El Show Debe Continuar

La Esposa Y El Enano

El segundo número de la noche era el de los globos. Carambola entraba con un enorme manojo de globos de colores atados a la muñeca y los iba soltando uno por uno mientras contaba chistes absurdos sobre el viento, el amor y los payasos que nunca lloran. El público ya estaba entregado. Las risas llegaban antes de que terminara las frases.

Había pasado apenas media hora desde la noticia de Bola. Carambola todavía sentía el hueco en el pecho, pero lo había empujado hacia abajo, hacia un lugar oscuro donde guardaba todas las cosas que no podía permitirse sentir mientras estuviera bajo las luces. Se movía con la misma energía de siempre. Saltaba. Caía. Se levantaba. Reía.

Hasta que Pedro volvió a aparecer.

Esta vez el muchacho no esperó a que terminara el número. Se acercó durante un cambio de escena, cuando Carambola estaba recogiendo los últimos globos del piso y el público aplaudía. Pedro tenía los ojos más abiertos que antes y la voz le salió como un hilo:

—Carambola… tu esposa…

El payaso no dejó de sonreír. Ni siquiera parpadeó. Solo inclinó la cabeza para escuchar mejor, como si estuviera prestando atención a una indicación técnica.

—Se escapó —susurró Pedro—. Con el enano Pildorita. Se fueron esta tarde. Llevaron las valijas. Nadie los vio salir.

Carambola sintió que el mundo daba un giro lento y pesado. Su esposa. La mujer de la foto del espejo. La que le preparaba el café por las mañanas y le acomodaba la peluca cuando él estaba demasiado cansado. La que le decía, a veces, que ojalá algún día pudieran dejar el circo e irse a un pueblo donde nadie conociera su nombre.

Y se había ido con Pildorita.

Pildorita, el enano del número de magia. El que siempre se reía de más. El que le guiñaba el ojo a todo el mundo. El que, según los chismes del circo, tenía una colección de amantes en cada ciudad donde paraban.

Carambola imaginó la escena mientras sostenía un globo rojo entre los dedos: las valijas, la risa de ella, la mano pequeña de Pildorita tomándola de la cintura. Sintió algo frío subirle por la espalda. Por un instante pensó en salir corriendo, en buscarlos, en gritarle a alguien. Pero las luces seguían encendidas. El público seguía mirando. El dueño del circo seguía en su butaca, cruzado de brazos, esperando que el número no se demorara.

Entonces Carambola hizo lo único que sabía hacer.

Soltó el globo rojo. Lo vio subir hacia las alturas de la carpa. Y gritó, con la voz más alegre y absurda que pudo encontrar:

—¡Se escapó la muy maldita… pero igual el show debe continuar!

El público se partió de risa. Creyeron que era parte del número. Alguien gritó “¡Qué bueno, Carambola!”. Una mujer se secó las lágrimas de tanto reír. Carambola saludó, hizo una voltereta torpe y siguió. Los globos restantes los lanzó todos juntos, como si nada hubiera pasado.

Pedro se quedó un segundo más mirándolo, con la boca entreabierta, antes de desaparecer detrás de la cortina. En las gradas, nadie notó que las manos del payaso temblaban un poco al recoger el último globo.

Cuando el número terminó, Carambola salió de la pista caminando más despacio que de costumbre. En el pasillo oscuro se detuvo, se apoyó contra la pared de lona y se pasó una mano por la cara, manchándose el maquillaje. Respiró hondo. Una vez. Dos. Tres.

Después se acomodó la nariz, se sacudió el traje y volvió a sonreír.

Todavía faltaban dos números.
Y el show, como siempre, tenía que continuar.




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