Abkazir,
Palacio Supherti,
Ala de audiencias privadas y corredor de sellos,
Quince días después,
15 días después, tras los acontecimientos en el Templo de Am-Ur, llegó una notificación con el mismo protocolo que se usa para anunciar una muerte o un impuesto que se hizo presente de forma repentina: un mensajero con escolta corta, una tablilla lacrada, y el nombre de la autoridad escrito dos veces, una por respeto y otra por amenaza. En ese mismo instante, la Phaeron pidió que no se abriera aquello en el corredor. No por superstición, sino por instinto. Quien recibe acusaciones en público ya ha perdido la mitad de la batalla. En la cámara de sellos —una estancia estrecha, con estantes de arcilla cocida y una mesa baja marcada por cortes de cuchillo,— el escriba real empezó a calentar cera con una lámpara de aceite. El halcón del sello no se deformó. Era un lacre bien hecho: ni demasiado blando, ni demasiado reseco. Hugo, por su parte, observaba desde un costado, registrando mentalmente cada detalle sin decir palabra alguna. Pues los consejos que actúan con precipitación cometen errores visibles; por otro lado, los consejos que actúan con intención se toman el tiempo de lacrar bien.
En ese momento, La Phaeron no tocó la tablilla. Eso también era un detalle. Se lo dejó al escriba. Y esque en Abkazir, la pureza del gesto importaba: una figura de autiridad no se mancha las manos con la primera sangre de un trámite. Lo que hace, en cambio, es fijar la vista en el sello como si pudiera medir ahí el tamaño del golpe.
—Leed —ordenó, sin levantar la voz.
El escriba desplegó el papiro interior. Leyó con tono de registro, sin inflexiones.
—“Por mandato del Consejo de Abkazir y conforme a la costumbre del Consejo Abierto…”
Hugo escuchó la fórmula y se inclinó apenas hacia Sahruk, que estaba a detrás suyo.
Aquel término, el Consejo Abierto, no era una metáfora ni un adorno retórico. Era una sesión pública, celebrada fuera de las salas cubiertas, en la explanada de basalto donde cualquiera podía ver, escuchar y luego repetir lo oído. El Consejo no se reunía allí por gusto; lo hacía cuando quería que el juicio fuera parte del castigo, o cuando necesitaba que la multitud legitimara una decisión impopular.
El escriba siguió.
—“…se notifica a la Phaeron, la recepción formal de tres acusaciones…”
Nephertary respiró una vez. No más.
—“…En primer lugar, se la acusa por la profanación del Rito el día de la Coronación, por alteración de las fórmulas y por permitir presencia indebida en el perímetro sagrado…”
Hugo notó que el escriba dudaba en una palabra, pero la corrigió al vuelo. Era normal: los términos religiosos tienen peso, y el que los pronuncia se exponia. Por consiguiente, el Rito, en este caso, no significaba una “ceremonia” en el sentido vago de la palabra. Era el conjunto preciso de pasos —un orden, un texto, una unción y un juramento—, todos estos, se convertían en una coronación, en un acto aceptado por el templo y el Consejo. Profanar el Rito, era acusar a Nephertary de haber obtenido la legitimidad con una mancha ritual, y, por tanto, de haber dañado el pacto que sostiene al país. Era más que una ofensa. Era un ataque al fundamento.
El escriba prosiguió.
—“…En segundo lugar, se la acusa del despojo al pueblo mediante el nuevo control de graneros, por alterar el flujo de entrega y el orden de los diezmos…”
Nephertary apretó los dedos sobre el brazo del asiento. Era un gesto pequeño, casi invisible. El grano era el alimento de la ciudad. Que la acusaran de despojo era preparar la palabra “hambruna” para pegarla a su nombre.
—“…Y en tercer lugar, se la acusa por ilegitimidad de la sucesión por defecto en la sangre…”
El aire de la cámara pareció endurecerse, no por algo magico, sino por comprensión compartida. Sahruk giró los ojos un instante, y Merkhut —que había permanecido al margen, como quien “acompaña” sin ser visto— inclinó la cabeza, no hacia la Phaeron, sino hacia el documento. Pues aquella, tercera acusación no era una crítica a una medida. Era un intento de sacar a Nephertary del trono por una vía que, si prosperaba, haría inútiles todos los balances del grano y todos los edictos de remisión. Aquella acusación por el defecto en la sangre, era una forma elegante de decir que la Phaeron era “impura” o que tenía una “falla en su linaje”. Y esque en Abkazir, la sangre no era solo un tema Biológico, era un argumento político y religioso. La sucesión por “sangre” sostenía la idea de que un Phaeron no solo gobernaba, sino que estaba autorizado, o en en el caso de Nephertary, Autorizada, por una continuidad sagrada. Si alguien conseguía imponer que esa continuidad estaba rota —por mezcla, por sospecha, por bastardía o por cualquier sombra—, entonces no hacía falta matar al Phaeron: bastaba con convertir que su coronación era un error legal.
Nephertary guardó silencio unos segundos. No era indecisión. Era disciplina. Y esque a la gente poderosa no la derrumbaba la noticia; la derrumbaba no responder mal a la noticia.
—¿Quién firma? —preguntó.
El escriba bajó el papiro un poco.
—El Consejo… y dos sellos del templo.
Hugo sintió el impulso de sonreír, pero no lo hizo. Si el templo ponía sello, significaba que la ofensiva de lo que había hecho hacia 15 días, no iba a limitarse a discusiones técnicas sobre graneros. Iban a llevarlo a lo sagrado. Y en lo sagrado, la lógica suele entrar con permiso y de forma muy dudosa.
La Phaeron se levantó. La túnica le cayó recta, sin pliegues teatrales. Había aprendido a no dar espectáculo ni siquiera cuando estaba siendo atacada. Miró a Kharu, su siervo de los Faroles y por primera vez, en esa mañana su voz se quebró lo justo para que fuera humana, no débil.