Palacio Supherti,
Ala Oriental,
Antecámara de las Columnas de Esmalte Verde,
Misma Mañana,
Hora Tercera, después del Alba.
Aquel día, Nephertary, supo que el rumor sobre el cantor había llegado al palacio antes de que nadie se lo dijera.
No se enteró por una palabra concreta ni por una acusación pronunciada ante ella; se dio cuenta por la manera en que una doncella dejó la jarra de agua demasiado lejos de su mano, por el modo en que un guardia bajó los ojos al abrirle paso hacia la antecámara y por la pausa de un escriba menor cuando debía anunciarle los informes de la mañana. Y esque en el Palacio Supherti, la desobediencia rara vez comenzaba con una rebelión armada: comenzaba como incomodidad. Una inclinación demasiado breve, un silencio más largo de lo debido, una fórmula de respeto pronunciada con la garganta seca.
La Phaeron no preguntó nada.
Aquello fue lo primero que hizo bien.
La antecámara de las Columnas de Esmalte era una sala de trabajo, no de ceremonia. Recibía ese nombre por las ocho columnas bajas que sostenían el techo plano y que habían sido recubiertas, dos generaciones atrás, con piezas vidriadas de color verde oscuro. A la luz de la mañana parecían casi negras, salvo en los bordes, donde el esmalte mostraba vetas de cobre. Allí se revisaban listados de turnos, peticiones de provincias, asignaciones de escolta, entregas de aceite y quejas menores de las casas de los Altos Urferydaeh. Aquel no era un lugar adecuado para grandes discursos. Precisamente por eso Nephertary lo prefería aquella mañana: una sala de trono habría convertido cualquier gesto suyo en un mensaje; una cámara privada habría dado alimento a la misma sospecha que la rodeaba; una antecámara administrativa, en cambio, obligaba a todos a recordar que el reino seguía teniendo cuentas, guardias, tablillas y puertas que abrir.
La Phaeron se sentó al fondo, sobre un asiento sin respaldo alto. No portaba su corona mayor; conservaba solo la banda estrecha de oro sobre la frente y el pectoral de escamas rojas que había heredado durante las investiduras. Aquel pectoral no era un adorno: representaba la memoria de las batallas de las Casas Reales, una señal de que la soberana no solo recibía tributos y plegarias, sino también la obligación de responder si el reino recibía una herida.
Además, su título de Phaeron no significaba simplemente reina o monarca. La palabra unía el mando dinástico, la custodia del río, la conexión con el Mar del Este, la jurisdicción sobre archivos sagrados y el derecho a sellar o romper obligaciones entre clanes. Por eso una acusación contra la Phaeron nunca era del todo personal: si se manchaba su nombre, se debilitaba también la forma en que sus permisos, sus órdenes y sus silencios eran obedecidos.
Primero miró las tablillas dispuestas sobre la mesa baja. Luego observó el suelo, donde no había señal de entrada precipitada. Después levantó los ojos hacia la puerta. Y finalmente, comprendió que todos esperaban que hablara.
Pero no lo hizo.
La doncella mayor, una mujer de rostro largo llamada Taremut, se acercó con la bandeja del agua perfumada. El cuenco llevaba pétalos de loto y unas gotas de aceite de mirra. Era una cortesía matinal; sin embargo, aquella mañana el gesto resultaba incómodo. El perfume, la intimidad de la limpieza y la cercanía de una mujer de confianza: todo podía adquirir otro sentido cuando una mentira empezaba a ordenar las miradas.
La Doncella mayor inclinó la cabeza al llegar ante su señora.
—Mi señora, ¿deseáis que retire el agua? —Preguntó.
La pregunta era correcta. También era una advertencia.
—No. Déjala donde corresponde —contestó la Phaeron, apoyando la mano derecha sobre la mesa.
Sus dedos no temblaron.
Tras obedecer, la doncella mayor se quedó un instante más de lo necesario. Quería decir algo, pero Nephertary esperó en absoluto silencio, sin intención de ayudarla. Y esque en la Capital, quien obliga a otro a dar el primer paso recibe siempre una información más limpia.
—Mi señora —dijo al fin Taremut, bajando la voz—, en los pasillos de servicio se habla con torpeza.
—En los pasillos de servicio siempre se habla con torpeza —zanjó Nephertary.
—Esta vez hablan de la Galería del Agua —insistió Taremut.
Nephertary no cambió de postura.
—¿Y qué dicen de la Galería? —Inquirió.
Taremut tragó saliva. No era una mujer cobarde; había servido a la madre de Nephertary con total diligencia, ayudado a preparar cuerpos para el duelo y corregido a doncellas jóvenes con más severidad que muchos capitanes a sus reclutas. Sin embargo, la frase que debía pronunciar parecía ensuciarle la boca.
—Dicen que anoche hubo lámparas encendidas fuera de protocolo —añadió Taremut—, y que un músico del templo fue visto cerca de la entrada interior, portando un permiso real.
Nephertary sostuvo su mirada.
—¿Dicen que entró? —preguntó.
—Dicen que pudo haber entrado —contestó la doncella.
—¿Y dicen que yo lo recibí? —inquirió la Phaeron.
Taremut bajó la cabeza.
—Dicen que pudo haber sido recibido por vos —acertó a decir.
La frase era más precisa de lo que parecía: no acusaba ni absolvía; dejaba una herida abierta, sin ofrecer un cuerpo al cuchillo. Nephertary sintió una presión breve bajo las costillas; no era miedo todavía, sino algo más seco: aislamiento. Comprendió entonces, con una claridad desagradable, que aquella mañana no podía defenderse como una mujer cualquiera. Si negaba haber recibido a nadie, respondería a una insinuación no formulada; si castigaba a los sirvientes, confirmaría que el rumor tocaba una zona sensible; si se amparaba en el silencio absoluto, permitiría que la frase siguiera creciendo en boca de quienes se consideraban prudentes.
Ante todo, una soberana joven debía precisar no solo la mentira, sino también el modo en que su respuesta podía terminar dándole forma.