El vestido azul era el más formal que Nora tenía.
Lo había comprado tres años atrás para una cena de negocios de Rodrigo, uno de esos eventos donde ella sonreía en las fotos y fingía que entendía de inversiones mientras los socios de su marido hablaban por encima de su cabeza. Lo había usado exactamente dos veces. Hoy sería la tercera.
Frente al espejo del baño, con el cabello recogido y los aretes pequeños de perla que su madre le había regalado al casarse, Nora se miró durante un momento largo.
No se veía destrozada. Eso era algo.
Se veía cansada, sí. Se veía como alguien que llevaba semanas durmiendo mal y comiendo lo que había en lugar de lo que quería. Pero no destrozada. Y a los juzgados no ibas a demostrar nada, ibas a firmar papeles y a sobrevivir las siguientes horas con la dignidad intacta.
Dignidad intacta, repitió para sí misma como un mantra.
Salió sin desayunar.
Los juzgados familiares olían a papel viejo y a café de máquina. Había filas. Había formularios. Había una señora detrás de una ventanilla que le explicó tres veces, con una paciencia que rozaba la condescendencia, que su abogado debía presentarse antes de que la llamaran y que si no llegaba en los próximos veinte minutos tendrían que reprogramar la cita.
El abogado llegó con diecisiete minutos de retraso.
Nora lo perdonó porque era el más barato que había encontrado y porque en este punto de su vida los milagros los medía en escalas muy distintas a las de antes.
Esperaron sentados en una banca de madera dura junto a otras tres parejas que tampoco se miraban entre sí. Nora mantuvo la vista al frente, las manos cruzadas sobre la bolsa, la espalda recta. Si iba a estar aquí, iba a estar aquí bien.
Entonces escuchó sus pasos.
Los conocía. Cinco años de matrimonio te enseñan el ritmo exacto con que camina la persona equivocada. Seguros, apresurados, con esa energía de quien siempre llega tarde pero nunca se disculpa porque considera que su tiempo vale más que el de los demás.
Rodrigo Alvarez entró al pasillo con un traje gris que Nora no había visto antes y una mujer del brazo que sí había visto antes, aunque solo en la pantalla de un teléfono desbloqueado que no era el suyo.
Alta. Rubia. Diez años menor que Nora, quizás menos. Con la expresión de alguien que ha ganado algo sin entender bien qué era el juego.
Rodrigo la vio.
No tuvo la decencia de apartar la vista. La miró directamente, con esa calma suya que siempre había confundido con seguridad y que ahora reconocía como simple indiferencia, y asintió levemente. Como si fueran conocidos de trabajo. Como si cinco años no fueran nada más que una línea en un contrato que ya venció.
Nora no asintió.
Miró al frente.
Dignidad intacta.
La audiencia duró cuarenta minutos.
El juez era un hombre de sesenta años con anteojos de montura gruesa y la expresión de quien ha visto demasiados matrimonios desmoronarse como para sorprenderse por uno más. Leyó los términos del acuerdo en voz monótona. Bienes. Deudas. El departamento que había sido de los dos y que ahora, por razones que el abogado de Rodrigo había argumentado con una creatividad que Nora todavía no terminaba de digerir, quedaba a nombre de él.
—¿Alguna objeción? —preguntó el juez, mirando a Nora sobre los anteojos.
Su abogado le tocó el brazo por debajo de la mesa. Señal de que no. Señal de que habían hablado de esto, de que pelear el departamento costaría más de lo que valía, de que a veces lo más inteligente es soltar y avanzar.
Nora apretó los dientes.
—Ninguna —dijo.
Rodrigo firmó primero. Con su pluma cara, con esa seguridad de quien cierra un trato de negocios. La mujer rubia esperaba afuera, Nora lo sabía sin necesidad de verla.
Luego firmó ella.
La pluma era prestada, del abogado, y dejaba un trazo más delgado de lo que le habría gustado. Pero la firma fue firme. Recta. Sin temblores.
Cuando terminó, Rodrigo recogió sus papeles y se puso de pie. Vaciló un momento, solo uno, y entonces se volvió hacia ella con esa expresión que Nora alguna vez había interpretado como culpa y que ahora veía claramente por lo que era: alivio disfrazado de cortesía.
—Espero que te vaya bien, Nora.
Ella lo miró.
En otro momento, en otra versión de sí misma, habría dicho algo. Habría dejado salir todo lo que llevaba semanas guardando en ese lugar del pecho donde van las cosas que duelen demasiado para decirse en voz alta. Habría sido honesta de una manera que quema.
Pero estaba en un juzgado. Y tenía la dignidad intacta. Y pensaba seguir teniéndola.
—Adiós, Rodrigo —dijo.
Nada más.
Él salió. Sus pasos se alejaron por el pasillo con el mismo ritmo de siempre, seguros y apresurados, hacia una vida que había construido sobre la de ella sin que ella se diera cuenta a tiempo.
El juez estampó su sello.
Y Nora Vega dejó de ser la señora de nadie.
Salió de los juzgados a las once y cuarto de la mañana con una carpeta de papeles bajo el brazo y el sol golpeándole la cara de una manera que se sentía casi ofensiva dado el tipo de día que estaba teniendo.
Se sentó en las escaleras de afuera porque las piernas decidieron que ya habían tenido suficiente.
No lloró. Ya había decidido eso desde la noche anterior. Este no era un día de lágrimas, era un día de trámites, y los trámites se hacen y se terminan y se guarda la carpeta y se sigue.
Sacó el teléfono.
Tenía un mensaje de la señora Herrera, enviado a las nueve de la mañana: Vega, el señor Mercer preguntó por usted esta mañana. Preséntese en cuanto llegue al hotel.
Nora releyó el mensaje dos veces.
Jack había preguntado por ella.
No supo qué hacer con esa información. La guardó en el mismo lugar donde había guardado el momento del abrazo en el cuarto de suministros, y el instante en que sus dedos rozaron su palma.
Se puso de pie.