Abkazir,
Tesoro Real de las Lumbres,
sala de pesas principal,
hora segunda de la mañana,
La casa del Tesoro de Abkazir no olía a riqueza abstracta, sino a cosas muy concretas: metal templado, sudor contenido y papiro viejo.
Hugo cruzó el umbral con el legajo apretado contra el pecho y dejó que su percepción, hiciera lo que, durante años, había hecho en los juzgados de Lima: registrar primero el ambiente, antes de registrar a las personas. El salón principal del Tesoro era un rectángulo ancho, sin columnas, pensado para que nada se interpusiera entre la vista del Gran Tesorero y las mesas de pesaje. En las paredes, relieves de balanzas, sostenían soles y espigas. No eran adornos inocentes: recordaban a cualquiera que entrara que allí se decidía cuánto grano, cuánta luz y cuánta hambre circularían por la ciudad en los próximos meses. Comprendió, incluso antes de acercarse a la primera mesa, que aquella sala no era solo contable; era, en términos que Pamenes hubiera aprobado, un tribunal económico permanente.
Recordó la instrucción recibida la tarde anterior, en el archivo, mientras el viejo escriba revisaba un rollo con paciencia de cirujano.
"Mira antes que preguntar", le había dicho Pamenes, sin levantar la vista del texto. "Aquí, todo el mundo responde… pero casi nadie confiesa. Así pues, primero mira. Mira cómo se mueven, cómo tocan las cosas, cómo callan. Las monedas hablan menos que los hombros."
No había olvidado la frase. Ahora, en el Tesoro, se obligó a obedecerla. Caminó despacio por el perímetro, pegado a la pared, sin interrumpir ninguna operación. Los auxiliares lo vieron, sí, pero lo clasificaron rápido: un portador de recados del archivo, túnica modesta y tablillas de cera bajo el brazo.
No un inspector. No un peligro inmediato.
Las mesas de pesaje se alineaban como puestos de un mercado al que le hubieran extirpado las voces. En cada mesa había tres elementos fijos: una balanza de brazos cortos con platillos anchos; una caja de madera con compartimentos, donde reposaban las pesas; y un escriba sentado frente a un atril, con cálamo y tintero. Frente a ellos, en pie, los cambistas: hombres con túnicas más ricas, cinturones pesados y manos de uñas pulidas, acostumbradas a tocar metal más que tierra.
Hugo se acercó a la mesa más próxima fingiendo buscar a alguien. En realidad, quería ver de cerca las pesas. Y esque en Abkazir llamaban “pesas” a unas piedras recubiertas de bronce, pequeñas, todas de forma similar —paralelepípedos discretos— con marcas grabadas en la cara superior. Esas marcas eran el patrón: un halcón con las alas entreabiertas, símbolo de la Phaeron, y una línea de puntos que indicaba el valor: un cuarto, media y una unidad de medida. Nada de eso, sin embargo, le llamó tanto la atención como los bordes.
Varias pesas mostraban filos limados, como dientes gastados por una dieta de metal. No era desgaste natural. El bronce, allí donde había sido raspado, se había vuelto opaco, con una pátina desigual. Hugo pensó en las monedas limadas de su mundo, los bordes mordidos para robar gramos. La técnica era la misma, solo que se cambiaba el escenario.
El ritual de pesaje tenía su propia música. El escriba cantaba números —no con tono melodioso, sino con cadencia aprendida—, enumerando medidas y tasas:
—Un halcón y tres cuartos… suma por diez lotes… tasa de templo en dos de cada diez…
El cambista, respondía sin palabras, solo con golpes suaves sobre la mesa, con los nudillos. Un golpe breve aceptaba, dos golpes pedían repetir, tres golpes obligaban a contar de nuevo desde el inicio. Los auxiliares, muchachos robustos con anillos gruesos en los dedos, movían sacos y granos entre cajas, obedeciendo esa música codificada.
Hugo anotó mentalmente: lenguaje de golpes. Le pareció una forma primitiva pero eficaz de evitar que los clientes entendieran la discusión exacta sobre tasas y descuentos. Así se podía discutir mucho sin que nadie alrededor supiera exactamente el qué.
A un costado, en una tarima elevada que dominaba toda la sala, el Gran Tesorero Nemtah recibía peticiones sentado en una silla que no se atrevía a ser trono, pero se acercaba bastante. Lo que definía a Nemtah no era la ropa —túnica de lino finísimo, collar de pequeños lingotes de oro, sandalias claras—, sino la manera de no tocar nada. Las tablillas se amontonaban a su derecha. Él no las cogía. Dejaba que un auxiliar se las acercara, que otro se las retirara. Solo miraba. Solo asentía o negaba con la barbilla, y alguna decisión, con ese gesto mínimo, cambiaba el destino de una familia entera.
Un mercader humilde, de túnica remendada y manos renegridas por el polvo del grano, discutía en ese momento junto a una de las mesas. Tenía los ojos enrojecidos, quizá por la falta de sueño, quizá por la impotencia.
—Siempre pesó igual —decía, apretando los labios—. Mis sacos no se han encogido desde ayer a hoy.
El escriba levantó la vista lo justo para mirarlo como quien mira una mosca obstinada. Luego alzó la mano hacia la tarima. Nemtah, desde arriba, inclinó apenas la cabeza. Fue entonces cuando el escriba, obediente, repitió todo el proceso con la misma pesa. Los granos volvieron a caer en el platillo, las marcas se cantaron de nuevo, los golpes respondieron con idéntica cadencia.
—La casa decide —sentenció el escriba—. Tus sacos pesaron lo que debían pesar.
El mercader bajó la mirada, derrotado. Uno de los auxiliares empujó los sacos hacia la zona de salida. La tasa estaba cobrada. No había más que hablar.
Cerca de Hugo, dos auxiliares jóvenes, con la confianza de quienes aún no han aprendido a temer las paredes, murmuraban en voz baja.
—Aquí la casa habla en monedas —dijo uno, medio en broma, medio con resignación—. Y cuando la casa habla, nadie tose.