El Siervo de los Faroles/vol I: Abkazir

Capítulo 9: El sello del Halcón, Parte V/ La inhabilitación de sellos.

Palacio Supherti,
En la Sala de las Columnas de Esmalte Verde,
Cámara menor del Consejo,
Misma jornada,
Hora octava después del alba.

La audiencia fue convocada sin trompetas, una decisión que incomodó a más de uno; no porque aquel anuncio ceremonial resultara indispensable, sino porque la falta de ruido impedía presentar la reunión como una defensa desesperada de la Phaeron. Y esque en el Palacio Supherti, las grandes convocatorias daban tiempo a los cortesanos para preparar sus máscaras: los indignados podían adoptar una postura de gravedad, los adversarios fingir preocupación y los aliados acercarse demasiado a la soberana para convertir su fidelidad en un acto de espectáculo. Aquella vez, en cambio, solo fueron llamados consejeros, escribas mayores, representantes de linaje y mandos de seguridad —un círculo reducido, difícil de llenar con gestos calculados—, lo que dejaba menos espacio para las apariencias y obligaba a todos a concentrarse en los hechos.

Nephertary eligió la Sala de las Columnas de Esmalte para celebrar la audiencia, una estancia reservada a decisiones administrativas de peso y alejada de la solemnidad propia de las proclamaciones dinásticas. Sus pilares bajos, revestidos con piezas vidriadas de un verde oscuro, daban al recinto una sobriedad casi lúgubre; desde unas ranuras abiertas en lo alto descendía una luz tenue que terminaba extendiéndose sobre la larga mesa de piedra negra, alrededor de la cual solían resolverse tasas, denuncias de fraude, custodias de matrices, disputas entre dependencias y problemas relacionados con sellos o permisos. Era, precisamente, el escenario adecuado para lo que pretendía hacer —un lugar donde la arcilla y la tinta pesaban más que las lágrimas, y donde un cuño mal empleado podía importar más que cualquier agravio personal—.Cuando llegó, lo hizo sin la corona mayor. Sobre la frente llevaba únicamente una estrecha banda de oro; vestía una túnica blanca ribeteada en cobre y, sobre el pecho, el pectoral de escamas rojas. Aquella pieza no era un simple ornamento: en Abkazir, recordaba la obligación militar de la Casa Real y la memoria de sangre que legitimaba al soberano cuando debía juzgar asuntos relacionados con la seguridad del reino. Su elección, por tanto, no buscaba presentarla como una guerrera, sino fijar desde el principio el terreno sobre el que se desarrollaría la reunión. Lo ocurrido en la Galería no sería tratado como un chisme doméstico ni como una disputa sobre su honra, sino como algo bastante más grave —una agresión contra los accesos, los registros y la propia autoridad administrativa de la Corona—.A su derecha estaba Pamenes, con tres juegos de tablillas. A su izquierda, se hallaba Sahruk, sin el Chalikar reglamentario desenvainado, pero con la vara de mando apoyada sobre el suelo.

Hugo, en cambio, permaneció un paso más atrás. Esa distancia había sido acordada sin palabras. Además, si se colocaba junto a la Phaeron, los linajes dirían que el Escriba Menor del Palacio la cubría. Si se alejaba demasiado, los culpables fingirían que sus pruebas eran solo una rareza consultiva. Aquel paso intermedio resultaba más difícil de leer; y precisamente por eso era útil.

Ante todo, la Phaeron evitó mirar los rostros ansiosos que aguardaban alrededor de la mesa y concentró la atención en aquello que descansaba sobre la piedra negra: el sello falso, la tablilla utilizada para los ensayos musicales, el registro doble de la Galería, el fragmento de arcilla impregnado todavía de aquel perfume extraño, la muestra de tinta azulada, las sandalias de corcho, la tira de lino negro que había permanecido intacta, la cera palaciega mezclada con polen y el cuño provisional donde la garra derecha del Halcón escondía su pequeño microdiente. Ninguna de aquellas cosas poseía, por sí sola, la fuerza suficiente para impresionar a una corte acostumbrada al oro, las ceremonias y las acusaciones pronunciadas en voz alta; reunidas allí, sin embargo, obligaban a contar una historia distinta. Durante unos instantes mantuvo ambas manos apoyadas sobre el borde de la mesa y sintió bajo las palmas el frío de la piedra. Le convenía aquel contacto. Era firme, sencillo, ajeno a las interpretaciones que habían comenzado a rodearla desde que ocupó el trono. Además, un objeto no preguntaba si una mujer había sido suficientemente prudente, si una soberana había mirado demasiado tiempo a un hombre o si una lámpara se encendía en el lugar equivocado, y podía convertirse en insinuación. La arcilla, después de todo, era un objeto sin alma, no conocía de vergüenzas. La tinta no sabía de honra. Y un sello podía ser falso o auténtico; una tira de lino,en cambio, podía estar rota o permanecer intacta. Aquella claridad, casi brutal, le produjo un alivio que no quiso mostrar, aunque detrás de él seguía sintiendo una irritación más profunda: odiaba que hubiera sido necesario llegar hasta allí para defender algo que jamás debería haber estado sometido a discusión.

Así pues, se obligó a no buscar a su Siervo de los Faroles, con la mirada. Sabía dónde estaba y conocía suficientemente bien su método para comprender lo que pretendía conseguir con aquella disposición. Al principio le había resultado ofensiva la idea de tratar un rumor sobre su persona como si fuese una cuenta mal registrada; sin embargo, analizando bien la cosa, empezaba a comprender la utilidad de aquella frialdad. Si hubiera entrado en la sala exigiendo respeto por su nombre, los presentes habrían terminado discutiendo precisamente eso: su nombre, su conducta, sus intenciones y quizá incluso la manera en que debía comportarse una Phaeron para no provocar sospechas. Había algo humillante en ese terreno, porque la obligaba a demostrar una inocencia que nunca debería haber necesitado defensa. Los objetos, en cambio, desplazaban la pregunta hacia otro sitio. Ya no importaba si alguien creía en su virtud; importaba quién había utilizado una tinta que no correspondía, quién había manipulado un permiso, qué sello carecía de la contramarca correcta y por qué ciertas huellas aparecían donde no debían. Aquello no borraba la ofensa. Y ella podía sentirla todavía, escondida bajo el pectoral de escamas rojas como una presión sorda que regresaba cada vez que recordaba lo que habían intentado construir alrededor de ella: una soberana joven, un músico, unas lámparas y una galería apartada. Le repugnaba la facilidad con la que alguien había supuesto que bastaría insinuar la intimidad para obligarla a justificarse. Durante un momento imaginó cuánto más sencillo habría sido ordenar arrestos desde el primer día, exigir nombres, hacer comparecer a medio templo y recordar a todos que seguía siendo la Phaeron. La posibilidad tenía algo seductor, precisamente porque era inmediata.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.