El presentador dudó menos de un segundo.
—Y ahora… ¡el payaso Escarbadiente!
El nombre sonó extraño bajo la carpa. La gente en las gradas se miró entre sí. Algunos fruncieron el ceño. Otros se encogieron de hombros. Nadie preguntó por Carambola en voz alta. En el circo las ausencias se aceptaban rápido, sobre todo si el espectáculo seguía.
Escarbadiente salió corriendo.
Tropezó a propósito en el primer paso, se levantó con una voltereta torpe y abrió los brazos como si llevara años haciendo exactamente eso. La sonrisa pintada le brillaba bajo las luces. Las zapatillas enormes levantaban aserrín. El público, después de un silencio breve, empezó a reír.
No era la misma risa que le dedicaban a Carambola. Era una risa más corta, más cautelosa. Pero era risa. Y para Escarbadiente alcanzó.
Hizo el número de las pelotas. Después el de los globos. Después el de la caja mágica. Cada gesto estaba calculado para parecer espontáneo. Cada caída, ensayada hasta el cansancio en los pasillos oscuros durante años. Cuando lanzó el confeti al final del tercer número, algunas personas aplaudieron de verdad. Un niño gritó “¡Más!”. Escarbadiente sintió que algo se expandía dentro de su pecho.
En un momento, mientras recogía una pelota que se le había escapado, vio a Pedro al borde de la pista. El muchacho lo miraba con los ojos abiertos, pálido, como si todavía no pudiera creer lo que estaba viendo. Escarbadiente le sostuvo la mirada un segundo y le guiñó un ojo. Pedro apartó la vista.
La función siguió.
Escarbadiente contó chistes que había robado, mejorado y guardado durante años. Habló del sueño, de los payasos que nunca se van de vacaciones, de un perro que se comía a los leones en lugar de ser comido por ellos. El público rió más fuerte. Alguien silbó. El dueño del circo, desde su butaca habitual, asintió una sola vez, satisfecho.
Cuando llegó el momento de la despedida, Escarbadiente se quedó en el centro de la pista con los brazos abiertos. El confeti todavía caía a su alrededor. Sudaba bajo el maquillaje. El corazón le golpeaba con fuerza. Miró las gradas llenas, las caras iluminadas, las manos que aplaudían, y por primera vez en su vida sintió que el espacio le pertenecía.
Entonces gritó, con toda la voz que tenía:
—¡El show debe continuar!
El público respondió con un aplauso más largo. Algunos incluso repitieron la frase entre risas, sin entender del todo por qué les resultaba tan graciosa.
Escarbadiente hizo una reverencia profunda, casi hasta tocar el suelo con la nariz, y salió corriendo hacia la cortina. Detrás de ella se detuvo, jadeando, con una sonrisa que ya no era solo la pintada. Se pasó el dorso de la mano por la frente, manchándose un poco el maquillaje, y murmuró para sí mismo:
—Ahora sí.
En el fondo de la carpa, lejos de las luces, nadie hablaba de Carambola. El camión que se había llevado el cuerpo ya había regresado vacío. La soga había desaparecido. El espejo rajado del camerino había sido reemplazado.
El circo seguía girando.
Y el show, como siempre, continuaba.