El Show Debe Continuar

Las Mentiras Al Descubierto

Los días siguientes transcurrieron con la naturalidad cruel de las cosas que no se detienen.

El circo no canceló ninguna función. No hubo anuncios especiales. No se mencionó el nombre de Carambola por los altoparlantes ni se colgó ninguna cinta negra en la entrada. Simplemente, a la hora de siempre, el presentador decía el nombre nuevo y Escarbadiente salía corriendo a la pista con la misma energía de la primera tarde. El público, en su mayoría, no notaba la diferencia. Algunos preguntaban por el otro payaso. La respuesta era siempre la misma, dicha con tono ligero:

—Se fue. Problemas personales.

Y nadie insistía.

Escarbadiente se instaló por completo en el camerino. Cambió la disposición de las cosas. Tiró los restos de maquillaje viejo de Carambola. Reemplazó la foto rota por un pequeño espejo de mano que usaba para retocarse entre números. Colgó su propio traje de reserva en el mismo gancho donde antes estaba el otro. Cada noche, después de la función, se quedaba un rato solo frente al espejo, repasando gestos, ajustando la sonrisa, perfeccionando la forma de caerse sin hacerse daño de verdad.

Pedro lo evitaba.

El muchacho cumplía sus tareas en silencio, con la cabeza baja. Cada vez que tenía que cruzarse con Escarbadiente en un pasillo o detrás de la pista, sentía un nudo en el estómago. Recordaba las palabras que había repetido esa noche: el perro, la esposa, la hija. Recordaba la cara de Carambola cuando se las dijo. Y recordaba, sobre todo, que nunca había comprobado nada. Nunca había ido a ver las jaulas. Nunca había preguntado a nadie más. Solo había llevado el mensaje, como un buen ayudante.

Una tarde, mientras revisaba las cuerdas de un número de acrobacia, Pedro se acercó a uno de los cuidadores de animales y preguntó, en voz baja, por el perro de Carambola.

El hombre lo miró raro.

—¿Qué perro? —dijo—. Carambola no tenía perro. Nunca tuvo.

Pedro sintió que el suelo se movía un poco. Esa noche no durmió.

Al día siguiente preguntó por la esposa. Nadie sabía de ninguna fuga. Pildorita, el enano, seguía en el circo, ensayando su número de magia como siempre. Cuando Pedro lo vio pasar, Pildorita le hizo un gesto obsceno en broma y siguió caminando. No parecía un hombre que hubiera escapado con nadie.

La hija… nadie hablaba de ninguna niña. Algunos recordaban que Carambola había mencionado alguna vez a una hija, pero nadie la había visto por el predio en meses. Quizá vivía en otra ciudad. Quizá nunca había existido del todo en el circo.

Pedro se sentó detrás de la carpa, lejos de todos, y entendió.

Todo había sido mentira.

Se llevó las manos a la cabeza. Las uñas se le clavaron en el cuero cabelludo. Quiso vomitar. Quiso correr a buscar al dueño. Quiso gritar. Pero no hizo nada. Se quedó quieto, respirando agitadamente, mientras desde la carpa principal llegaban las risas del público y la voz de Escarbadiente gritando, una vez más, que el show debía continuar.

Esa noche, cuando la función terminó, Pedro vio a Escarbadiente salir del camerino. El payaso nuevo caminaba con soltura, todavía maquillado, todavía sonriente. Al pasar junto a Pedro, se detuvo un segundo.

—Gracias por la ayuda de aquella noche —dijo en voz baja—. No sabés lo mucho que sirvió.

Después le dio una palmada en el hombro y siguió caminando, silbando.

Pedro se quedó mirando el lugar vacío que había dejado. El eco de las últimas risas todavía flotaba bajo la carpa. En algún lugar del predio, un león gruñó. El viento movió las lonas.

Y el circo, indiferente, se preparó para el día siguiente.




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