El viento sopla sobre los páramos de ceniza con un aullido hueco, arrastrando partículas de un metal extinguido y cristalizado. Cincuenta años después del Impacto Zero —el día en que la roca sideral se incrustó en el hemisferio norte, partiendo la corteza terrestre y reduciendo la población humana a la mitad— la Tierra no es más que una colmena fragmentada. Los supervivientes se agrupan en Domos de Contención, ciudadelas fortificadas de hormigón y plomo que separan la escasa civilización del "Matorral Radiactivo", vastas extensiones de tierra contaminada por la sustancia radiactiva del meteorito, conocida informalmente como El Fluido.
En el Domo 4, la vida se mide en raciones de oxígeno y agua filtrada. Sin embargo, dentro de esta atmósfera opresiva y gris, un fenómeno biológico alteró el destino de los supervivientes. La sustancia cósmica disuelta en la atmósfera no mató a la segunda generación; la transformó.
Nico caminaba sobre el pretil de observación del Domo 4, con la mirada fija en las tierras baldías. A sus veinte años, Nico era el baluarte de la resistencia de la humanidad republicana. Sobre su piel, especialmente a lo largo de sus brazos y cuello, los capilares no transportaban únicamente sangre: cuando canalizaba su concentración, una luminiscencia azul cobalto brotaba de sus poros, envolviendo su figura en un aura etérea. El Aura Azul. Un poder de naturaleza telequinética pura, capaz de levantar toneladas de escombros, acelerar sus reflejos a velocidades sobrehumanas y crear campos de fuerza capaces de repeler proyectiles de alto calibre.
—Te estás desgastando otra vez, Nico —dijo una voz suave a sus espaldas.
Nico no necesitó voltear. La respiración acompasada de Selene era suficiente. Ella caminaba hacia él, envuelta en una capa gris rasgada en los bordes. Selene era una anomalía entre las anomalías. Mientras que el resto de los portadores nacían irrevocablemente atados a una manifestación del espectro, Selene albergaba una dualidad perfecta. Si se le miraba de cerca, su ojo izquierdo brillaba con un zafiro límpido, mientras que el derecho destilaba una penumbra violeta y abisal.
—Math volvió a atacar la frontera del Domo 7 —respondió Nico, apretando los puños. Un pequeño halo de luz azul vibró a su alrededor, haciendo que varias piedras sueltas del suelo flotaran a medio metro del suelo—. Destruyó dos convoyes de suministros. Omar y Jessica estaban con él. No dejaron supervivientes.
—Math está buscando el detonador cósmico en las ruinas del cráter original —dijo Selene, colocándose a su lado y mirando el horizonte gris—. Siente que la Tierra le queda pequeña. El Aura Oscura no solo otorga un poder destructivo atroz, Nico; devora la empatía del huésped. Corrompe la mente hasta que no queda más que la sed de dominación.
—Tú también la usas, Selene —la miró Nico, con preocupación manifiesta en sus ojos claros—. Todos los días temo que despiertes y te hayas convertido en uno de ellos.
Selene extendió la mano. En la palma de su mano derecha, un fulgor azul verdoso comenzó a arremolinarse. Un segundo después, hilos de humo negro y violáceo —el Aura Oscura— emergieron de sus dedos, entrelazándose con la luz azul sin extinguirla, girando en un vórtice armónico como el yin y el yang. La fuerza de la presión atmosférica a su alrededor bajó drásticamente, haciendo crujir las vigas de acero del puesto de guardia.
—El secreto no es dominar la oscuridad, Nico —dijo Selene, haciendo desaparecer ambas manifestaciones de golpe—, sino recordar por qué luchas mientras estás en ella. El Aura Azul nace de la voluntad de proteger; el Aura Oscura, de la voluntad de imponer. Si no mantengo el equilibrio, me destruirá.
Un chasquido electromagnético interrumpió la conversación. La radio táctica colgada al pecho de Nico emitió la voz apresurada de Giselle.
—¡Nico! ¡Selene! Necesitamos refuerzos en el Sector Este de la Muralla! Andrew y Mathias están conteniendo una brecha, pero es una emboscada. ¡Son los villanos del Aura Oscura!