El lobby del Grand Mercer a las once de la mañana tenía una calma particular.
Los huéspedes de la noche anterior ya habían salido. Los de la tarde todavía no habían llegado. Era la hora quieta del hotel, ese intervalo breve donde el mármol del vestíbulo brillaba sin pisadas encima y los arreglos florales seguían perfectos y el mundo de afuera no había entrado todavía a desordenar nada.
Era también la hora en que Nora limpiaba el lobby.
Bajó con el carrito por el montacargas de servicio, salió al vestíbulo con su trapo y su cubeta, y empezó por las mesas bajas junto a los sillones de espera. Superficie por superficie. Sin prisa pero sin pausa.
Tenía los hombros un poco más rectos que por la mañana.
La conversación con Jack en la cocina — la mentira que le había dicho, el momento en que él dijo su nombre sin el apellido — había dejado en ella algo difícil de nombrar. No era alivio exactamente. Tampoco era paz. Era más parecido a la sensación de haber cruzado un puente sabiendo que en algún momento tendrías que volver a cruzarlo en dirección contraria y que entonces sería más difícil.
Pero eso era después.
Nora se agachó junto a la mesa del rincón y no vio a Valeria hasta que fue demasiado tarde.
Valeria llevaba ahí quince minutos.
Sentada en el sillón junto a la columna — el más discreto del lobby, el que quedaba en el ángulo perfecto para ver sin ser demasiado vista — con las piernas cruzadas y un vaso largo de agua de jamaica en la mano. Hielo. Pajilla. El rojo intenso del agua contra el cristal transparente.
Había pedido la bebida en el bar del lobby, y luego había buscado el sillón de la columna, y luego había esperado.
No era casualidad que estuviera ahí.
Tampoco era exactamente un plan — al menos no uno que Valeria hubiera puesto en palabras, ni siquiera para sí misma.
Vio a Nora salir del montacargas.
La observó cruzar el vestíbulo con su carrito sin que Nora la notara. La vio agacharse junto a la mesa del rincón. Se puso de pie. Caminó hacia ella.
Con el vaso de jamaica en la mano.
Nora lo escuchó antes de sentirlo.
Un sonido. Líquido. Cercano.
Y entonces el frío.
El agua de jamaica cayó sobre su hombro derecho, su cuello, la parte superior de su espalda — roja, helada, abundante — con esa generosidad que solo tienen los líquidos cuando caen desde arriba sin que nadie los detenga.
Nora se incorporó de golpe.
El uniforme negro empapado. El rojo de la jamaica ya extendiéndose por la tela como algo vivo. El hielo en el suelo a sus pies.
Valeria estaba a dos pasos con el vaso vacío en la mano y una expresión de sorpresa tan perfectamente construida que habría engañado a cualquiera que no supiera lo que Nora sabía.
—Ups —dijo Valeria, llevándose la mano libre a la boca—. No me di cuenta. Lo siento muchísimo.
No lo sentía.
Nora lo vio en sus ojos antes de que la mano llegara a la boca. Ese destello brevísimo — menos de un segundo, lo suficiente — de satisfacción. El tipo que no se puede fingir porque llega antes que el pensamiento.
El uniforme empapado se pegaba a su espalda con ese frío particular del hielo derretido y la tela mojada y Nora pensó, con una claridad extraña, que esto era exactamente lo que Valeria quería — verla reaccionar. Verla perder la compostura en el lobby de su lugar de trabajo. Darle una razón para quejarse con Jack, con la señora Herrera, con quien fuera.
—No se preocupe —dijo Nora, con la voz tan tranquila que casi la reconoció como propia.
Valeria parpadeó. Eso no era lo que esperaba.
—De verdad lo siento —repitió, con ese tono de quien no lo siente pero necesita que parezca que sí—. Tu uniforme está todo manchado. ¿Tienes otro?
Nora se incorporó despacio. Se giró hacia Valeria con el trapo en la mano y la sostuvo la mirada durante un momento que no fue largo pero que tampoco fue corto.
—¿Necesita algo más, señorita Valdés? —dijo Nora.
Jack cruzó el lobby con paso rápido, el teléfono en la mano, la mirada en Valeria primero — porque la había visto en el monitor de seguridad del séptimo piso exactamente cuatro minutos atrás y había bajado sin terminar de decidir qué iba a decir pero sabiendo que iba a decir algo.
Sus ojos recorrieron la escena en menos de dos segundos. El vaso vacío en la mano de Valeria. El charco rojo que todavía brillaba en el borde del mármol. El uniforme de Nora empapado, manchado de jamaica desde el hombro hasta la mitad de la espalda, con esa mancha oscura y definitiva que no dejaba ninguna interpretación abierta.
Luego miró a Nora.
Nora que estaba de pie con el trapo en la mano.
Jack miró a su prima.
—¿Qué pasó? —preguntó. La voz baja. Sin acusación todavía. Pero con ese peso particular que tenía cuando ya sabía la respuesta y solo estaba dando la oportunidad de que alguien dijera la verdad.
Valeria levantó el vaso con una sonrisa que intentó ser inocente y no llegó del todo.
—Fue sin querer, Jack. No la vi llegar. Me giré y se me fue el vaso de la mano, yo no—
—Valeria.
Solo su nombre. Con ese tono que Nora ya conocía — el que no levantaba la voz porque no lo necesitaba.
Jack no dijo nada más por un momento. Miró el uniforme de Nora otra vez. Luego el vaso. Luego el mármol limpio que Nora ya había fregado. Luego a su prima con esa expresión que Valeria conocía.
—Discúlpate —dijo Jack.
Valeria abrió los ojos.
—Ya lo hice, fue un accidente y—
—Valeria.
Un silencio largo y tenso que se apoyó sobre el mármol del lobby con todo su peso mientras los tres permanecían exactamente donde estaban y nadie en recepción se atrevía a moverse ni a fingir que no estaba escuchando.
Valeria giró la cabeza hacia Nora con esa sonrisa que ya no intentaba ser inocente sino simplemente terminar con esto.
—Lo siento —dijo. Seco. Breve. El tipo de disculpa que es peor que no disculparse.