El último número de la noche era el de la despedida.
Carambola siempre lo hacía igual: salía con un gran sombrero de copa demasiado grande para su cabeza, hacía tres chistes malos sobre el sueño, el público y los payasos que nunca se van de vacaciones, y terminaba tirando confeti al aire mientras el presentador anunciaba la próxima función. Era un cierre simple, limpio, casi mecánico. La gente se iba contenta. Los niños pedían más. El dueño del circo contaba la recaudación.
Esa noche, sin embargo, el sombrero le pesaba como si estuviera lleno de piedras.
Había terminado el número de la caja mágica hacía apenas quince minutos. Todavía sentía el eco de las risas del público cuando gritó lo de su hija. Las palabras le habían salido solas, como si alguien más las hubiera dicho por él. Ahora, mientras esperaba detrás de la cortina, se miró las manos. Estaban manchadas de maquillaje blanco y de un poco de confeti que se le había pegado sin querer. Temblaban.
Pedro no volvió a aparecer. Nadie más se acercó. El circo seguía su ritmo habitual: los acróbatas se cambiaban de ropa, los cuidadores de animales hablaban en voz baja, alguien afinaba un instrumento en la distancia. Todo el mundo actuaba como si nada hubiera pasado. Como si los leones no se hubieran comido a un perro, como si una mujer no se hubiera escapado con un enano, como si una niña no estuviera muerta bajo el peso de un elefante.
Carambola cerró los ojos y respiró hondo. El olor a aserrín y a sudor le llenó la nariz. Pensó en Bola. Pensó en su esposa. Pensó en su hija. Las tres imágenes se superpusieron en su cabeza hasta volverse una sola mancha oscura. Sintió un dolor sordo en el pecho, como si algo se hubiera desprendido ahí adentro y estuviera cayendo lentamente hacia el estómago.
El presentador anunció su nombre por última vez.
Carambola se colocó el sombrero, se acomodó la nariz y salió a la pista.
El público lo recibió con un aplauso largo. Él saludó, hizo una reverencia exagerada y empezó el número. Los chistes salieron uno detrás de otro, perfectos, medidos, sin una sola falla. La gente reía. Él sonreía. Tiró el confeti al aire y lo vio caer como una lluvia absurda sobre las cabezas de los espectadores.
Cuando terminó, se quedó unos segundos más de lo normal en el centro de la pista, mirando las gradas. Buscó con la mirada alguna cara conocida. No encontró ninguna. Solo desconocidos que aplaudían y se preparaban para irse.
Entonces hizo la última reverencia, más profunda que nunca, y salió caminando hacia la cortina.
El show había terminado.
En el pasillo oscuro, lejos de las luces, Carambola se quitó el sombrero y lo dejó caer al suelo. Se pasó ambas manos por la cara, borrando casi por completo la sonrisa pintada. Por primera vez en toda la noche no había nadie mirándolo. No había público. No había dueño del circo. No había risas que mantener.
Se apoyó contra la pared de lona y se dejó resbalar hasta quedar sentado en el piso. Las piernas le temblaban. El pecho le dolía. Cerró los ojos y, por un momento, solo escuchó el ruido lejano de la gente saliendo de la carpa.
Todo había terminado.
O eso creía él.