Palacio Supherti,
Dependencia menor del Tesoro,
detrás de la Sala de Pesas y Cordeles.
Misma jornada. Última hora de la tarde,
poco antes del cierre de los embarcaderos.
Nemtah llegó antes de ser llamado por segunda vez.
Eso habría podido interpretarse como diligencia, si no hubiera llegado con el rostro de un hombre que se obligaba a parecer diligente. En la corte de Abkazir, los funcionarios del Tesoro aprendían desde jóvenes a caminar sin prisa, sobre todo cuando temían una desgracia: la prisa hacía pensar en culpa; la lentitud excesiva, en desafío. Nemtah eligió un paso intermedio, medido, con las manos ocultas dentro de las mangas y la mirada fija en las losas. No iba a una audiencia pública. Iba a una sala menor, lejos del ala de gobierno, donde los muros olían a cuentas secas, cuero viejo y aceite de lámpara.
La dependencia estaba detrás de la Sala de Pesas y Cordeles. Ese nombre no era simbólico. Allí se guardaban pesas de cobre para verificar tributos, cordeles marcados para medir fardos, tablillas de deuda, listas de graneros, moldes de recibos y pequeñas cajas de sal. Y es que, en el país de Zerair, la sal era casi una moneda menor: servía para conservar el pescado, pagar jornales de guardias pobres, cerrar favores discretos y sostener rutas de barcas cuando el cobre escaseaba. Por eso el Tesoro no era solo un lugar de metal. Era un lugar donde se administraba el hambre.
Merkhut, por su parte, lo esperaba junto a una mesa estrecha.
No estaba sentado en el lugar principal. Tampoco permanecía de pie en actitud de dueño. Había elegido apoyarse contra el borde de una mesa lateral, con una copa de agua clara en la mano y dos lámparas encendidas a distancia prudente. La elección era deliberada. Si se sentaba como juez, Nemtah se defendería y reclamaría. Si lo recibía como igual, Nemtah podría olvidar por un momento que había fracasado. Merkhut prefería lo segundo: los hombres humillados se vuelven ruidosos; los hombres aliviados aceptan nuevas instrucciones.
—Has venido rápido —dijo Merkhut.
—Me pareció conveniente —respondió Nemtah.
—No —opuso Merkhut—. Te pareció necesario.
Nemtah cerró los labios.
Merkhut no sonrió. Esa ausencia de burla fue más útil que cualquier consuelo.
—Siéntate —le ordenó.
Nemtah obedeció. No lo hizo con servilismo, sino con el cuidado de quien quiere conservar la dignidad delante de un hombre que acaba de medirla. Merkhut, ante todo, dejó pasar unos instantes de silencio. La espera era una herramienta: a diferencia del grito, no desperdiciaba autoridad. En primer lugar, permitía que el otro llenara el silencio con sus propios temores; en segundo lugar, lo obligaba a distinguir entre el miedo real y el miedo imaginado; en tercer lugar, concedía al que esperaba la ilusión de que todavía podía elegir sus palabras. Por último, daba a Merkhut una ventaja sencilla —y peligrosa—: él no necesitaba apresurarse; su interlocutor, en cambio, sí.
—Esa maldita audiencia ha sido desagradable —dijo Nemtah al fin, haciendo exactamente lo que Merkhut esperaba.
—Ha sido instructiva —corrigió su interlocutor.
—Para ellos, quizá —opuso Nemtah.
—Para todos —ratificó Merkhut.
Nemtah apretó la mandíbula antes de continuar.
—Heryas hablará —dijo.
—Por supuesto que lo hará —aceptó Merkhut.
—Hasrul intentará proteger sus cuentas —insistió Nemtah.
—También —añadió Merkhut.
—Y el cantor del templo se quebrará antes que Heryas —dedujo Nemtah.
—Eso espero —comentó Merkhut.
Nemtah levantó la vista. Por primera vez desde que había entrado en la estancia, su expresión dejó ver algo parecido a la sorpresa.
—¿Lo esperas? —inquirió con ceño fruncido.
Merkhut dejó la copa sobre la mesa, sin brusquedad. El gesto fue leve, pero bastó para cerrar la conversación anterior y abrir otra mucho más peligrosa.
—Tú, Nemtah, debes saber que un hombre que no se quiebra no siempre es útil —empezó Merkhut—. Uno que se quiebra en el punto correcto permite cerrar una puerta sin enseñar el patio entero.
Nemtah no respondió. Merkhut, por su parte, continuó hablando con la calma de quien ya había ordenado la caída de cada pieza.
—Heryas entregará nombres menores —argumentó—; Hasrul entregará intermediarios muertos, enfermos o demasiado pobres para sostener una acusación; el cantor hablará de celo ritual y de confusión. Khamet recibirá una reprimenda de su padre y pasará meses odiando no a quien lo usó, sino a quien lo hizo parecer pequeño.
Nemtah entrecerró los ojos.
—¿Y todo eso te parece soportable? —preguntó.
—Todo eso es soportable —zanjó Merkhut.
Nemtah escuchó sin interrumpir. Sus dedos seguían ocultos dentro de las mangas; Merkhut, sin embargo, notó el movimiento secreto de los pulgares. El funcionario calculaba daños: no lloraba por Heryas; no temía por Hasrul como amigo; temía que el hilo visible alcanzara el Tesoro. Y, por debajo de ese temor, había otra cosa más primaria —más difícil de disimular—: miedo a perder acceso. Nemtah podía soportar una sospecha; no podía soportar que las nuevas matrices nacieran lejos de sus manos.
—La Phaeron ha cerrado el camino del Halcón único —dijo Nemtah.
—De momento.
—No —insistió Nemtah—. Lo ha cerrado con decreto, con escribas, con guardias y con esa maldita idea del microdiente. Su escriba menor, ese malnacido de Kharu, ha convertido una matriz en una trampa.
Merkhut inclinó la cabeza, concediéndole crédito al Siervo de los Faroles, el segundo favorito de su sobrina. Sonrió por lo bajo. Quizá muchos no se habrían dado cuenta, pero Merkhut había aprendido a reconocer cuándo Nephertary usaba una herramienta importante en la capital.
—Sí —comentó Merkhut—. Eso ha sido interesante.
Nemtah levantó la mirada.
—¿Interesante? —Opuso—. Ha arruinado meses de preparación.