La soga era vieja, pero resistente. Carambola la había usado años atrás en un número llamado “El payaso que se ahorcaba de risa”, una rutina absurda donde fingía colgarse y luego caía al piso haciendo ruidos ridículos mientras el público se desternillaba. Nunca pensó que algún día la sostendría con otra intención.
Subió a una caja de madera que alguien había dejado olvidada cerca de las vigas. El equilibrio le costó. Las zapatillas enormes resbalaban un poco sobre la superficie irregular. Desde ahí arriba pudo ver casi toda la carpa vacía: las gradas desiertas, el círculo de aserrín iluminado apenas por las luces de emergencia, las sombras largas de las jaulas al fondo. El circo, sin público, parecía un animal dormido y peligroso.
Ató la soga a la viga más gruesa. Hizo el nudo con la misma precisión con la que preparaba sus malabares. No temblaba. Ya no. El temblor se había quedado atrás, en el pasillo, junto al sombrero caído y los restos de maquillaje.
Se quedó un momento de pie sobre la caja, con la soga colgando a un costado. Respiró hondo. El aire olía a madera húmeda, a estiércol lejano y a algo dulce que todavía flotaba desde los puestos de algodón de azúcar. Pensó, sin querer, en la foto del espejo. En Bola ladrando. En la mano de su hija dibujándole una estrella. En la voz de su esposa diciéndole que algún día se irían.
Después empujó la caja con un pie.
El cuerpo cayó con un movimiento seco. La soga se tensó. Hubo un sonido breve, ahogado, y después solo el silencio de la carpa vacía. Las zapatillas enormes quedaron colgando a unos centímetros del suelo, balanceándose apenas. El traje a rayas se movía con el leve vaivén. La cabeza inclinada. Los brazos caídos.
Carambola había terminado su función.
Minutos después, cuando el último trabajador cerró la puerta lateral y apagó las luces principales, nadie miró hacia las vigas. Nadie escuchó nada. El circo se quedó a oscuras, excepto por una lámpara lejana que todavía parpadeaba cerca de las jaulas de los leones.
Y en esa oscuridad, el cuerpo del payaso Carambola siguió balanceándose lentamente, como si todavía estuviera haciendo un número que nadie había pedido.