Los planos estaban extendidos sobre la mesa grande de la sala desde las siete de la mañana.
Jack los había revisado tres veces. No porque no los entendiera — los conocía de memoria, había estado presente en cada decisión desde los cimientos hasta el último detalle del techo — sino porque revisar planos era la manera en que su cabeza procesaba otras cosas. Una costumbre vieja. Mirar algo concreto y ordenado cuando lo que tenía adentro no lo era.
El nuevo hotel estaba a noventa minutos de la ciudad, en un terreno rodeado de pinos que en invierno se cubrían de nieve y en verano olían a resina y tierra húmeda. No era el Grand Mercer. No tenía cuarenta y dos pisos ni doscientas habitaciones ni mármol en el vestíbulo.
Era lo contrario de todo eso.
Cuarenta habitaciones. No más. Cada una con chimenea, terraza privada, vista directa al bosque. Una cocina central que abastecería restaurant, spa, biblioteca, sala de cine. La idea era simple y ambiciosa al mismo tiempo — que quien llegara no tuviera ninguna razón para salir. Que el mundo de afuera pudiera existir sin ellos por un tiempo.
Jack llevaba años construyendo lugares donde la gente llegaba de paso.
Este era el primero donde quería que se quedaran.
Pasó el dedo por el plano de la habitación principal. Techo alto, vigas de madera, ventana del piso al techo mirando al bosque. Algo en ese diseño le resultaba familiar de una manera que no supo nombrar hasta que levantó la vista y miró la ventana de su propia suite y el patio de abajo.
Cerró los planos.
Y escuchó el carrito en el pasillo.
Nora llegó al séptimo piso a las nueve y cuarto.
La señora Herrera la había asignado ahí sin explicación y Nora no había pedido ninguna porque pedir explicaciones a la señora Herrera era el tipo de conversación que costaba más energía de la que tenía esta mañana. Empujó el carrito hacia la suite 701 con la tarjeta maestra en la mano y ese automatismo entrenado de quien ha aprendido a moverse aunque el cuerpo no esté del todo presente.
El cuerpo de Nora no estaba del todo presente.
Había dormido tres horas. Quizás menos. Había pasado el resto de la noche en el suelo de la cocina de su departamento con la espalda contra la alacena, no llorando — eso lo había prometido y lo cumplía — sino simplemente existiendo en ese espacio gris entre el agotamiento y el insomnio donde los pensamientos llegan sin orden ni filtro.
Rodrigo. Valeria. El lobby del Grand Mercer.
Y lo peor no era haberlos visto. Lo peor era saber que los volvería a ver. Que Valeria era prima de Jack. Que Rodrigo era el novio de Valeria. Que la vida, con esa crueldad particular que tienen las coincidencias cuando se acumulan, había decidido que el hombre de cuyo matrimonio había escapado seguiría apareciendo en el único lugar donde Nora había logrado construir algo parecido a un nuevo comienzo.
Usó la tarjeta. La puerta cedió.
Nora pasó por la sala sin mirarlo, con profesionalismo que a estas alturas Jack ya sabía que era también una forma de protección. Mientras limpiaba no tenía que hablar. Mientras limpiaba no tenía que responder preguntas ni sostener miradas ni gestionar nada que no fuera el orden concreto y manejable de una habitación.
Nora estaba limpiando la parte trasera de la estufa cuando escuchó el teléfono de Jack sonar en la sala. Lo escuchó contestar. Siguió limpiando.
—Valeria —dijo Jack al otro lado de la pared.
Nora detuvo el trapo sobre la estufa.
Solo un segundo. Luego siguió.
Nora no podía escuchar la voz del otro lado pero podía escuchar el silencio de Jack, y el silencio de Jack tenía texturas distintas según lo que estaba procesando. Este era del tipo denso. Del tipo que precede a una respuesta que todavía no ha terminado de formarse.
—No —dijo Jack.
Una sola palabra. Sin explicación. Sin el rodeo diplomático que usaba en los negocios cuando quería decir no sin que sonara a no.
—Valeria. —Su voz bajó un tono. No de enojo. De esa firmeza suya que no necesitaba volumen—. No voy a hacer eso.
Nora soltó el trapo despacio sobre la estufa.
Sabía exactamente de qué estaban hablando. No necesitaba escuchar el lado de Valeria para saberlo. Lo sentía en la manera en que el aire de la cocina se había vuelto más pesado, en la manera en que sus propias manos habían dejado de moverse solas.
La quería fuera.
Valeria quería que Jack la corriera.
Nora miró la estufa limpia. La encimera impecable. El fregadero sin una gota.
Jack colgó.
Se quedó un momento con el teléfono en la mano mirando la pantalla apagada. Luego lo dejó sobre la mesa junto a los planos del hotel nuevo, ese hotel en el bosque donde la gente llegaría a quedarse, y caminó hacia la cocina.
Nora estaba de espaldas a él, ordenando el interior del armario de limpieza con esa meticulosidad suya que nunca descansaba. No se giró cuando lo escuchó entrar. Lo supo — él vio el momento exacto en que sus hombros lo detectaron — pero eligió seguir.
Jack se apoyó en el marco de la puerta.
La observó.
El cabello recogido con algunos mechones sueltos en la nuca. El uniforme negro. Las manos que trabajaban sin parar aunque el armario ya estuviera perfectamente ordenado desde hacía por lo menos dos minutos.
—Vega —dijo.
Ella se detuvo. Se giró despacio.
Sus ojos color miel lo miraron con esa expresión que Jack había aprendido a leer — la de alguien que ya sabe lo que viene y ha decidido de antemano no derrumbarse.
—Escuché —dijo Nora, antes de que él pudiera hablar. La voz tranquila. Demasiado tranquila—. Si necesita que me vaya, lo entiendo. Valeria es su familia y—
—Nora.
Era la primera vez que usaba su nombre. Sin el apellido. Sin el protocolo.
Solo su nombre.
Ella cerró la boca.
—Usted no se va a ningún lado —dijo.
Nora parpadeó.
—Pero Valeria—
—Valeria es mi prima —dijo Jack, con esa calma que cerraba las discusiones—. Este es mi hotel. Y usted hace bien su trabajo.