El cuerpo de Carambola permaneció colgando durante horas.
La carpa se había quedado en silencio total. Solo se escuchaba, de vez en cuando, el ruido lejano de algún animal moviéndose en su jaula o el crujido de la madera cuando el viento golpeaba las lonas desde afuera. La lámpara de emergencia seguía parpadeando al fondo, proyectando sombras largas y deformes sobre el aserrín. Las zapatillas enormes del payaso se balanceaban apenas, como si todavía intentaran hacer un último chiste.
Nadie lo buscó esa noche.
El dueño del circo se había ido temprano, contento con la recaudación. Los acróbatas habían cerrado su carpa auxiliar y se habían marchado a beber a un bar cercano. Los cuidadores de animales habían revisado las jaulas por última vez y se habían dormido en sus literas. Pedro, el ayudante, había caminado hasta el límite del predio, se había sentado en el suelo y había llorado en silencio durante casi una hora antes de volver a su colchón. No le contó a nadie lo que había dicho. No se atrevió.
Fue casi al amanecer cuando alguien lo encontró.
Un hombre bajo, de pasos ligeros y sonrisa permanente, entró a la carpa principal cargando un balde y un trapo. Se llamaba Escarbadiente. Era el payaso suplente. El que nunca subía a la pista si Carambola estaba disponible. El que ensayaba solo, en los rincones, imitando los gestos del otro con una dedicación casi enfermiza. Llevaba años esperando una oportunidad. Años sonriendo cuando le decían “tal vez la próxima función”.
Escarbadiente levantó la mirada por casualidad mientras limpiaba. Vio las zapatillas. Vio el traje a rayas. Vio el cuerpo inmóvil.
Se quedó quieto varios segundos. El balde se le resbaló de la mano y cayó con un ruido sordo sobre el aserrín. El agua se derramó formando un charco oscuro. Escarbadiente no gritó. No corrió a buscar ayuda. Solo caminó despacio hasta quedar debajo del cuerpo y levantó la cabeza.
La cara de Carambola estaba pálida, sin maquillaje, con los ojos semiabiertos y la boca entreabierta en una expresión que ya no era ni triste ni alegre. Solo vacía.
Escarbadiente lo observó largo rato. Después, con una calma extraña, sonrió.
No era una sonrisa de horror. Ni de pena. Era la sonrisa de alguien que acaba de entender que el universo, por fin, había hecho un espacio para él.
Se quedó ahí, mirando el cuerpo que se balanceaba suavemente, mientras afuera el cielo empezaba a clarear. En algún lugar del circo un gallo cantó. Un león gruñó. Y Escarbadiente, en voz baja, casi en un susurro, dijo las palabras que había ensayado tantas veces frente al espejo:
—El show debe continuar.