El ayudante que se había acercado a la pista se llamaba Pedro, un muchacho flaco de diecinueve años que llevaba apenas tres meses en el circo y todavía no sabía distinguir del todo cuándo un payaso estaba actuando y cuándo estaba a punto de quebrarse. Esa noche le había tocado el turno de llevar malas noticias, y las manos le temblaban tanto que casi deja caer la bandeja de pelotas de colores que cargaba.
—Carambola… —susurró, casi sin voz—. Tu perro… los leones…
Carambola no dejó de sonreír. La sonrisa pintada era más fuerte que cualquier músculo de su cara. Solo inclinó un poco la cabeza, como si estuviera escuchando un chiste privado, y siguió haciendo malabares. Tres pelotas. Luego cuatro. Luego cinco. El público aplaudía sin sospechar nada.
Pero por dentro, algo se había roto.
El perro se llamaba Bola. Era un mestizo pequeño, de pelo color caramelo, que Carambola había encontrado años atrás detrás de un camión de basura. Lo había criado entre lonas y jaulas, le había enseñado a saltar aros y a fingir que se moría cuando él le apuntaba con un dedo. Bola era lo único que lo esperaba todas las noches cuando terminaba el show. Lo único que no le pedía que hiciera reír.
Y ahora los leones se lo habían comido.
Carambola imaginó la escena mientras lanzaba una pelota al aire: la cuerda cortada, el olor a sangre, las fauces abiertas. Sintió un nudo en la garganta tan fuerte que casi se le caen los malabares. Por un segundo pensó en dejar caer todo, en gritar, en correr hacia las jaulas. Pero el público estaba ahí. Las caras iluminadas. Los niños con los ojos brillantes. El dueño del circo, en primera fila, contando billetes mentalmente.
Entonces Carambola hizo lo único que sabía hacer.
Se dejó caer de espaldas, fingió un golpe aparatoso, se levantó cojeando de forma ridícula y gritó con voz de falsete:
—¡Ay, ay, ay… pero igual el show debe continuar!
El público estalló en carcajadas. Alguien silbó. Una niña gritó “¡Otra, otra!”. Carambola se sacudió el polvo invisible de los hombros, recuperó las pelotas y siguió. Cada salto era más alto. Cada gesto, más exagerado. Cada risa, más forzada.
Pedro se alejó de la pista con la cara pálida, sin saber si había hecho bien o mal en decírselo. En las gradas, nadie notó que la sonrisa del payaso ya no llegaba del todo a los ojos.
El número de las pelotas terminó entre aplausos cerrados. Carambola saludó, hizo una reverencia profunda y salió corriendo por la cortina lateral como siempre. Solo que esta vez, en cuanto estuvo fuera de la vista del público, se apoyó contra un poste de madera y cerró los ojos con fuerza.
Bola.
Se quedó así varios segundos, respirando agitado, sintiendo cómo el maquillaje le empezaba a picar. Luego se enderezó, se acomodó la peluca y volvió a la pista para el siguiente número. Porque el show, como siempre, tenía que continuar.
Y todavía faltaba mucho para que terminara la función.