La carpa se vació con la lentitud habitual de las noches de función completa. Se escuchaban sillas arrastrándose, pasos sobre el aserrín, voces de padres llamando a sus hijos y el ruido metálico de las rejas que los trabajadores empezaban a cerrar. El olor a palomitas y a animal se hacía más denso ahora que el público ya no estaba ahí para disimularlo.
Carambola seguía sentado en el pasillo oscuro, con la espalda apoyada contra la lona. El sombrero yacía a un metro de él, boca abajo, como un animal muerto. El maquillaje le corría por las mejillas en hilos blancos y rojos. No lloraba. Simplemente respiraba, como si cada inhalación le costara un esfuerzo deliberado.
Pasaron varios minutos antes de que alguien se acercara.
Fue el dueño del circo. Un hombre grueso, de bigote prolijo y traje siempre un poco arrugado, que olía a tabaco barato y a dinero contado. Se detuvo frente a Carambola, lo miró de arriba abajo y soltó una risa corta.
—Buena función —dijo—. El público se fue contento. Eso es lo que importa.
Carambola levantó la cabeza con lentitud. No contestó.
El dueño se encogió de hombros.
—Mañana hay dos shows. Uno a la tarde y otro a la noche. No llegues tarde. Y lávate esa cara, pareces un fantasma.
Se fue silbando una tonada sin gracia. Sus pasos se perdieron entre las lonas.
Carambola se quedó solo otra vez.
Se puso de pie con dificultad. Las piernas le pesaban. Caminó hacia el pequeño espacio que usaba como camerino: una cortina improvisada, un espejo rajado, una silla coja y una caja de madera donde guardaba el maquillaje, las pelucas y las pocas cosas personales que le quedaban. Se sentó frente al espejo y se miró.
La cara que le devolvió el reflejo era una máscara a medio borrar. La sonrisa ya no existía. Solo quedaban restos de blanco, de rojo y de un cansancio que parecía de años.
Con movimientos lentos empezó a quitarse el maquillaje. El algodón se llenaba de grasa y color. Cada pasada dejaba ver un poco más de su verdadera piel: pálida, marcada, cansada. Cuando terminó, se quedó mirando al hombre que había debajo del payaso. Un hombre de casi cuarenta años, con ojeras profundas y una boca que ya no recordaba cómo sonreír sin ayuda de pintura.
Pensó en Bola.
Pensó en su esposa corriendo de la mano de Pildorita.
Pensó en su hija, pequeña e inmóvil bajo el elefante.
Tres golpes. Tres pérdidas. Todas en la misma noche. Todas mientras él hacía reír a extraños.
Se pasó una mano por el pelo real, corto y desordenado. Luego abrió la caja de madera y buscó algo en el fondo. Sacó una soga vieja que usaba a veces en un número antiguo, uno que ya no hacía desde hacía años. La sostuvo entre las manos. La miró como si fuera un objeto desconocido.
Fuera, el circo seguía cerrando. Se escuchaban voces lejanas, el ruido de las jaulas, alguien riendo por algún chiste privado. Nadie venía a buscarlo. Nadie preguntaba cómo estaba. El show había terminado y, para todos los demás, eso era suficiente.
Carambola se levantó. Se puso el traje de payaso otra vez, sin maquillaje, sin peluca. Solo el traje a rayas y las zapatillas enormes. Tomó la soga. Salió del camerino y caminó hacia el fondo de la carpa, donde las vigas de madera se cruzaban en lo alto y la luz de las lámparas de emergencia apenas llegaba.
Allí, lejos de todo, se detuvo.
Miró hacia arriba.
Y por primera vez en toda la noche, no dijo nada.