sin ceremonia, sin el pudor de los que no están acostumbrados a arrodillarse, y empezó a revisar el lado izquierdo del suelo mientras Nora cubría el derecho.
Estuvieron así varios minutos. En silencio. Tan cerca que Nora podía escuchar su respiración pareja y sentía el calor que irradiaba su brazo a centímetros del suyo.
Concéntrate, se dijo. Anillo. Busca el anillo.
—¿Cuánto tiempo estuvo casada?
La pregunta llegó sin aviso, con el mismo tono neutro con que habría preguntado la hora.
Nora tardó un segundo en responder.
—Cinco años.
—¿Y el divorcio?
—Hace tres semanas.
Jack no dijo nada. Siguió revisando el suelo, moviendo la mano despacio por las hendiduras entre los tablones de madera.
—¿Por eso está aquí? —preguntó al fin—. ¿En el hotel?
—Me dejó sin trabajo y sin ahorros —dijo Nora. Lo dijo sin drama, como un dato. Era más fácil así—. Él llevaba el negocio. Yo llevaba la casa. Cuando se fue, me quedé con la casa vacía y ninguna de las dos cosas.
—¿Y aceptó limpiar habitaciones?
No era un juicio. Era genuina curiosidad, aunque en la voz de Jack era difícil separar una cosa de la otra.
—Acepté trabajar —dijo Nora, y esta vez sí hubo un filo suave en su voz—. Hay diferencia.
Jack la miró. Por primera vez desde que habían empezado a buscar, detuvo lo que estaba haciendo y la miró de frente, sin el filtro de la distancia ni el pretexto de la sospecha. Solo la miró.
—Sí —dijo—. La hay.
Y volvió a buscar.
Revisaron cada centímetro de la recámara durante cuarenta minutos. El suelo completo. Debajo de cada mueble. Las hendiduras entre los tablones donde un objeto pequeño podría haberse colado. Los bordes de la alfombra junto a la ventana. El interior del clóset, estante por estante.
Nada.
Nora se sentó en el suelo con la espalda contra la cama y cerró los ojos un momento. No de cansancio. De esa frustración particular que viene cuando haces todo bien y el resultado sigue siendo incorrecto.
—No está aquí —dijo.
—No. —Jack estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia la ciudad. La luz de la mañana le golpeaba el perfil y por un segundo, solo uno, Nora pensó que se veía menos como el dueño de todo y más como alguien que ha perdido algo que no tiene reemplazo.
—Cuénteme de él —dijo ella, antes de poder callarse.
Jack volteó.
—¿Del anillo?
—De su madre.
El silencio que siguió fue del tipo que tiene peso propio. Nora esperó el rechazo, la frialdad, el "eso no es asunto suyo" que habría sido perfectamente razonable viniendo de él. Por que era una realidad a Jack no le gustaba hablar de su madre, era sagrada para él un tema que nadie tocaba.