El Show Debe Continuar

El Silencio Del Ayudante

Pedro no durmió en tres noches.

Cada vez que cerraba los ojos veía la cara de Carambola en el centro de la pista, recibiendo las noticias una detrás de otra, sonriendo con esa sonrisa pintada que ya no llegaba a los ojos. Veía el cuerpo colgando. Veía la soga. Y veía, sobre todo, su propia boca repitiendo las mentiras que Escarbadiente le había dado empaquetadas, listas para entregar.

Al cuarto día decidió hablar.

Esperó a que terminara la función de la tarde. Escarbadiente salió de la pista entre aplausos, sudado, radiante, recibiendo palmadas en la espalda del dueño del circo y de algunos técnicos. Cuando se quedó solo en el pasillo, quitándose la peluca, Pedro se interpuso en su camino.

—Fue mentira —dijo.

Escarbadiente lo miró con calma. Se secó el sudor de la frente con un paño y sonrió, todavía con la boca pintada.

—¿Qué cosa?

—Todo. El perro. La esposa. La hija. Nunca pasó nada de eso.

Escarbadiente dejó de sonreír solo un segundo. Después soltó una risa baja, casi cariñosa.

—Y vos lo descubriste. Qué vivo.

Pedro apretó los puños.

—Voy a contarlo. Al dueño. A todos.

Escarbadiente dio un paso más cerca. No era mucho más alto que Pedro, pero de pronto pareció ocupar todo el pasillo. Habló en voz baja, sin perder la amabilidad falsa del maquillaje.

—Contá lo que quieras. ¿Quién te va a creer? ¿El dueño, que por fin tiene un payaso que no se deprime? ¿Los otros, que prefieren cobrar a fin de mes antes que hacer preguntas? ¿El público, que ya se olvidó del nombre anterior?

Pedro abrió la boca, pero no encontró respuesta.

Escarbadiente se encogió de hombros, se acomodó la nariz que todavía tenía puesta y le dio una palmada suave en la mejilla.

—Hiciste tu parte. Yo hice la mía. El resultado está a la vista. El show continúa. Y vos… vos también podés continuar, si sabés cerrar la boca.

Se dio media vuelta y entró al camerino, cerrando la cortina detrás de sí.

Pedro se quedó solo en el pasillo. Escuchó desde adentro el ruido del agua, el sonido de las cajas de maquillaje, el silbido alegre de Escarbadiente mientras se quitaba la pintura. Todo sonaba normal. Ordinario. Como si nadie hubiera muerto.

Esa noche Pedro caminó hasta el límite del predio. Se sentó en el suelo, mirando la carretera vacía. Pensó en irse. En tomar un colectivo a cualquier parte. En dejar el circo atrás y nunca volver a escuchar una risa bajo una carpa.

Pero al amanecer seguía ahí.

Volvió a su colchón. Se cambió de ropa. Fue a revisar las cuerdas y las jaulas como todas las mañanas. Cuando pasó junto a la carpa principal, escuchó a Escarbadiente ensayar un nuevo chiste. La risa del payaso era clara, segura, sin grietas.

Pedro bajó la cabeza y siguió caminando.

En el circo, las verdades incómodas no duraban mucho. Se enterraban bajo el aserrín, bajo las luces, bajo los aplausos. Y él, al parecer, ya formaba parte de ese silencio.

A la tarde, cuando el presentador volvió a anunciar el nombre de Escarbadiente, Pedro estaba en su lugar habitual, al borde de la pista, listo para recoger lo que cayera. El público entraba. Las luces se encendían. El show, una vez más, estaba a punto de empezar.




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