Palacio Supherti,
Sala lateral de los almacenes del Oeste,
junto al corredor de pesas y cordeles.
Séptimo día después de la inhabilitación de sellos.
Hora segunda después del alba.
Merkhut había dispuesto dátiles secos, pan plano, agua fresca y una fuente pequeña de queso blanco sobre una mesa de cedro claro.
Nada más.
No había vino especiado, ni carne asada, ni lámparas costosas, ni esclavos con bandejas de plata. Tampoco había guardias dentro de la sala: en el corredor exterior permanecían dos servidores de almacén, hombres de túnica parda y sandalias gruesas, más atentos a las cuentas de sacos que a los hombres que entraban. Aquello era deliberado. Merkhut entendía que el lujo excesivo podía humillar a quien llegaba preocupado; también sabía que una austeridad demasiado estudiada podía parecer acusación. Eligió, así pues, una sencillez cómoda: la clase de sencillez que permite a un conspirador olvidar que lo están estudiando. La sala lateral de los almacenes del Oeste no era grande. Tenía muros gruesos de ladrillo estucado; varias repisas con pesos de cobre; cordeles marcados con nudos de medida; cajas de sal selladas; y tablillas de entrada de mercancías. El aire olía a lino húmedo, aceite común y polvo de grano. Al fondo, una puerta baja comunicaba con los corredores que descendían hacia los depósitos cercanos al puerto. No era una estancia noble, pero sí útil; y, en Abkazir, lo útil terminaba siendo más peligroso que lo solemne.
Nemtah llegó primero.
Entró con la espalda recta, la túnica gris clara bien ajustada y las manos ocultas en las mangas. Quería parecer dueño de sí mismo. Merkhut, por otro lado, advirtió, sin embargo, que el tesorero no se sentó hasta comprobar exactamente dónde estaba colocada la copa de agua que le correspondía. Pues según él,hombre tranquilo no mide la distancia entre la copa y la mano; un hombre preocupado, sí. El Gran Tesorero del Palacio, había pasado siete días viendo cómo el nuevo sistema de sellos reducía su margen de maniobra. La inhabilitación de sellos no lo había destruido, pero lo había obligado a entregar inventarios, tintas, movimientos de lámparas, cordeles y materiales diversos. Cada registro solicitado por Pamenes era una pequeña pérdida de sombra; cada guardia colocado por Sahruk en torno a las matrices nuevas, un recordatorio de que el Tesoro ya no podía tocar ciertas puertas con la naturalidad de antes.
Merkhut le sirvió agua con su propia mano.
—Has dormido poco —comentó.
Nemtah aceptó la copa.
—He tenido mucho que revisar desde nuestra última conversación —respondió.
—Eso no te impide tomarte un descanso—opuso Merkhut—. Solo da excusas para no hacerlo.
Nemtah bebió un sorbo. No le gustó la observación, pero le gustó menos todavía que fuera cierta.
—La Phaeron ha pedido otro inventario de tintas —dijo, algo disgustado.
—Entonces entrégalo.
El tesorero, dejo el vaso en la mesa y prosiguió:
—También listas de auxiliares del almacén de lámparas —añadió.
—Entrégalas.
—Y una copia de los pagos menores hechos a escribas de tránsito.
Merkhut sonrió.
—Entrégala incompleta solo si deseas que Pamenes te obligue a entregarla completa delante de testigos —le advirtió Merkhut.
Nemtah dejó la copa sobre la mesa con cuidado.
—¿Me estáis aconsejando obedecer? —Inquirió.
Merkhut negó con la cabeza; una sonrisa leve, casi irónica, le cruzó el rostro.
—Te estoy aconsejando escoger dónde desobedecer—zanjó, al tiempo que se acomodaba en su asiento.
Fue entonces cuando entró Hekama.
La representante ritual del templo llevaba una túnica de lino amarillo pálido. Tenía el cabello suelto y lacio; era morena, bella y esbelta, y portaba un collar de pequeñas cuentas verdes que identificaban su servicio como sacerdotisa suprema de Am-Ur y señora del Templo de Ma'at.
Y aquellas deidades, había que recordarlo, en la religión pública de Abkazir, eran el poder sagrado del agua y la justicia conducidas: no el agua salvaje de las lluvias, ni el agua profunda de los pozos, sino el agua que pasa por los canales, que purifica depósitos, que sostiene los juramentos y separa lo apto de lo contaminado. Sus sacerdotes no gobernaban el río —al menos no de forma directa—, pero reclamaban autoridad sobre todo espacio donde el agua tuviera una función ritual. Esa distinción parecía sutil; en realidad, permitía convertir una pasarela, un depósito o un embarcadero en asunto sagrado, siempre que se encontrara la fórmula adecuada.
Hekama saludó a Merkhut con una inclinación medida. Y a Nemtah, le dedicó otra más corta.
—La sala es apropiada —comentó la Sacerdotiza—. Cerca del agua, pero no dentro del ruido.
—Cerca de lo que importa —respondió Merkhut, haciendo un gesto de revencia e invitando a pasar—. Sentaos.
Hekama miró la mesa: los dátiles, el pan, el queso y el agua. No había nada que pudiera parecer banquete; tampoco nada que pareciera ayuno.
—Habéis elegido bien —añadió.
—No quería que el templo confundiera cortesía con exceso —dijo Merkhut.
Hekama sonrió apenas; era una sonrisa breve, medida, casi ritual.
—El templo distingue mejor de lo que muchos creen —apostilló.
—Sin duda —ratificó Merkhut—. Por eso os he pedido que vengáis.
Nemtah observó el intercambio con impaciencia. Hekama no buscaba lo mismo que él. Eso era evidente. El Tesorero quería volver indispensable su oficina. Hekama, en cambio, quería algo más viejo, más resistente y quizá más peligroso. Quería que la logística dejara de ser simple movimiento de sacos y volviera a vestirse de rito. Quería decir qué carga necesitaba bendición de sequía, qué ruta debía limpiarse antes del paso, qué embarcadero podía cerrarse por impureza de depósito y qué cobro podía presentarse no como impuesto, sino como ofrenda.