El Show Debe Continuar

La Oportunidad Perfecta

Escarbadiente no avisó a nadie de inmediato.

Se quedó varios minutos más debajo del cuerpo, mirándolo con una mezcla de curiosidad y algo parecido a la satisfacción. Después se agachó, recogió el balde caído y lo dejó a un lado. Caminó hasta la caja de madera que Carambola había usado para subir y la empujó con el pie hasta dejarla exactamente debajo de los pies del muerto, como si quisiera que todo pareciera un accidente un poco más ordenado.

Solo entonces salió de la carpa.

Afuera el amanecer ya teñía de gris el cielo. El predio del circo empezaba a despertar con ruidos lentos: alguien tosiendo, una puerta de camión que se abría, el sonido metálico de una jaula al ser revisada. Escarbadiente caminó hasta el pequeño trailer donde dormía el dueño del circo y golpeó la puerta tres veces, con calma.

El dueño abrió con los ojos hinchados de sueño y el aliento a tabaco de la noche anterior.

—¿Qué pasa? —gruñó.

—Carambola se ahorcó —dijo Escarbadiente, sin rodeos—. Está colgando en la carpa principal.

El dueño lo miró en silencio durante varios segundos. Parpadeó. Se pasó una mano por la cara. Después soltó un suspiro largo, como si le hubieran comunicado que se había roto una silla y no que había muerto su atracción principal.

—Mierda —dijo—. Justo ahora que la temporada iba bien.

Escarbadiente no contestó. Solo esperó.

El dueño se quedó pensando, mirando hacia la carpa. Calculaba. Siempre calculaba.

—¿Y vos podés hacer el número? —preguntó al fin.

Escarbadiente sonrió. Era una sonrisa pequeña, contenida, pero que le iluminó toda la cara.

—Claro que puedo.

—Entonces preparate. A la tarde hay función. Avísale a Pedro que baje el cuerpo y que no haga un escándalo. No queremos que se corra la voz antes de tiempo.

El dueño cerró la puerta. Escarbadiente se quedó un momento frente al trailer, respirando el aire frío de la mañana. Después caminó de regreso hacia la carpa principal con paso ligero.

Mientras tanto, en su cabeza, repasaba los detalles.

Había sido más fácil de lo que imaginó. La noticia del perro. La de la esposa. La de la hija. Todo transmitido a través de Pedro, que era joven, nervioso y lo suficientemente crédulo como para no cuestionar demasiado de dónde salía la información. Escarbadiente había elegido bien las palabras. Había elegido bien los momentos. Había esperado el día exacto en que Carambola estuviera más cansado, más solo, más dispuesto a creer que el mundo se le caía encima de una sola vez.

Y había funcionado.

Ahora el cuerpo colgaba. Y el lugar en la pista estaba vacío.

Escarbadiente entró otra vez a la carpa. Miró una vez más el cuerpo balanceándose y, por primera vez desde que lo había encontrado, habló en voz alta, dirigiéndose a él como si todavía pudiera escucharlo:

—No te preocupes, Carambola. El show debe continuar.

Después se dio media vuelta y fue a buscar su propio traje de payaso. El que había guardado durante años, limpio, planchado, esperando.




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