Palacio Supherti,
Galería del Agua,
corredor ceremonial, entre el Archivo del Agua y el ala oriental de gobierno,
Hora sexta después del alba.
La Galería del Agua no fue abierta de inmediato.
Esa demora, que a los curiosos les pareció simple lentitud administrativa, había sido la primera parte del protocolo. Sahruk cerró ambos accesos con guardias de turnos distintos; Pamenes colocó una mesa de registro en el tramo oriental, y Hugo pidió que nadie encendiera las lámparas nuevas donadas por Nemtah. No porque las lámparas fueran inútiles, sino porque una donación aceptada sin evaluación se convertía, muy pronto, en derecho de intervención. Y esque en Abkazir, un objeto colocado en un corredor ceremonial no quedaba nunca reducido a su materia. Una lámpara traía aceite; el aceite traía inventario; el inventario traía a un responsable; y un responsable traía sellos. El palacio no era dominado solo por ejércitos. También podía ser tomado por soportes de bronce. La orden escrita decía que la Galería se mantenía cerrada por humedad, derrame de aceite y revisión de bases antiguas. Era una explicación aburrida y, por eso mismo, eficaz. Nadie fuera del círculo de la Phaeron podía afirmar que aquello fuera investigación de una calumnia. Nadie podía acusarla de ocultar una vergüenza sin confesar primero que sabía de esa vergüenza. La palabra mantenimiento cubría el corredor mejor que un destacamento.
Ante todo aquello, Hugo insistió en una condición: la Galería no debía parecer una trampa. Pues una vigilancia demasiado evidente solo habría inquietado a quien todavía creyera conservar el control de la situación, y una falsificación preparada por hombres prudentes necesitaba encontrar un escenario lo bastante abierto como para seguir sintiéndolo propio. De ahí que no llenaran el recinto de soldados; Sahruk, en cambio, permaneció cerca, aunque sin imponerse sobre el lugar, mientras Pamenes ocupaba una mesa de registro con la apariencia rutinaria de un escriba mayor revisando inventarios. La Phaeron, por su parte, aceptó entrar sin un séquito llamativo, sin sacerdotisas a su alrededor y sin la corona mayor, todo esto con el.unico propósito de reducir su presencia a lo estrictamente necesario para que nadie pudiera atribuir el despliegue a una ceremonia excepcional. Su Siervo de los Faroles y escriba menor, eligió, por su lado, algo distinto: desaparecer de la vista de todos. No lo hizo por cobardía ni por afán teatral —ambas ideas le parecían igualmente inútiles—, sino porque necesitaba observar sin alterar el comportamiento de quienes atravesaran la estancia. Se colocó detrás de una celosía lateral desde la cual dominaba el umbral interior, la mesa donde trabajaba Pamenes, el primer canal de agua, el asa de bronce de la puerta y la delgada línea de polvo extendida sobre las losas. Aquella pantalla de piedra tallada permitía mirar hacia el interior sin ofrecer una figura clara a quienes se encontraban al otro lado; había varias similares en la Galería del Agua, restos de antiguas ceremonias durante las cuales sacerdotisas mayores o escribas del archivo podían verificar determinados actos sin interrumpirlos con su presencia. Aquella mañana, sin embargo, una de ellas dejó de servir al rito y pasó a cumplir una función bastante más discreta: se convirtió en el lugar desde el que la investigación podía observar sin ser observada.
La Galería estaba fría.
Los canales estrechos corrían a ambos lados del corredor, no como acequias abiertas, sino como hendiduras de piedra pulida por donde el agua se desplazaba en una corriente baja y constante. Las columnas, cubiertas de humedad antigua, sostenían un techo plano ennegrecido en algunas juntas por humo de lámpara. La luz de dos lámparas verdes —las únicas autorizadas por el escriba menor— caían sobre el agua y devolvía reflejos partidos. Un cuerpo situado junto al canal parecía tener una segunda silueta incompleta. Una túnica blanca se duplicaba con retraso. Una mano levantada podía aparecer en el agua antes de que el ojo entendiera el movimiento real. La acústica era todavía peor. Una palabra dicha cerca de la pared llegaba desde el frente; una frase pronunciada en el centro parecía bajar desde arriba. Allí nadie mentía solo con la boca: la arquitectura mentía con él.
Fue en ese instante, cuando Hugo, comprendió por qué habían elegido ese lugar.
No era una sala privada, donde una acusación habría requerido violar puertas. Tampoco era una sala pública, donde demasiados ojos habrían vuelto torpe cualquier montaje. Era un espacio intermedio. Y, en los espacios intermedios, un testigo podía decir que vio algo sin tener que describirlo todo; podía decir que oyó una voz sin jurar una frase; podía decir que una figura parecía tal persona sin cargar con el peso completo de la mentira. La Galería ofrecía a los cobardes una forma respetable de equivocarse.
La Phaeron llegó por el extremo oriental.
No caminaba deprisa. Tampoco despacio. Iba vestida con una túnica blanca de gobierno, ceñida por un cinturón de oro mate y cobre, sin piedras grandes. Llevaba el cabello recogido bajo una banda estrecha y el rostro sin adornos de audiencia. Esa sobriedad había sido deliberada. Si se presentaba con demasiado esplendor, sus enemigos dirían que actuaba para intimidar. Si se presentaba demasiado sencilla, dirían que fingía humildad después de haber sido tocada por un rumor. La medida correcta en palacio no era virtud, sino una forma de defensa.
A su lado caminaba Taremut, una de sus doncellas mayores. Detrás, dos servidoras jóvenes cargaban paños secos, aceite neutro y una pequeña caja de inventario. Nada de aquello era casual. Los paños justificaban la revisión por humedad. El aceite neutro permitía comparar olores. La caja de inventario daba a Pamenes motivo para registrar objetos sin que la escena pareciera un juicio.