El Siervo de los Faroles/vol I: Abkazir

Capítulo 9: El sello del Halcón, Parte IV/ La Galería preparada

Palacio Supherti,
Galería del Agua,
corredor ceremonial, entre el Archivo del Agua y el ala oriental de gobierno,
Hora sexta después del alba.

La Galería del Agua no fue abierta de inmediato.

Esa demora, que a los curiosos les pareció simple lentitud administrativa, había sido la primera parte del protocolo. Sahruk cerró ambos accesos con guardias de turnos distintos, Pamenes colocó una mesa de registro en el tramo oriental y Hugo pidió que nadie encendiera las lámparas nuevas donadas por Nemtah. No porque las lámparas fueran inútiles, sino porque una donación aceptada sin una evaluación, se convertía en derecho de intervención. Y esque en Abkazir, un objeto colocado en un corredor ceremonial no quedaba nunca reducido a su materia. Una lámpara traía aceite, un aceite traía inventario, un inventario traía a un responsable, y un responsable traía sellos. El palacio no era dominado solo por ejércitos. También podía ser tomado por soportes de bronce. La orden escrita decía que la Galería se mantenía cerrada por humedad, derrame de aceite y revisión de bases antiguas. Era una explicación aburrida, y por eso mismo eficaz. Nadie fuera del círculo de la Phaeron podía afirmar que aquello fuera investigación de una calumnia. Nadie podía acusarla de ocultar una vergüenza sin confesar primero que sabía de esa vergüenza. La palabra “mantenimiento” cubría el corredor mejor que un destacamento.

Ante todo aquello, Hugo insistió en que el lugar no debía parecer una trampa. Las trampas demasiado visibles solo atrapan a los desesperados. Una falsificación preparada por hombres prudentes necesitaba encontrar una escena suficientemente abierta para creer que seguía siendo suya. Por eso no llenaron la Galería de soldados. Por eso Sahruk se quedó cerca, pero no encima. Por eso Pamenes se sentó a una mesa de registro, no como acusador, sino como escriba mayor en revisión de inventario. Por eso Nephertary aceptó entrar sin séquito brillante, sin sacerdotisas y sin la corona mayor.

Y por eso Hugo se ocultó.

No por cobardía. Tampoco por teatralidad. Se ocultó detrás de una celosía lateral, en un punto desde el cual podía ver el umbral interior, la mesa de registro, el primer canal de agua, el asa de bronce de la puerta y la línea de polvo extendida sobre las losas. Aquella celosía era una pantalla de piedra o madera tallada que permitía observar sin ser visto con claridad. En la Galería del Agua había varias, usadas en ceremonias antiguas para que sacerdotisas mayores o escribas de archivo, pudieran verificar actos sin interrumpirlos con su presencia. Aquella mañana, una de esas celosías se convirtió en ojo de investigación.

La Galería estaba fría.

Los canales estrechos corrían a ambos lados del corredor, no como acequias abiertas, sino como hendiduras de piedra pulida por donde el agua se desplazaba en una corriente baja y constante. Las columnas, cubiertas de humedad antigua, sostenían un techo plano ennegrecido en algunas juntas por humo de lámpara. La luz de dos lámparas verdes, las únicas autorizadas por Hugo, caían sobre el agua y devolvía reflejos partidos. Un cuerpo situado junto al canal parecía tener una segunda silueta incompleta. Una túnica blanca se duplicaba con retraso. Una mano levantada podía aparecer en el agua antes de que el ojo entendiera el movimiento real. La acústica era todavía peor. Una palabra dicha cerca de la pared llegaba desde el frente; una frase pronunciada en el centro parecía bajar desde arriba. Allí, nadie mentía solo con la boca. Pues la arquitectura mentía con él.

Hugo comprendía por qué habían elegido ese lugar.

No era una sala privada, donde una acusación habría requerido violar puertas. Tampoco era una sala pública, donde demasiados ojos habrían vuelto torpe cualquier montaje. Era un espacio intermedio. Y en los espacios intermedios, un testigo podía decir que vio algo sin tener que describirlo todo; podía decir que oyó una voz sin jurar una frase; podía decir que una figura parecía tal persona sin cargar con el peso completo de la mentira. La Galería ofrecía a los cobardes una forma respetable de equivocarse.

Nephertary llegó por el extremo oriental.

No caminaba deprisa. Tampoco despacio. Iba vestida con una túnica blanca de gobierno, ceñida por un cinturón de oro mate y cobre, sin piedras grandes. Llevaba el cabello recogido bajo una banda estrecha y el rostro sin adornos de audiencia. Esa sobriedad había sido deliberada. Si se presentaba con demasiado esplendor, sus enemigos dirían que actuaba para intimidar. Si se presentaba demasiado sencilla, dirían que fingía humildad tras ser tocada por un rumor. La medida correcta en palacio no era virtud. Sino una forma de defensa.

A su lado caminaba Taremut, una de sus doncellas mayores. Detrás, dos servidoras jóvenes cargaban paños secos, aceite neutro y una pequeña caja de inventario. Nada de aquello era casual. Los paños justificaban la revisión por humedad. El aceite neutro permitía comparar olores. La caja de inventario daba a Pamenes motivo para registrar objetos sin que la escena pareciera juicio.

Sahruk estaba cerca del segundo pilar. No bloqueaba el paso. Su sola presencia bastaba. Había elegido una coraza ligera, sin adornos, y una vara de mando corta. No quería que los testigos fabricados pudieran decir que habían sido recibidos por un aparato militar. En la puerta interior, Kheb permanecía inmóvil, como si hubiera sido colocado allí desde la fundación del palacio. En el extremo occidental, Rathan hablaba en voz baja con el muchacho joven sobre un caballo enfermo de la pata derecha. La conversación era tan ordinaria que resultaba útil.

Pamenes ocupaba la mesa de registro.

Tenía dos escribas jóvenes a su derecha, ambos escogidos por razones distintas. El primero, Ashamet, había sido el que había preguntado si debía abrir un asiento retrospectivo en el libro de luz. Nephertary había decidido no apartarlo. Apartarlo habría confirmado que el joven era sospechoso o inútil. Mantenerlo allí lo convertía en testigo de la corrección del sistema. El segundo era una muchacha llamada Meriset, de letra pequeña y memoria dura, hija de un contador de graneros. Pamenes la había elegido porque no temblaba cuando un noble alzaba la voz. Eso, en un escriba joven, era casi una forma de armadura.




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