El Show Debe Continuar

El Cuerpo Y El Espejo Nuevo

Pedro fue quien bajó el cuerpo.

Le tocó porque era el más joven y porque nadie más quiso hacerlo. Entró a la carpa con dos trabajadores más, cargando una escalera y una lona vieja. Cuando vio a Carambola colgando, se le doblaron las rodillas. Tuvo que apoyarse en un poste para no caerse. Los otros dos hombres lo miraron con impaciencia y le dijeron que se apurara, que el dueño quería que todo estuviera limpio antes del mediodía.

Subieron la escalera. Cortaron la soga. El cuerpo cayó pesado entre los brazos de los tres. Pedro sintió el frío de la piel a través de la tela del traje y tuvo que morderse el labio para no vomitar. Lo envolvieron en la lona con movimientos torpes y lo cargaron hasta un camión estacionado atrás del predio. Nadie habló durante el trayecto. Nadie preguntó por qué se había ahorcado. Nadie mencionó al perro, ni a la esposa, ni a la hija.

Cuando el camión se alejó, Pedro se quedó solo junto a la entrada de la carpa. Se sentó en el suelo, se tapó la cara con las manos y lloró en silencio hasta que se le secaron los ojos. Después se levantó, se sacudió el polvo y fue a cumplir el resto de las órdenes del día.

Mientras tanto, Escarbadiente se preparaba.

Había instalado su propio espejo en el camerino que hasta esa mañana había sido de Carambola. El espejo rajado seguía ahí, pero él había tapado la grieta con un pedazo de cinta negra. Sobre la mesita había dispuesto sus cosas con precisión: la nariz roja nueva, la peluca perfecta, el maquillaje sin abrir, el traje a rayas que había guardado durante años envuelto en papel de seda.

Se sentó frente al espejo y empezó a pintarse con calma. Cada trazo era cuidadoso. La sonrisa le quedó más ancha que la de Carambola. Los ojos, más abiertos. Cuando terminó, se quedó mirándose largo rato.

—Ahora sí —susurró.

Se puso el traje. Ajustó las zapatillas. Se colocó la peluca. Después abrió una caja pequeña que había traído consigo y sacó una foto doblada. Era una imagen borrosa de Carambola en plena función, saludando al público. Escarbadiente la miró unos segundos, sonrió con superioridad y la rompió en cuatro pedazos. Tiró los trozos al piso y los pisoteó con una de las zapatillas enormes.

Afuera, el circo empezaba a prepararse para la función de la tarde. Se escuchaban martillazos, voces, el ruido de las gradas al ser revisadas. Alguien preguntó por Carambola. Otro contestó que se había ido. Nadie insistió demasiado. En el circo las personas llegaban y se iban. Era parte del oficio.

Escarbadiente salió del camerino y caminó hasta la entrada de la pista. Se detuvo detrás de la cortina, escuchando cómo el presentador empezaba a calentar al público. El corazón le latía rápido, pero no de miedo. Era otra cosa. Era hambre.

Cuando escuchó su nombre —dicho con un poco de duda, como si el presentador todavía no se acostumbrara a la idea—, Escarbadiente se acomodó la nariz, inspiró hondo y sonrió con todos los dientes.

El show, por fin, era suyo.




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