El departamento estaba en el cuarto piso de un edificio en Queens que olía a humedad en invierno y a fritura en verano y que tenía un elevador que funcionaba tres días de cada cinco si tenías suerte.
Nora había aprendido a contar las escaleras en la oscuridad.
Doce peldaños hasta el primer rellano. Doce más hasta el segundo. Otros doce. Otros doce. Después la puerta del cuarto piso que rozaba el marco al abrirse y había que empujarla con el hombro porque el casero llevaba seis meses prometiendo arreglarla y seis meses sin hacerlo.
El departamento era pequeño. Un cuarto, una cocina que era también la sala si ponías la mente creativa, un baño con la ducha que tardaba cuatro minutos en calentar el agua. Las ventanas daban a un callejón donde los martes pasaba el camión de basura a las cinco de la mañana con un estruendo que ninguna alarma necesitaba competir.
Era lo que podía pagar.
En Nueva York, con su sueldo, en este momento de su vida, era exactamente lo que podía pagar y no había ningún drama en reconocerlo. El drama era de quienes tenían opciones. Nora tenía un colchón decente, agua caliente si esperaba cuatro minutos y una cerradura que funcionaba. Eso era suficiente.
O eso se decía a sí misma las noches que funcionaba.
Esta no era una de esas noches.
Se había despertado a las tres de la mañana sin razón aparente, como le pasaba cada vez que el cuerpo decidía que había dormido suficiente aunque la cabeza todavía no hubiera terminado de procesar el día anterior.
Se quedó mirando el techo.
El techo tenía una mancha de humedad en la esquina derecha que con suficiente imaginación se parecía a un mapa. Nora llevaba semanas identificando países en esa mancha. Esta noche encontró algo que podía ser el contorno de Colombia si ignorabas la parte de abajo.
Colombia. Bogotá, específicamente. El barrio de su madre, las calles que olían a pan recién hecho por las mañanas, el ruido particular de una ciudad que nunca terminaba de dormirse del todo. Su madre que llamaba cada domingo a las diez en punto y que últimamente preguntaba menos por Rodrigo y más por cómo estaba ella, como si hubiera detectado algo en su voz antes de que Nora se lo dijera.
Todavía no se lo había dicho.
No el divorcio. Eso ya lo sabía. Sino lo otro — el departamento, el trabajo, la realidad concreta de que su hija estaba en Nueva York lavando habitaciones de hotel y viviendo en un cuarto que tenía el tamaño de la sala de la casa donde se había criado.
Su madre era fuerte. Era la mujer más fuerte que Nora conocía. Pero había cosas para las que la fortaleza no alcanzaba y una de ellas era escuchar que tu hija está bien cuando claramente no está del todo bien.
Así que Nora no llamaba los domingos a las diez.
Llamaba los domingos a las once, cuando ya había tomado café y podía sostener la voz en el tono correcto.
Había llegado a Nueva York seis años atrás. Con Rodrigo, que entonces era el hombre que iba a construir algo grande en esta ciudad y que la necesitaba a ella para hacerlo. Esas habían sido sus palabras exactas: te necesito, Nora. No puedo hacerlo sin ti. Y ella había creído eso con la totalidad de sus veintiséis años porque a veces la juventud no es ingenuidad, es simplemente no haber visto todavía cómo termina ese tipo de historia.
Los primeros dos años habían sido difíciles de la manera buena.— el departamento más pequeño que este, los dos trabajando turnos distintos, la ciudad enorme y fría que poco a poco se volvía familiar. Nora había conseguido trabajo en una agencia de diseño, había aprendido a moverse en el metro sin mapa, había encontrado una tienda en Jackson Heights donde vendían arepas que se parecían a las de su mamá aunque no eran exactamente iguales. Había echado raíces.
Eso era lo que nadie te decía sobre irse de tu país: que las raíces no desaparecen, se duplican. Sigues siendo de donde eres, pero también empiezas a ser del lugar donde estás. Y cuando ese lugar se rompe, cuando la vida que construiste ahí se desarma, no pierdes solo esa vida. Pierdes también el puente.
Rodrigo se había llevado el negocio, el departamento y seis años de su historia en esta ciudad.
Lo que quedaba era ella. El cuarto de Queens. Las doce escaleras en la oscuridad. Y un trabajo nuevo en el que esta semana, entre otras cosas, había perdido un anillo de familia, había sido interrogada, había abrazado a su jefe sin pensarlo y había recibido una advertencia de la mujer más arrogante que había conocido en suelo americano.
Nora se tapó la cara con la almohada.
—Perfecto —dijo, en español, al colchón.
A las seis de la mañana se rindió con el sueño. Se duchó los cuatro minutos de agua fría que siempre precedían a los tibios, se vistió con el uniforme limpio que había dejado listo la noche anterior porque esa era una de las pocas cosas que podía controlar, y se hizo el cabello frente al espejo pequeño del baño con eficiencia de quien lleva años aprendiendo a arreglarse en espacios que no fueron diseñados para ser cómodos.
Se miró.
Ojos hinchados. Mal sueño dibujado en la cara con toda la honestidad que la mañana no negocia.
—Bien —dijo, como si fuera suficiente.
Y salió.
El metro a las siete de la mañana era su momento favorito del día y su momento menos favorito del día dependiendo de cómo hubiera dormido. Esta mañana era lo segundo. Demasiada gente, demasiado ruido, el vagón que olía a café derramado y al perfume de alguien que se había excedido con la fragancia para tan temprano.
Nora encontró un lugar junto a la ventana y apoyó la frente contra el vidrio frío.
La ciudad pasaba afuera — los edificios de ladrillo rojo de Queens dando paso a los de acero de Manhattan, los grafitis en los muros de las vías, la luz gris de una mañana de noviembre que no prometía mucho pero tampoco quitaba nada.
Pensó en las arepas de Jackson Heights que no eran exactamente iguales.