En el Salón de Basalto,
Tercera hora de la tarde,
El Salón de Basalto no era una estancia pensada para el confort. Era un lugar diseñado para recordar, a cada persona, por importante que fuera su estatus, quién mandaba y por qué. La estancia, en si, era de piedra negra, densa y traída desde las canteras del sur por barcazas de fondo plano; absorbía el calor del día y lo devolvía poco a poco, como si el palacio administrara la temperatura con la misma parsimonia con la que administraba el miedo. A esa hora, la luz entraba en diagonal por los vanos altos, cortando el espacio en franjas oblicuas, pero el brillo verdadero venía de abajo: las losas estaban untadas con aceite fino. No era un adorno caprichoso, era algo que debía está ahí por simbolismo, por estatus y para dejar claro lo que sucedió, y más aún, el acontecimiento que trabscurria. Y esque en Abkazir, el polvo es un enemigo estable, y la sal del canal sube en microcristales, se posa y se incrusta; el basalto, en cambio, era poroso si se le dejaba y terminaba comiéndose a sí mismo en los bordes. El aceite sellaba, oscurecía aún más, y además obligaba a caminar con prudencia: un paso rápido podía ser un resbalón; y un resbalón, en un salón de testigos, podía ser un mensaje involuntario.
Allí hasta la física tenía su matiz.
Las columnas de fuste ancho, guardaban frescos de victorias antiguas: embarcaciones incendiadas, filas de prisioneros con las manos atadas, estandartes clavados en arena húmeda. No eran pinturas para contar historias; eran inventarios de obediencia. Los nombres de los vencidos estaban escritos en una lengua arcaica, tallados y repintados por generaciones de escribas que recordaban el pasado de un antiguo imperio que antaño se conoció como Al'Ahzir, un poderio que se extendió por todo el continente, Pero con el tiempo se trajeo y se dividio. Sobre algunos escritos, una línea roja más reciente se perfilaba: correcciones políticas. Hugo, las miraba de reojo y entendió que incluso la memoria podía ser reeditada por decreto. En el centro de aquella estancia, se extendía la mesa larga, una única pieza de madera ensamblada en secciones invisibles, cubierta por un mantel de lino pesado, bordado con líneas y símbolos que imitaban un mapa de alianzas; ahí, se mostraban los canales como arterias, provincias como compartimentos y rutas de caravanas marcadas con hilo oscuro. Los platos y las copas se colocaban siguiendo ese dibujo, como si cada invitado fuera un peón en un tablero. En Abkazir se comía con la geografía bajo los codos. Llegó unos minutos antes, casi cerca de la entrada principal, porque allí el tiempo también tenía su espacio. Le habían instruido que tenía que estar ahí, ni demasiado temprano, ni demasiado puntual y ni tampoco tan tarde. Llegó cuando el salón ya estaba “abierto”, pero aún no cuando todo hubiera “comenzado”: tiempo suficiente para ser visto e insuficiente para parecer impaciente. Se situó cerca de una de las paredes laterales, donde la sombra de las columnas permitía estar presente sin ocupar centro. No era cobardía: era método. En palacio, quien se coloca en el centro sin que lo llamen, está pidiendo que lo analicen. A su izquierda, a media altura sobre el zócalo de piedra, Pamenes esperaba apoyado como si fuera parte del muro. Vestía sobrio, sin metal visible; solo el cordón de su rango escondido bajo la túnica. En la ciudad capital, un hombre que mostraba demasiados signos de autoridad en un banquete parecía un guardia; y un guardia, en un banquete, era una confesión.
Pamenes, por su parte, no confesaba.
Sahruk, en cambio, no se escondía. Recorrió el salón con una mirada que no necesitaba elevar la voz. Iba asignando posiciones a los suyos con gestos mínimos, casi domésticos: dos dedos para un flanco, un leve giro de muñeca para indicar un relevo y una inclinación de barbilla para ordenar distancia. Hugo lo observó con una mezcla de respeto y cautela. El capitán de los Omenki Ardarik repartía guardias como si barajara cuchillos, y un cuchillo no se coloca por azar.
—No los quiero pegados a las columnas —murmuró a uno de los Omenki Ardarik, sin mirarlo—. Los quiero a un paso. Que se vea el metal, pero no quiero que parezca amenaza. Si les parecemos amenaza, nos convertirán en objeto de excusa y pretexto de que la Phaeron pretende algo contra la Casta Urferydaeh, y eso acarreara criticas, aparte de problemas.
El otro Omenki asintió y se movió sin prisa. Y esque en Abkazir, la prisa era también otro tipo de símbolo, el que decía que estaba insinuando algo... Algo peligroso y de doble sentido.
Hugo, por su parte, giró apenas la cabeza hacia Pamenes. El viejo escriba no le devolvió el gesto de inmediato. Esperó a que un sirviente pasara, cargando una bandeja de copas vacías, y entonces habló casi sin abrir los labios:
—Quiero que estés atento Kharu, los brindis suelen tener turnos y debes tenerlos en cuenta. Son, en si, tres los mas cruciales. El turno del Agua, el de la sal y el de vino. No es por superstición, es más por jerarquía. El agua, según la tradición Abkazari es el ofrecimiento de un anfitrión para “limpiar” la lengua de las mentiras. La sal, ofrece a un captor el derecho a corregir. Y el vino lo ofrece quien pretende sellar.
Hugo asintió y guardó esa frase como se guarda un dato técnico: sin emoción aparente, pero con el peso de quien sabe que un error de interpretación, puede matar.
—¿Y quién ofrece la sal? —Preguntó, en tono bajo
—El que quiera que otro baje la copa primero —respondió Pamenes—. Y hoy hay varios que sueñan con ver eso. Es una suerte de simbolismo, como una especie de un presagio futuro y no muy bueno, y lo más probable.... es que se lo quieran hacer a la Phaeron.
Hugo no sonrió, su mano tocó el borde del cuaderno que llevaba bajo la túnica. No lo sacó. Todavía no. En el Salón de Basalto, escribir era mostrar que estabas midiendo; y mostrar que medías era invitar a que te analizaran.