El tercer número de la noche era el más esperado: el de la caja mágica. Carambola entraba metido dentro de una enorme caja de madera pintada de rojo y dorado, que los ayudantes empujaban hasta el centro de la pista. El público siempre gritaba cuando la tapa se abría y él salía con una expresión de sorpresa exagerada, como si acabara de despertar de un sueño absurdo. Era su momento favorito. El que más aplausos le daba.
Esa noche, sin embargo, la caja se sentía más pesada.
Había pasado casi una hora desde la noticia de su esposa. Carambola había terminado el número de los globos, había hecho el de las sillas tambaleantes y ahora se preparaba para entrar en la caja. En el camerino improvisado detrás de la pista se miró un segundo en el espejo. El maquillaje ya no estaba perfecto. La sonrisa pintada se había corrido un poco en una esquina. Los ojos, debajo del blanco, estaban rojos. Se acomodó la peluca, se limpó la boca con el dorso de la mano y salió.
Cuando la caja se cerró sobre él, el olor a madera vieja y polvo le subió a la nariz. Dentro de la oscuridad pensó, por primera vez en toda la función, que tal vez no debería seguir. Que tal vez esta vez sí podía detenerse. Pero entonces escuchó los aplausos del público y el grito del presentador, y algo automático se activó dentro de él.
La tapa se abrió. Carambola saltó afuera con los brazos abiertos, haciendo su cara de asombro de siempre. El público rió. Él saludó. Todo parecía seguir el guion.
Hasta que Pedro volvió a aparecer.
Esta vez el muchacho no se acercó con discreción. Corrió hasta el borde de la pista, casi tropezando con los cables de las luces, y le habló sin bajar la voz del todo:
—Carambola… tu hija…
El payaso sintió que el aire se le detenía en los pulmones.
—El elefante… —continuó Pedro, con la voz quebrada—. La aplastó. Fue hace media hora. Estaba jugando cerca de la jaula. Nadie la vio. Murió en ese instante.
Carambola se quedó inmóvil en el centro de la pista, con los brazos todavía abiertos. La hija. La niña de la foto. La que tenía apenas seis años y le pedía todas las noches que le contara el chiste del payaso que se caía siempre del mismo lado. La que le había dibujado una estrella en la mano con un marcador permanente la semana anterior. La que todavía creía que los payasos no podían estar tristes.
Y ahora estaba muerta. Aplastada por el elefante más viejo y más lento del circo.
El silencio dentro de su cabeza fue ensordecedor. Por un segundo el ruido del público desapareció. Solo quedó el latido de su propio corazón y la imagen de un cuerpo pequeño bajo una pata enorme. Sintió que las rodillas le flaqueaban. Pensó en dejarse caer de verdad esta vez. En no levantarse más.
Pero entonces escuchó una risa. Una sola risa de un niño en las gradas. Y después otra. Y otra.
Carambola cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, la sonrisa ya estaba otra vez en su cara. Se pasó una mano por el pecho, como si se estuviera sacudiendo el polvo, y gritó con toda la fuerza que le quedaba:
—¡La aplastó el elefante… y murió en ese instante… pero igual el show debe continuar!
El público estalló. Creyeron que era el chiste más negro y más brillante de la noche. Algunos se golpearon las rodillas de la risa. Otros se miraron entre ellos sorprendidos, pero igual aplaudieron. Carambola hizo una voltereta completa, se levantó, saludó hacia todos lados y terminó el número como si nada hubiera pasado.
Pedro se quedó paralizado al borde de la pista, con las manos temblando. Alguien del personal lo jaló hacia atrás. En las gradas, una mujer se secó una lágrima, pensando que era de tanto reír.
Cuando Carambola salió de la pista por última vez esa noche, caminó derecho hacia el pasillo oscuro sin mirar a nadie. Se detuvo junto a un poste, se apoyó con las dos manos y bajó la cabeza. El maquillaje le chorreaba por las mejillas. Respiraba como si hubiera corrido kilómetros.
Todavía faltaba el final de la función.
Y el show, como siempre, tenía que continuar.