Palacio Supherti,
Sala de Columnas de Esmalte Verde,
Cámara menor del Consejo,
Misma jornada,
Hora octava después del alba.
La audiencia fue convocada sin trompetas.
Eso molestó a algunos.
No porque las trompetas fueran necesarias, sino porque la ausencia de ruido impedía interpretar el acto como una defensa desesperada de la Phaeron. Y esque en el Palacio Supherti, una gran convocatoria permitía a los cortesanos llegar con máscaras preparadas. Los indignados podían mostrarse graves. Los enemigos podían fingir preocupación. Los aliados podían colocarse demasiado cerca de la soberana y convertir su lealtad en espectáculo. Una audiencia breve, limitada a consejeros, escribas mayores, representantes de linaje y mandos de seguridad, dejaba menos espacio para la interpretación y más para la materia.
Nephertary eligió la Sala de Columnas de Esmalte porque no era el salón principal del trono. Aquella sala servía para decisiones administrativas de peso, no para proclamaciones dinásticas. Pues sus columnas bajas, revestidas con piezas vidriadas de color verde oscuro, daban al recinto una sobriedad casi contable. La luz entraba desde ranuras altas y caía sobre una mesa larga de piedra negra. Allí se revisaban tasas, sellos, acusaciones de fraude, custodia de matrices y conflictos entre dependencias. Era un lugar adecuado para hablar de arcilla, tinta, cuños y permisos. No de lágrimas.
La Phaeron, por su parte, llegó sin corona mayor.
Llevaba la banda de oro estrecha sobre la frente, el pectoral de escamas rojas y una túnica blanca con ribetes de cobre. El pectoral no era un adorno común. En Abkazir recordaba la obligación militar de la Casa Real, la memoria de sangre que legitimaba al soberano cuando debía juzgar asuntos que tocaban la seguridad del reino. Nephertary lo llevó, no para parecer una guerrera, sino para recordar que una falsificación de acceso no era un chisme doméstico. Sino una herida contra el cuerpo administrativo del palacio.
A su derecha estaba Pamenes con tres juegos de tablillas. A su izquierda, Sahruk, sin su espada desenvainada, pero con la vara de mando apoyada sobre el suelo. Hugo permaneció un paso más atrás. Esa distancia había sido acordada sin palabras. Si se colocaba junto a Nephertary, los linajes dirían que el Escriba Menor del Palacio, la cubría. Si se alejaba demasiado, los culpables fingirían que sus pruebas eran solo una rareza consultiva. Aquel paso intermedio resultó más difícil de leer. Y precisamente por eso, era útil.
Ante todo, Nephertary no miró hacia los rostros ansiosos. Miró la mesa.
Sobre la piedra estaban colocados los objetos.
El sello falso, La tablilla de ensayo musical, el registro doble de la Galería, el fragmento de arcilla con olor perfumado, la muestra de tinta azul, las sandalias de corcho, la tira de lino negro que no se rompió, la cera palaciega con polen y el cuño provisional con el microdiente en la garra derecha del halcón.
Nada de aquello llamaba la atención. Y aún así, era importante.
Una mentira de honor habría querido sangre, llanto, defensa y castigo inmediato. Nephertary ofreció objetos. En primer lugar, porque los objetos eran más difíciles de acusar. En segundo, porque cada pieza obligaba a los presentes a mirar hacia abajo, no hacia un rostro determinado. En tercero, porque una Phaeron que explica demasiado su virtud termina entregando su virtud a la discusión de otros. Y finalmente, porque en perspectiva de ella, su escriba menor, Kharu, tenía razón en esas cuestiones. La escena debía ser obligada a tener peso.
Esto último, significaba, que Nephertary no quería que la acusación quedara flotando como un rumor sentimental, dependiente de gritos, lágrimas, gestos de indignación o discursos sobre su honra. Una mentira de honor, en una corte, suele buscar una reacción inmediata: que la persona acusada pierda el control, se defienda con desesperación, exija castigo, señale culpables y convierta el salón en un conflicto emocional. Si Nephertary hacía eso, la escena quedaba dominada por el escándalo. Su honor pasaba a ser discutido por los demás, medido por los demás, interpretado por los demás
Por su parte, el Consejo menor estaba formado por doce personas. Tres representantes Urferydaeh, dos voces del templo, dos administradores del Tesoro, dos capitanes antiguos de ribera, un supervisor de postas, una matriarca de clanes del río y el escriba de legitimidad, anciano encargado de custodiar la forma legal de los decretos. Los Urferydaeh debían ser de linajes nobles de origen antiguo, orgullosos de haber servido a la Casa Real desde antes de que las provincias del sur aceptaran tributo regular. No todos eran enemigos de Nephertary, pero casi todos desconfiaban de una Phaeron que había comenzado su reinado rodeándose de un escriba poderoso, de un capitán sin demasiadas reverencias y de un individuo, que según supersticiones había emergido de la laguna Mítica de los Faroles, y que por su parte, sobretodo, la del Consejo Menor, era difícil de clasificar.
También estaban Nemtah y Merkhut.
Nemtah había llegado con el rostro compuesto y los ojos demasiado atentos. Vestía como funcionario del Tesoro, con una túnica gris crema y una banda bordada en azul oscuro. No parecía acusado. Tampoco inocente. Parecía dispuesto a colaborar antes de que alguien se lo pidiera. Esa era su forma de defensa. Quien ofrece recursos en el momento adecuado puede parecer parte de la solución incluso cuando ha financiado parte del problema.
Merkhut, por otro lado, ocupaba un lugar lateral, no central. Aquella ubicación era perfecta. Lo bastante cerca para ser visto como pariente atento de la Phaeron. Lo bastante lejos para no parecer interesado. Llevaba una túnica clara, sin ostentación, y un anillo de cobre viejo que no correspondía a ninguna matriz oficial o culto religioso específico. Su rostro mostraba una preocupación tranquila. No miraba con impaciencia los objetos. No evitaba mirar a Hugo. No buscaba a Nemtah. No necesitaba hacerlo.