En el Circo Estrella Fugaz, donde el olor a aserrín, caramelos rancios y estiércol de león se mezclaba en el aire como un perfume permanente, vivía el payaso Carambola.
No era un payaso cualquiera. Tenía la nariz roja más brillante del país, las zapatillas más grandes y una sonrisa pintada tan perfecta que parecía imposible que debajo de ella existiera otra cosa. La gente lo quería. Los niños gritaban su nombre. Los adultos se reían aunque no entendieran del todo los chistes. Y el dueño del circo, un hombre gordo que solo hablaba de plata, decía siempre lo mismo:
—Mientras Carambola esté en la pista, el negocio sigue.
Carambola tenía una rutina sagrada. Llegaba dos horas antes. Se maquillaba en silencio. Se ponía el traje a rayas. Ajustaba la peluca. Y antes de salir, miraba siempre la foto que tenía pegada en el espejo: su esposa, su hijita y el perro. Los tres sonriendo. Como si el mundo fuera un lugar seguro.
Esa noche el público estaba completo. Las gradas crujían. Las luces se apagaron. El presentador gritó su nombre con la voz de siempre:
—¡Y ahora… el inigualable… el imbatible… el que nunca se rinde… ¡el payaso Carambola!
Carambola salió corriendo, tropezó a propósito, se levantó, hizo una carcajada exagerada y el público estalló. El show había empezado.
Todo parecía normal.
Hasta que, en medio de su número favorito, el de las bolas de colores, un ayudante se acercó a la pista con la cara blanca de miedo y le susurró algo al oído.
Carambola se quedó quieto un segundo.
Solo un segundo.
Después se acomodó la nariz, miró al público y dijo, con la misma voz alegre de siempre:
—¡Igual… el show debe continuar!
Y siguió saltando.