Palacio Supherti,
Antecámara de las Columnas de Esmalte,
Mismo día,
Hora cuarta después del alba.
El primer informe llegó con olor a pescado.
No porque la tablilla oliera a pescado, sino porque el escriba que la traía había atravesado los patios bajos donde los cargadores discutían con funcionarios del Oeste y el olor se le había pegado a la túnica. Nephertary lo percibió antes de leer una sola línea. Aquello bastó para advertirle que el daño ya había salido de los libros. Mientras un problema permanecía en tablillas, podía discutirse. Cuando empezaba a oler, la ciudad ya lo estaba interpretando.
La Phaeron estaba en la antecámara de las Columnas de Esmalte, la misma sala de trabajo donde había aprendido a no defender su honra con palabras. Sobre la mesa había cinco tablillas, dos mapas de rutas, un cuenco de agua sin tocar y una bandeja de pan blanco que nadie había probado. La presencia de ese pan, entero, la irritó más de lo razonable. No por culpa teatral. Por precisión política. Y esque los barrios, el pan ordinario empezaba a subir. En el palacio, el pan blanco podía quedarse frío sobre una bandeja. Esa distancia era el tipo de cosa que un enemigo inteligente convertía en frase.
Pamenes entró con pasos rápidos.
No corría... Nunca corría en una sala donde había escribas jóvenes mirando. Pero sus pasos eran más cortos de lo habitual y llevaba las tablillas bajo el brazo izquierdo, apretadas contra el cuerpo. Eso significaba cifras urgentes. Sahruk entró detrás de él, con polvo claro en el borde de las sandalias y una irritación visible en la forma de cerrar la mano derecha.
Nephertary no pidió saludo.
—Hablad.
Pamenes dejó las tablillas sobre la mesa en orden exacto. Esa necesidad de ordenar antes de hablar revelaba su propia preocupación. Cuando Pamenes temía un desastre, no alzaba la voz. Volvía más preciso el mundo cercano.
—El puerto occidental amanece con siete barcas detenidas, tres en espera de bendición de sequía, dos bajo revisión de calado, una retenida por sello antiguo en tablilla de tránsito y otra pendiente de confirmación del veedor menor Khesur. Hay además cuatro barcas pequeñas de alimentos básicos detrás de cargas de lino y aceite. No están bloqueadas de forma oficial. Ese es el problema.
Sahruk golpeó la mesa con dos dedos.
—Están bloqueadas.
—En los hechos, sí —dijo Pamenes—. En los documentos, no.
Nephertary tomó la primera tablilla.
—Bendición de sequía.
Pamenes asintió.
—Fórmula emitida por acólitos de Hekama. No habla de sequía del río. Habla de sequía de depósitos rituales y necesidad de restitución de aceite purificado antes de que ciertas cargas toquen pasarelas vinculadas a agua conducida.
Nephertary entendió la trampa de inmediato.
El Agua conducida. El templo Am-Ur. Los Depósitos. Las Pasarelas. Y el Aceite.... Aquello no era una mentira frontal. Era una expansión ritual. Si lo prohibía sin cuidado, el templo acusaría al palacio de despreciar la custodia del agua. Si lo aceptaba, la ruta de alimentos quedaría sujeta a bendiciones, tasas y retrasos.
—¿Y las revisiones de calado?
—El calado es la profundidad que una barca hunde bajo el peso de su carga —explicó Pamenes, no porque Nephertary lo ignorara, sino porque los dos escribas jóvenes junto a la pared debían entender cada término—. En el puerto se mide para evitar que una barca demasiado cargada golpee fondo o dañe la pasarela. Es una revisión legítima cuando hay sospecha de sobrecarga. Hoy se está usando para detener barcas con carga ordinaria.
—¿Quién mide?
—Veedores menores del Oeste. No Hasrul.
Sahruk soltó una exhalación áspera.
—Hasrul se esconde detrás de su hígado enfermo.
—Y otros hombres se esfuerzan por demostrar que son más severos que él —añadió Pamenes.
Nephertary revisó la segunda tablilla.
—Cifras.
Pamenes ya las tenía preparadas.
—Siete barcas detenidas a primera hora. A media mañana serán probablemente doce si no se interviene. Trescientas cuarenta ánforas de aceite común en espera. Ciento veinte sacos de trigo ordinario retenidos detrás de cargas menos urgentes. Cuarenta cestas de pescado con riesgo de pérdida antes del mediodía. Jornales no pagados a treinta y seis cargadores porque no se descarga. El pan de los barrios del Oeste ha subido una sexta parte en dos mercados. En el barrio de las Escaleras Bajas, una cuarta parte por especulación de cambistas. Todavía no hay hambruna. Hay pérdida de confianza.
Pérdida de confianza.
Nephertary dejó la tablilla sobre la mesa. Aquella frase pesó más que las cifras. Una hambruna podía verse venir si los graneros estaban vacíos. La pérdida de confianza era más sutil. El trigo podía existir y, aun así, la ciudad podía sentir que no llegaría. Los hombres no compraban solo pan. Compraban la seguridad de que en mañana habría pan. Cuando esa seguridad se rompía, cada comprador se volvía competidor.
Sahruk habló con la impaciencia de quien ve una solución simple y sabe que los demás la complicarán.
—Despejemos el muelle. Arresto de veedores menores. Retiro de acólitos. Abriremos paso con lanzas y hacemos saber que el agua pertenece a la Phaeron.
—Eso es lo que esperan —dijo Nephertary.
El capitán la miró.
—Esperan que actuemos.
—Esperan que golpeemos.
—A veces es lo mismo.
—No hoy.
Pamenes abrió otra tablilla.
—Si Sahruk entra con lanzas, habrá escenas de guardias golpeando barqueros, acólitos y mujeres que esperan harina. Los pregoneros grises no necesitarán mentir. Les bastará decir lo que vean.
Sahruk apoyó ambas manos en la mesa.
—Si no entramos, el pescado se pudre, el pan sube y los mismos pregoneros dirán que la Phaeron no sabe administrar.
—Sí —dijo Nephertary.
Sahruk se quedó callado.
Esa era la casi victoria del enemigo. Nephertary podía verla con claridad. No le ofrecían una derrota simple. Le ofrecían dos daños y la obligaban a escoger cuál sería más visible. Si respondía con fuerza, el puerto tendría mártires menores antes del mediodía. Si esperaba, los mercados tendrían frases contra ella antes de la tarde. Merkhut, ya no podía negar ante sí mismo la forma de esa mano, no buscaba probar una acusación. Buscaba administrar tiempos. La Galería había sido un teatro de honor. El puerto era un reloj. Cada demora dejaba caer un grano.