Me despierto tarde, es sábado. Dormí tan profundo que por unos segundos no se ni dónde estoy. Tampoco recuerdo que hice ayer. Estiro mi brazo, agarro el celular y miro la hora. Apenas veo las notificaciones todo vuelve a mi cabeza.
Matías. Su nombre aparece en la pantalla. Un mensaje que solo dice:
-Jajajajaj – eso es todo. Nada mas
Me quedo mirando la pantalla, confundida. ¿eso fue todo lo que le salió? Me repito que si realmente le interesase, encontraría una excusa para seguir la charla, cualquier cosa. Pero un simple “Jajajajaj”
Ok, listo confirmado. No le intereso.
Me prometo a mí misma que voy a cortar todo desde ahora. Ser indiferente, por suerte me sale bien eso. Que bueno que me lo deja bien en claro. Gracias. Pero entonces… ¿Por qué esta bronca en el pecho?
Dejo el celular a un lado. Basta. No voy a dejar que esto arruine mi día.
Me levanto de la cama, camino al baño y me lavo los dientes. Esa rutina automática que hago sin pensar, como si me ayudara a ordenar mis emociones. Después bajo a la cocina con la idea de desayunar algo.
-Buenos días- digo en voz alta, pero el silencio me responde.
No hay nadie, ni mis hermanos ni mis viejos.
A mis papas ya los descarto, ellos siempre están trabajando. La verdad no tenemos una relación muy cercana. Es más, son con las personas que menos hablo. Desde que tengo memoria, siempre estuve sola o con mis hermanos.
Mi papa´ cree que por trabajar todo el día ya esta cumpliendo. Como si el hecho de que nunca nos falte nada material lo convierte en un buen padre.
Y mi mama’… también vive para el trabajo. O para él. A veces siento que su única prioridad, además del trabajo, es mi papa’
Me levanto de la cama, no voy a dejar que nada me ponga mal, voy al baño, me lavo los dientes y decido bajar para desayunar.
Me incomoda tenerlos en casa por mucho tiempo. Suena feo decirlo, pero es la verdad.
En lo económico, nunca nos falto nada. Eso es cierto. Pero en lo afectivo…sí. Y bastante.
Desde mi punto de vista, mis papas nunca estuvieron realmente como padres. Jamás me acompañaron a la escuela, ni se interesaron por como me iba, si tenia una mala nota o si estaba mal por algo.
Yo simplemente supe, desde siempre, lo que se esperaba de mi: no molestar, no causar problemas. Mucho menos repetir un año.
Creo que por eso me volví como soy. Alguien que siente todo, lo bueno y lo malo, pero no sabe cómo decirlo.
Me cuesta confiar. No sé cómo dar cariño. Y, la verdad, odio el contacto físico. Me incomoda, me sobrepasa.
Siempre pensé que no se querer porque nunca aprendí como se hace. Nunca nadie me lo enseño.
Pero no todo es así. Hay cuatro personas que son mis debilidades: mis dos hermanos y mis dos amigas.
Mis hermanos son todo lo que necesito para no sentirme sola. Ellos son mis refugios.
Y Debbie… Debbie juega un papel especial en mi vida. Es mi hermano mayor, pero desde chico tuvo que hacer de adulto. Ser responsable de dos nenes siendo apenas un adolescente. Para mí, Debbie no es solo un hermano: es el padre que no tuve.
El es el que se preocupa por mis notas, el que me da permiso para salir, el que me reta cuando me paso de la raya. El que, sin quererlo, cura parte del vacío que me dejaron mis padres.
Pero a veces me pregunto si el cuida de mí... ¿Quién cuida de el?
Por eso siempre intento ser una buena hermana. Ir bien en todo. No dar problemas. No hacerle cargar más peso del que ya tiene.
Dicen que las chicas tienden a buscar, en sus parejas, algo parecido a sus padres. Yo no. Yo siempre busque – o soñé- a alguien que se parezca a mi hermano Debbie.
Y después esta Emi. Mi punto débil.
El es mi mejor amigo, aunque también es mi hermano menor. Nos llevamos tres años, pero a veces pareciera que soy mucho más grande. Tal vez porque siento que tengo que cuidarlo. Tal vez porque siempre lo hice.
Con Emi todo es distinto. El me salva todos los días, aunque no lo sepa. Me saca de mi caos, el me escucha como nadie, los momentos con el son de risas y verlo sonreír es suficiente para recordarme porque tengo que seguir. El es mi responsabilidad, pero también mi refugio. Me parte el alma verlo sufrir, y daría lo que fuera para evitarle cualquier dolor. Siento que desarrolle mi lado maternal con Emi, el es demasiado bueno para este mundo.
Y las otras dos personas son mis amigas Martu y Cesi.
Mis amigas, mis elegidas. Mi familia.
Con ellas me acuerdo de que soy una joven. De que esta etapa también es para vivirla, para reírnos fuerte, para hacer tonterías sin pensar en el mañana. Ellas me salvan de mi misma cuando me olvido que no todo tiene que ser perfecto.
Con ellas puedo equivocarme, meter la pata, romper las reglas. Con ellas no tengo que ser fuerte ni correcta todo el tiempo. Con ellas simplemente soy.
Las amo.
Nos une algo que no se rompe. Algo que el tiempo no desgasta. Somos amigas desde hace tanto que ya no se como era mi vida antes. Y no quiero saberlo.