Palacio Supherti,
Sala de Cuentas Menores y corredor oriental hacia la Galería del Agua,
Misma mañana,
Hora cuarta después del alba.
Hugo llegó a la Sala de Cuentas Menores por una puerta que no había usado antes.
Eso ya le dijo algo.
Nebsur, el guardia enviado por Sahruk, no lo condujo por los patios nobles ni por el corredor central donde los cortesanos podían verlo avanzar y deducir, según su conveniencia, que la Phaeron había llamado a su Siervo para defender su honra. Lo llevó por una ruta lateral, estrecha, con paredes de piedra clara y hornacinas sin lámparas encendidas. En algunos tramos el techo bajaba tanto que Hugo tuvo que inclinar un poco la cabeza. En otros, el suelo conservaba marcas antiguas de arrastre, como si por allí hubieran movido cofres, tablillas, ánforas de aceite o piezas de bronce sin pasar por las salas principales.
La elección del camino era un mensaje.
No iban a una defensa pública.
Iban a una revisión de cosas.
Hugo prefirió eso.
En primer lugar, porque las cosas mentían peor que los hombres. En segundo, porque los hombres que fabricaban una mentira se preocupaban demasiado por las palabras y no siempre lo suficiente por los objetos que debían sostenerlas. En tercero, porque una escena política, si quería sobrevivir, necesitaba materia. Arcilla, tinta, aceite, madera, polvo, cera, sandalias, turnos y respiraciones. Y finalmente, porque Nephertary había entendido algo decisivo al no limpiar la Galería antes de llamarlo.
No se lo dijo a Nebsur.
El guardia caminaba con la mandíbula cerrada y la mano izquierda demasiado cerca del pomo del chalikar corto. No era miedo. Era vergüenza profesional. Un rumor sobre una entrada dudosa en un corredor custodiado siempre rozaba a la guardia, aunque ningún guardia fuera culpable. Hugo había visto esa misma expresión en policías de Lima cuando un expediente mal armado amenazaba con convertir una negligencia administrativa en escándalo institucional. El uniforme cambiaba. La incomodidad era la misma.
—¿Quién ordenó cerrar la Galería? —preguntó Hugo.
—La Phaeron.
—¿Con qué motivo escrito?
—Humedad y derrame de aceite.
Hugo se detuvo medio segundo. Nebsur también.
—Buen motivo —dijo Hugo.
El guardia lo miró de lado, sin entender si aquello era aprobación o ironía.
—La Galería siempre tiene humedad.
—Precisamente por eso es buen motivo. Nadie se indignara ante lo habitual.
Nebsur no respondió. Siguió caminando.
La Sala de Cuentas Menores estaba al final del corredor. No era amplia, pero sí ordenada con una disciplina que Hugo reconoció de inmediato. Tres mesas bajas ocupaban el centro. En la primera habían colocado cuadernos de postas, tablillas de turno y registros de entrega de aceite. En la segunda, varias piezas de arcilla seca envueltas en lino, cada una con una etiqueta escrita por Pamenes. En la tercera, dos libros mayores permanecían cerrados bajo pesos de piedra. Junto a ellos había un cuenco con arena fina para secar tinta, cuchillas de raspado, tiras de cordel, dos lámparas apagadas y una pequeña caja de madera con sellos menores.
Pamenes estaba allí.
No se levantó. Eso también le dijo algo. Si se hubiera levantado con exceso de ceremonia, Hugo habría entendido que la escena seguía perteneciendo a la honra de la Phaeron. Al permanecer sentado, con un cálamo entre los dedos y una tablilla a medio marcar, Pamenes lo recibía como a un hombre convocado para trabajar.
—Llegas por la puerta correcta —dijo.
—Eso espero.... Las puertas incorrectas suelen tener más público.
Pamenes señaló la primera mesa.
—No habrá público. Por orden de la Phaeron, nadie hablará aquí de su honra. Revisaremos accesos, registros y materia. Si encuentras una ofensa, la encontraremos después. Primero el mecanismo.
Hugo sintió un respeto seco, casi involuntario. No por Pamenes solamente. Por Nephertary. Aquella orden no era natural en una soberana recién atacada. Lo natural habría sido pedir defensa, castigo o desmentido. Ella había pedido mecanismo.
—Entonces empecemos por los libros —dijo.
Pamenes deslizó hacia él los dos volúmenes mayores.
—El Libro de luz y el Libro de sombra.
Hugo tocó primero las cubiertas sin abrirlas. Una era de madera clara revestida con cuero fino. La otra, de cuero oscuro, más pequeña, con bordes reforzados. No preguntó de inmediato. Esperó que Pamenes lo explicara, porque en palacio la explicación de un término no solo informaba sobre su función, sino sobre la forma en que sus custodios querían que fuera comprendido.
Pamenes entendió.
—El libro de luz registra entradas visibles, autorizadas y presentables. Audiencias oficiales, visitas rituales anunciadas, pasos por corredores ceremoniales cuando no existe razón para ocultarlos. Es el libro que puede abrirse ante el Consejo si alguien exige claridad. No contiene toda la vida del palacio. Contiene la parte que el palacio admite sin dañarse.
Hugo apoyó los dedos sobre la cubierta clara.
—La versión que puede respirar al sol.
—Sí. El libro de sombra, en cambio, registra entradas funcionales, discretas o sensibles. No es un libro criminal. Esa confusión conviene a quienes no entienden el gobierno. Una visita médica a una cámara de duelo, el traslado de una matriz de sello, una consulta urgente con un capitán, la entrada de un servidor ritual en una hora no común. Nada de eso es delito por sí mismo. Pero si todo se exhibiera en el libro de luz, cada necesidad del palacio se convertiría en alimento para facciones. El libro de sombra protege la memoria administrativa sin regalar un espectáculo.
Hugo abrió primero el libro de luz. Las páginas estaban escritas en columnas limpias. Hora, puerta, nombre, función, autorización, testigo de entrada y testigo de salida. La tinta variaba ligeramente según los días y los escribas, pero el sistema era claro. No perfecto. Ningún sistema humano lo era.