La función de esa noche fue perfecta.
Escarbadiente no falló un solo gesto. Las pelotas cayeron exactamente donde debían. Los globos subieron en el momento preciso. La caja mágica se abrió entre risas. El confeti llovió sobre un público que aplaudía sin reservarse nada. Cuando llegó el final, se quedó en el centro de la pista, sudado, brillante, con los brazos abiertos, y gritó la frase que ya era suya:
—¡El show debe continuar!
El eco rebotó bajo la carpa. La gente la repitió entre carcajadas. Alguien silbó. Un niño pidió más. Escarbadiente hizo la reverencia más profunda que había ensayado nunca y salió corriendo hacia la cortina entre una ovación que todavía no terminaba.
Detrás de la lona se detuvo solo un segundo. Se tocó el pecho, sintiendo el corazón acelerado, y sonrió de verdad. No la sonrisa pintada. La otra.
En el pasillo, Pedro recogía lo que había quedado del número. No levantó la vista cuando Escarbadiente pasó a su lado. Ya no hacía falta. Los dos sabían lo que sabían. El silencio entre ellos se había vuelto parte del mobiliario del circo, tan estable como las gradas o las jaulas.
Más tarde, cuando la carpa se vació y las luces de emergencia quedaron solas, Escarbadiente volvió al centro de la pista. Se quitó la peluca. Se sacó la nariz. Se pasó el dorso de la mano por la cara, borrando apenas un poco del maquillaje. Miró hacia las vigas altas, hacia el lugar exacto donde una vez había colgado otro payaso, y habló en voz baja, como si todavía hubiera alguien escuchando:
—No era personal, Carambola. Solo… el show.
Después se dio media vuelta y se fue hacia el camerino.
Afuera, el circo empezaba a cerrarse una vez más. Se escuchaban voces, el ruido de las rejas, alguien riendo por algún chiste privado. En una jaula lejana un león se removió. El viento movió las lonas con un sonido suave, casi parecido a un suspiro.
Nadie habló esa noche de perros comidos por leones, ni de esposas escapadas con enanos, ni de hijas aplastadas por elefantes. Nadie mencionó sogas ni cuerpos balanceándose en la oscuridad. Esas historias ya se habían contado. Ya habían cumplido su función.
En el camerino, Escarbadiente se miró al espejo nuevo, el que no tenía grietas. Se retocó la sonrisa. Se acomodó el traje. Y antes de apagar la luz, murmuró una última vez, solo para él:
—El show debe continuar.
Apagó el interruptor.
La carpa quedó en penumbras.
Y en algún lugar, lejos de las luces, el eco de una risa vieja pareció quedar flotando entre el aserrín, como si el payaso Carambola todavía estuviera ahí, escuchando, sin poder avisar a nadie que todo había sido mentira.
Hasta mañana.
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Fin.