El Siervo de los Faroles/vol I: Abkazir

Capítulo 9: El sello del Halcón/ Parte III, La escena que no quería ser un crimen

Palacio Supherti,
Sala de Cuentas Menores y corredor oriental hacia la Galería del Agua,
Misma mañana, hora cuarta después del alba.

Hugo llegó a la Sala de Cuentas Menores por una puerta que no había usado antes.

Eso ya le dijo algo.

Nebsur, el guardia enviado por Sahruk, no lo condujo por los patios nobles ni por el corredor central, donde los cortesanos podían verlo avanzar y deducir, según su conveniencia, que la Phaeron, había llamado a su Siervo, defensor y escriba menor para defender su honra. Si pues, lo llevó por una ruta lateral, estrecha, con paredes de piedra clara y hornacinas sin lámparas encendidas. En algunos tramos, el techo bajaba tanto que tuvo que inclinar un poco la cabeza; en otros, el suelo conservaba marcas antiguas de arrastre, como si por allí hubieran movido cofres, tablillas, ánforas de aceite o piezas de bronce sin pasar por las salas principales. La elección del camino era un mensaje. No iban a una defensa pública. Iban a efectuar una revisión de cosas.

Hugo prefirió eso.

En primer lugar, porque las cosas mentían peor que los hombres; en segundo lugar, porque los hombres que fabricaban una mentira, se preocupaban demasiado por las palabras y no siempre lo suficiente por los objetos que debían sostenerlas; en tercer lugar, porque una escena política, si quería sobrevivir, necesitaba materia: una arcilla, una tinta, un toque de aceite, madera, polvo, cera, sandalias, turnos y respiraciones. Y, finalmente, porque la Phaeron había entendido algo decisivo al no limpiar la Galería antes de llamarlo.

Y eso era, no decirle muchas cosas a Nebsur.

El guardia Omenki caminaba con la mandíbula cerrada y la mano izquierda demasiado cerca del pomo del chalikar corto que portaba. No era miedo lo qué tenía. Sino una vergüenza profesional. Un rumor sobre una entrada dudosa en un corredor custodiado siempre rozaba a un guardia, aunque ningún guardia fuera culpable.

Hugo había visto esa misma expresión en policías del mundo de dónde venía, cuando un expediente mal armado amenazaba con convertir una negligencia administrativa en escándalo institucional. El uniforme cambiaba. Pero la incomodidad era la misma.

—¿Quién ordenó cerrar la Galería? — Inquirió Hugo, entre curioso y extrañado.

—La Phaeron —respondió Nebsur.

—¿Con qué motivo? — Volvió a preguntar, está vez, porque deseaba saber, las intenciones de la Phaeron, aunque fueran en pocas palabras

—Humedad y derrame de aceite.— Respondió el Omenki, al tiempo que avanzaba con rapidez.

Hugo se detuvo medio segundo. Nebsur también, un tanto extrañado por el detenimiento del escriba menor de Pamenes, y defensor de la Phaeron.

—Ahhh... Es un buen motivo —dijo, asintiendo, más para si, que para su acompañante.

El enorme Omenki lo miró de lado, sin entender si aquello era una señal de aprobación o ironía.

—La Galería siempre tiene humedad— opuso Nebsur.

—Precisamente por eso es un buen motivo —argumentó Hugo, prosiguiendo su caminata—. Así nadie se indignará ante lo habitual.

Nebsur frunció el ceño, pero no respondió. Siguió caminando, tal y como lo hacía el escriba menor.

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Palacio Supherti,
En la Sala de las Cuentas Menores.

La Sala de las Cuentas Menores estaba al final del corredor. No era amplio, pero sí estaba ordenado y con una disciplina que Hugo reconoció de inmediato. Ahí, estaban dispuestas tres mesas bajas, que ocupaban el centro. En la primera habían colocado cuadernos de postas, tablillas de turno y registros de entrega de aceite. En la segunda, varias piezas de arcilla seca permanecían envueltas en lino, cada una, estaba con una etiqueta escrita por Pamenes. En la tercera, estaban dos libros mayores que descansaban cerrados bajo pesos de piedra. Junto a ellos había un cuenco con arena fina para secar tinta, cuchillas de raspado, tiras de cordel, dos lámparas apagadas y una pequeña caja de madera con sellos menores.

Pamenes estaba alli, nada más ingresaron los recién llegados, lo saludo con un asentimiento.

Eso también le dijo algo. Si se hubiera levantado con exceso de ceremonia, habría entendido que la escena seguía perteneciendo a la honra de la Phaeron. Pero al permanecer sentado, con un cálamo entre los dedos y una tablilla a medio marcar, Pamenes lo recibía como a un hombre convocado para trabajar.

—Llegas por la puerta correcta, Kharu.—Empezo el Escriba Mayor.

—Eso espero —contestó Hugo, mientras avanzaba—. Las puertas incorrectas suelen tener más público.

Pamenes sonrió, hizo un gesto de asentimiento y señaló la primera mesa.

—Tranquilo, hoy no habrá públicoal cuál sorprender —ratificó el Escriba—. Por orden de la Phaeron, nadie hablará aquí de su honra. Revisaremos accesos, registros y materia. Si encuentras una ofensa, la ignoras y haremos que la encontramos después. Primero, tenemos que hallar el mecanismo de lo que sucedió.

Hugo sintió un respeto seco, casi involuntario. No por Pamenes solamente. Sino por Nephertary. Aquella orden no era natural en una soberana recién atacada. Lo natural habría sido pedir una defensa, un castigo o un desmentido. Sin embargo, ella había pedido hallar el metodo de sus atacantes.

—Entonces creo que debemos empezar por los libros —dijo Hugo.

Pamenes, por su parte, deslizó hacia él los dos volúmenes mayores.

—Estos son los Libros de la Luz y el de la Sombra —le comentó.

Hugo tocó primero las cubiertas sin abrirlas. Una era de madera clara revestida con cuero fino. La otra, de cuero oscuro, era más pequeña, con bordes reforzados. No preguntó de inmediato para que servían cada libro. Esperó a que el Escriba Mayor lo explicara, porque, en palacio, la explicación de un término no solo informaba sobre su función; también revelaba la forma en que sus custodios querían que fuera comprendido.




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