Pasaron las semanas.
El circo empacó, viajó, desempacó y volvió a armarse en otra ciudad, y después en otra. Las lonas se levantaron bajo cielos distintos. Las gradas se llenaron de caras nuevas. Los leones gruñeron en jaulas que olían igual en todas partes. Y cada noche, sin falta, Escarbadiente salía a la pista con la nariz roja brillante y la sonrisa perfecta.
Ya nadie preguntaba por Carambola.
El nombre se había disuelto como el confeti después de una función. Algunas personas del personal todavía lo recordaban en voz baja, cuando bebían demasiado o cuando el cansancio aflojaba las lenguas, pero eran comentarios breves, sin peso. “El que se ahorcó”. “El que no aguantó”. “El anterior”. Nada más. El dueño del circo había prohibido el tema con una sola frase, dicha una sola vez:
—Lo pasado, pasado. Tenemos funciones que cumplir.
Escarbadiente, por su parte, floreció.
Perfeccionó los números viejos y inventó otros. Agregó un chiste sobre un payaso que se creía indispensable y terminaba reemplazado por su propia sombra. El público lo amaba. Los niños pedían autógrafos en servilletas. Las mujeres del pueblo lo miraban con una mezcla de lástima y atracción cuando lo veían maquillado en la calle. Él aceptaba todo con humildad fingida y una sonrisa que ya no necesitaba pintura para sostenerse.
Pedro seguía ahí.
Cumplía sus tareas con la precisión de quien ha decidido no pensar demasiado. Recogía pelotas. Revisaba nudos. Acompañaba a los animales. Por las noches, a veces, se despertaba con la sensación de tener las manos manchadas, aunque estuvieran limpias. En esos momentos se quedaba mirando el techo del trailer y repassaba la misma secuencia: las tres noticias, la cara de Carambola, la soga, el cuerpo balanceándose, la sonrisa de Escarbadiente diciéndole que cerrara la boca.
Nunca habló.
Una madrugada, mientras el circo dormía en las afueras de un pueblo costero, Pedro caminó hasta la carpa principal. Entró en silencio. Se detuvo en el centro de la pista vacía y miró hacia las vigas. Todavía podía imaginar el cuerpo colgando ahí. Todavía podía escuchar el ruido breve de la soga al tensarse.
Se quedó un largo rato inmóvil. Después murmuró, apenas audible:
—Perdón.
La palabra se perdió en el aire frío. Nadie la escuchó. Ni siquiera él estaba seguro de habérsela dicho a Carambola, o a sí mismo, o al espacio vacío que el circo sabía llenar tan rápido.
Al día siguiente todo siguió igual.
Escarbadiente ensayó un número nuevo. El dueño contó la recaudación de la noche anterior. Los leones comieron. Las lonas se revisaron por si había roturas. Y cuando llegó la hora, las luces se encendieron otra vez.
Pedro ocupó su lugar al borde de la pista. Escarbadiente pasó junto a él camino al centro y, sin mirarlo, dijo en voz baja:
—Buena noche para el show, ¿no?
Pedro no contestó. Solo asintió una vez, casi imperceptible.
Las gradas estaban llenas. El presentador gritó el nombre. El público aplaudió. Escarbadiente salió corriendo, tropezó a propósito, se levantó y abrió los brazos.
Y el circo, como siempre, giró una vez más alrededor de la misma mentira brillante.